Saltar al contenido principal

“Si hay algún mérito en mis películas es que muestran un universo hoy inexistente”: Nicolás Echevarría

En el marco de una retrospectiva, la publicación de un libro y el montaje de una exposición, el cineasta mexicano, hace un balance de su trabajo.

  • Redacción AN / HG
25 Oct, 2026 07:15
“Si hay algún mérito en mis películas es que muestran un universo hoy inexistente”: Nicolás Echevarría

Por Héctor González

Para llegar a la casa de Nicolás Echevarría hay que adentrarse en el barrio de San Ángel, al sur de la Ciudad de México, ahí vive desde hace más de treinta años.

Nacido en Tepic, Nayarit en 1947, el cineasta tiene entre su filmografía poco más de una decena de películas dedicadas a explorar la mitología de diversas comunidades originarias. Varios de estos trabajos son parte del canon de cine documental y hoy se pueden ver en la retrospectiva que le dedica la Cineteca Nacional de Xoco.

El ciclo coincide con la publicación de La cámara bruja. El cine de Nicolás Echevarría, un libro escrito por la investigadora y crítica de cine Karina Pérez Solórzano; y con el montaje de la exposición Nicolás Echevarría. El Dibujo: Antes y Después del Cine, que se puede ver en el vestíbulo de la Sala 1 de la misma Cineteca.

Alejado de la cámara y más cercano al lápiz, Echevarría hace un repaso por su carrera. Si bien, su último largometraje es Ecos de la montaña (2014) no se asume como un director retirado, por lo contrario, tiene varios proyectos en el escritorio. El problema en todo caso es que “ya no estoy dispuesto a pasarme entre ocho y diez años haciendo una película”.

Una retrospectiva, un libro sobre tu trabajo y una muestra de tus dibujos, esto te obliga a mirar por el retrovisor, ¿no?

Ha sido un triple examen de conciencia. Sin embargo, la retrospectiva no muestra todo mi trabajo, se centra en las películas sobre magia, religión y rito. He hecho otras cosas como televisión o memoriales. Las películas seleccionadas han supuesto encuentros maravillosos que me han permitido hacer descubrimientos increíbles. Por ejemplo, mi encuentro con los wirrárikas o huicholes. Si bien soy de Nayarit, fue hasta después de estudiar música en Nueva York, cuando unos amigos me invitaron a participar en un taller de cine. La condición para entrar era llevar un material para editar en Super 8 o 16 mm. Ahí empecé a descubrir este mundo mágico. En una ocasión visité a mi hermana Rocío que ha dedicado casi toda su vida a apoyar a los huicholes y empecé con la película. Así inició una serie de documentales de un México maravilloso, pero que desgraciadamente ya no existe. En esa época no tenía idea de la importancia del mundo que estaba documentando. Si algún mérito tiene estas películas es que muestran un universo hoy inexistente. Ahora vivimos una época de mucha inseguridad y no se puede recorrer el país con tanta libertad.

Y algo que distingue esos documentales es la forma en que te insertas en las comunidades…

Nunca he sido antropólogo ni etnólogo, he preferido enfatizar la extrañeza que produce el encuentro con algo que está muy cerca de nosotros, pero que es difícil apreciar. Siempre procuré transmitir lo que fueron mis encuentros con los huicholes, con el mundo de María Sabina, tarahumaras o popolocas, como hice Poetas campesinos, una de mis películas favoritos.

 (Poetas campesinos, 1980).

¿Por qué es de tus favoritas?

Cuando empecé a trabajar en la Cineteca, en 1974, fui con otros cineastas, en una comisión encargada de proyectar cine donde no había ni televisión. Llegamos a San Felipe Otlaltepec en Puebla y me sorprendió ver que en ese pueblito había gente que tocaba música clásica. Incluso varios de sus habitantes han llegado a tocar con orquestas tan importantes como la de Chicago. Al mismo tiempo descubrí a un payaso y un circo que me deslumbraron. Cinco años después regresé, pero el circo ya no existía y tuve que volver a juntar a la gente para realizar el documental. Después hice Niño Fidencio: el taumaturgo de Espinazo, que fue una experiencia maravillosa y surrealista porque presencié un espiritismo colectivo que de alguna manera tiene el poder de curar. Uno puede o no creer, pero lo cierto es que es un espectáculo increíble.

Así hasta llegar a Eco de la montaña, uno de tus últimos trabajos…

Esa es una historia particular. El protagonista es un artesano huichol que en una ocasión en que hubo un intercambio de regalos entre los metros de México y Francia, hizo un mural que todavía está en la estación Palais Royal Louvre, pero ni lo invitaron ni le pagaron por ese trabajo. Un día un productor norteamericano me habló porque había conocido al artesano, de nombre Santos de la Torre, para que hiciéramos un documental.

La retrospectiva incluye también Cabeza de Vaca, tal vez tu película más conocida.

Mi motivación para esa película fue hacer el retrato de un español o unos españoles, aunque hay dudas sobre eso, que llegan desnudos, sin armaduras ni caballos. Su experiencia es muy distinta a la de los conquistadores porque después de ser humillados y esclavizados se adaptan al mundo indígena y se convierten, según yo, en los primeros mestizos.

Y en medio de la retrospectiva esta la exposición El dibujo: antes y después del cine…

Sí, en realidad siempre he dibujado sobre todo cuando no tengo trabajo como ahora. Han cambiado mucho las cosas en los últimos años y no me he podido adaptar. Ha sido padre revisar entre mis cientos de dibujos y hacer una curaduría.

¿Por qué no te has podido adaptar?

Mi obra documental la he realizado a partir del mecenazgo y la confianza. Nunca he tenido que probar a quien me apoya, que soy capaz de hacer un buen trabajo. Un momento crucial fue mi entrada al Centro de Producción de Cortometraje, institución que originalmente se hizo con fines políticos pero que después se convirtió en un gran semillero. Por ahí pasaron Paul Leduc, Rubén Gámez, Carlos Velo, quien fue mí maestro. Había mucha complicidad entre nosotros, estábamos invitados a ver los materiales de todos y eso nos permitió aprender muchísimo.

Es curioso lo que mencionas, justo ahora que hasta con un buen celular se puede hacer una película.

Después de Cabeza de Vaca pensé que podría seguir produciendo. Hice una comedia, pero la verdad no sé que decir. A lo mejor los proyectos que me interesaba realizar eran muy ambiciosos. Llevo años queriendo hacer una película sobre El Tigre de Álica, el bandido aliado de Maximiliano. Su historia es increíble porque entre otras cosas contribuyó a la creación del estado de Nayarit. Ireneo Paz, el abueno de Octavio Paz, le dedicó una biografía maravillosa y yo me clavé años en el personaje y nunca pude interesar a nadie. Ahora ya tengo casi ochenta años y no quiero pasar lo que me resta de vida convenciendo a un funcionario de que puedo hacer un buen trabajo. Ya no estoy dispuesto a pasar ocho años haciendo una película, a lo mejor me muero antes. Prefiero disfrutar de la vida. No digo que me retiro, me encantaría hacer documental. La realidad es que también hice cosas padres para televisión, trabajé con gente interesante hice Las trampas de la fe, con Octavio Paz; trabajé con Krauze, con Guillermo Sheridan y Mario Lavista. No me quiero quejar.

(Cabeza de Vaca, 1990).

Era otra época, en el camino a tu casa, pensaba en la cantidad de artistas y escritores que vivían por tu barrio.

Mi casa perteneció a Vlady, la del vecino fue de Corzas. Cerca estaba una que fue del Chamaco Covarrubias. Antes nos reuníamos seguido, pero insisto no me quiero quejar porque yo soy parte del problema.

¿En qué sentido?

En que ya no estoy dispuesto a invertir ocho o diez años en hacer una película.

Hablemos de tu documental María Sabina, mujer espíritu, esa es “la película” sobre este personaje.

Por desgracia, me hubiera gustado que se hicieran más, en especial de la época de su apogeo en los cincuenta y sesenta, cuando era una mujer joven. Mi película de hecho tiene un ritmo de anciano, pero bueno, fue lo que encontré. Para mí María Sabina es su atmósfera, su familia, vivir en la cima del cerro. Cuando estudiaba música fui varias veces a comer hongos con ella, pero no fue hasta que filmé dos sesiones de hongos cuando entendí su manera de curar.  Yo no hablo mazateco, pero gracias a la ayuda en la traducción de Álvaro Estrada, autor de los libros La vida de María Sabina y Huautla en tiempo de hippies –ambos son una maravilla-, pude entender algo.

¿Qué tanto de las leyendas sobre María Sabina con músicos son ciertas?

No sé si realmente fueron los Rolling Stones o los Beatles, no metería las manos al fuego por eso. Creo que sólo Jim Morrison fue, su visita está más o menos documentada. En realidad, el importante ahí fue Albert Hoffman, el inventor del LSD y quien hizo la revolución al sintetizar la psilocibina en pastillas y cómo son las cosas que esta sustancia ya se descriminalizó en Estados Unidos e incluso se usa para curar gente. María Sabina tenía una teoría, que ahora está más aceptada: “un alma enferma repercute en el cuerpo y un cuerpo enfermo repercute en el alma”.

Si pensamos en tus películas en conjunto, hay una búsqueda mística. ¿Te consideras así o siempre mantuviste una distancia respecto a lo que veías?

Desde niño fui acólito y tuve una época en la que fui muy religioso. Hay rituales que pretenden cambiar las cosas. En el caso de los huicholes es una maravilla la parte mística que hay mientras caminas. Si quieres cruzar cierta frontera debes estar limpio.

¿Alguna ves tuviste un mal viaje?

No, antes de la película fui a comer tres o cuatro veces hongos con María Sabina. En las comidas había hippies y gente que no conocía. María Sabina te ponía hasta el gorro, se iba a dormir y luego te dejaba alucinando con un gringo. Por eso te digo que no fue hasta que la vi trabajar con su gente en una velada, cuando entendí lo que hacía.

¿Tuviste tu etapa hippie?

No necesariamente porque en esa época estaba haciendo, según yo, mis mejores documentales.

 (María Sabina, mujer espíritu, 1979)

Otro elemento de tus documentales es la fe, ¿en qué tienes fe?

Tengo fe en que el ser humano puede cambiar internamente. Nunca he sido ateo, creo que vivimos en un mundo conectado y cada quien, de alguna manera, a través de ciertos medios como la religión, puede reconocerse y tratar de entender el sentido de la vida, aunque también creo que podemos pasar toda la vida sin descubrirlo.

Pero me da la impresión de que, a través de tus películas, tú mismo has ejercido tu propia espiritualidad.

Definitivamente, aunque nunca he querido ser obvio. Mi trabajo ha sido pendular. Aprecio más cuando me expreso sin ningún narrador o cuando me puedo comunicar a través de la pura imagen. Y es verdad, casi todas mis películas están marcadas por una búsqueda de espiritualidad. Es muy difícil hablar de esto.

En tu caso, pensando en el cine, la escritura o el dibujo, ¿ves en el arte una pulsión vital?

Sin duda, pero es que siempre me gusta estar haciendo algo.  Cuando no puedo hacer cine, me pongo a dibujar o a escribir proyectos que igual nunca voy a hacer, pero es una forma de mantenerse vivo y bien. El año entrante voy a cumplir ochenta años.

Y ¿cuándo te ves en el espejo te gusta lo que ves?

No me gusta ver mis películas, cuando lo hago salgo deprimido porque les veo defectos. Cuando empezaron a remasterizarlas me preguntaron si quería cambiar algo. Para mi fue una pesadilla pensarlo, así que decidí no meterme con el Nicolás de esa época porque es otro. Hoy pienso diferente, he cambiado mucho y eso se refleja en las películas. Algo parecido me sucede cuando me veo en el espejo.

¿Piensas en el legado?

No, pero en todo caso, me gustaría dejar el retrato de un México maravilloso, pero que ya no existe.