Aragón y Zaragoza: Arte, cultura, vino y gastronomía (I/III)
Publicamos la primera de tres entregas, de la crónica donde el artista Ernesto Ríos nos guía por dos de las regiones españoles de mayor vitalidad y riqueza.
- Redacción AN / HG

Texto y Fotos: Ernesto Ríos
Día uno
Viajar permite observarse desde otra perspectiva, con la claridad que brinda la distancia. Es una forma de perderse para volver a encontrarse: recorrer un laberinto interior hasta descubrir una nueva relación de armonía con el mundo. Amplía nuestra conciencia y nos revela que la humanidad es una sola, aunque se exprese de infinitas maneras. En cada paisaje, pueblo o ciudad encontramos distintas respuestas a los mismos desafíos, moldeadas por la historia, la cultura y la manera de entender el mundo.
Nuestro viaje comenzó en Madrid, donde llegamos a la Terminal 4 (T4), una de las grandes obras arquitectónicas del siglo XXI, diseñada por Richard Rogers y Estudio Lamela. Recorrer un espacio como este recuerda que, en todo viaje, también vale la pena detenerse en los lugares de transición, esos que suelen pasar desapercibidos.
Basta levantar la mirada para comprenderlo: su cubierta ondulante, revestida con lamas de bambú y sostenida por inmensas columnas de acero amarillo, crea un espacio de gran calidez, donde arte e ingeniería se integran con extraordinaria precisión. Tomamos un tren con destino a Zaragoza, en un trayecto tranquilo de aproximadamente una hora y quince minutos. Así llegamos a una ciudad que, más allá de los destinos más conocidos de España, conserva un extraordinario legado histórico y cultural.
Zaragoza
Mientras millones de viajeros recorren Madrid o Barcelona, son menos quienes descubren Zaragoza, un lugar donde la memoria histórica y la vida contemporánea conviven en singular equilibrio. Fundada por los romanos con el nombre de Caesaraugusta en el año 14 a. C., Zaragoza conserva en sus piedras el eco de su pasado. El teatro y el foro romanos permanecen como testigos del paso de los siglos, mientras sus calles, plazas y monumentos reflejan la herencia de generaciones que forjaron una identidad única. Hoy es la quinta ciudad más poblada de España y uno de los grandes referentes de su patrimonio histórico y cultural, donde el pasado continúa dialogando con una ciudad dinámica y plenamente viva.
Dulce recepción. Carpricho: Taller de Chocolate en Zaragoza
(Pasteleria y bomboneria Capricho. Semilla de cacao).
En la pastelería y bombonería Capricho, presenciamos la elaboración de paletas de zarzamora mientras Luis Paracuellos compartía con nosotros su pasión por el cacao y el arte de transformar este fruto ancestral en delicadas expresiones de chocolate. Pocas veces se tiene la oportunidad de contemplar, dentro de un taller, el oficio de un chocolatero. Entre sus creaciones destacan los Meteoritos, pequeñas esferas que parecen guardar la memoria de la tierra y el fuego, y las avellanas cubiertas de chocolate negro, donde la intensidad del cacao se encuentra con la delicadeza del fruto. Luis, el chocolatero, lleva incluso tatuada una vaina de cacao, símbolo del profundo vínculo y respeto que siente por este alimento ancestral.
Originario de América y profundamente arraigado en Mesoamérica, el cacao fue también un puente entre dos mundos. Más allá de la historia y sus contrastes, dio origen a un invaluable intercambio cultural que transformó la gastronomía para siempre. En cada pieza de chocolate creada en Capricho permanece latente esa herencia gastronómica y cultural.
Casco Antiguo de Zaragoza
Comenzamos a recorrer una de las zonas más antiguas de Zaragoza, adentrándonos en las calles de La Magdalena, un barrio donde conviven la herencia mudéjar, la modernidad y el arte urbano. Entre pasajes estrechos, bares de tapas y un ambiente bohemio, llegamos a la calle de la Libertad, reflejo de una vida creativa y en constante movimiento. Mientras fotografiábamos, la ciudad revelaba sus distintas capas: vestigios romanos que evocan su pasado milenario y espacios que conservan la memoria e identidad de Zaragoza. En el camino apareció también el Mercado de San Miguel, donde la ciudad se descubre a través de los sentidos y donde aromas, sabores y productos locales celebran la riqueza gastronómica aragonesa. Finalmente, la Plaza de los Sitios nos recordó la profunda huella de Francisco Goya, presente en los monumentos que rinden homenaje a uno de los grandes maestros del arte español.
Plaza de Santa Engracia
La Plaza de Santa Engracia guarda en su arquitectura la memoria y la riqueza histórica de Zaragoza. Allí se alza la Basílica de Santa Engracia, cuya imponente fachada de piedra, reconstruida en el siglo XIX, conserva extraordinarios relieves que evocan el esplendor del Renacimiento aragonés.
Iglesia de la Magdalena
A pocos minutos de Santa Engracia, el paseo nos llevó hasta otra de las grandes joyas del casco antiguo: la IIglesia Santa María Magdalena. Su torre, levantada en el siglo XIV, se eleva como una de las máximas expresiones del mudéjar aragonés. El ladrillo y la cerámica vidriada, en tonos verdes y blancos, dibujan estrellas de ocho puntas y delicados motivos geométricos que contrastan con el cálido rojizo de sus muros. Una obra que refleja el encuentro de culturas y la riqueza de un legado reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.
(Iglesia Santa María Magdalena).
Día dos
Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar
Zaragoza posee el raro privilegio de ser una ciudad con dos catedrales que comparten un mismo corazón urbano en la Plaza del Pilar. Iniciamos la jornada en este enclave único, recorriendo la calle Alfonso I, una de las arterias más emblemáticas de la ciudad. Su trazado, flanqueado por edificios históricos y comercios, nos conduce de manera natural hacia la fisonomía inconfundible de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar, símbolo indiscutible de la ciudad y Patrona de la Hispanidad.
(Calle Alfonso I. Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar).
Su imponente silueta, con sus torres y cúpulas, se ha convertido en el gran símbolo de la ciudad y en un lugar de encuentro para peregrinos y visitantes de todo el mundo.
Tras una lluvia generosa, el agua dibujó sobre el pavimento espejos efímeros donde la cúpula y su cruz se reflejaban con perfecta simetría. Al entrar al templo, la monumentalidad del exterior dio paso a un espacio donde la arquitectura invita a levantar la mirada. En bóvedas, cúpulas y pavimentos se repiten ritmos geométricos de estrellas de ocho puntas, formas curvas, triángulos y círculos que parecen expandirse por todo el recinto. Entre este universo ornamental destaca el fresco La adoración del nombre de Dios, realizado por Francisco Goya, una obra que dialoga con la riqueza artística y espiritual de la basílica.
Derecha: La adoración del nombre de Dios, fresco realizado por Francisco Goya, una obra que dialoga con la riqueza artística y espiritual de la basílica. Izquierda: Enmarcado por una moldura dorada, como una obra maestra, un fragmento del Pilar se convierte en el centro de la devoción. En un acto de profunda fe, los fieles se acercan en silencio para besarlo y acariciarlo con una intimidad conmovedora.
(Zaragoza, desde el Puente de Piedra).
El Puente de Piedra de Zaragoza, levantado en el siglo XV, atraviesa el río Ebro y une el Casco Histórico con el barrio del Arrabal. Más que una vía de conexión se ha convertido en un lugar privilegiado para detenerse y contemplar una de las imágenes más emblemáticas de la ciudad: el río como eje del paisaje y la Basílica del Pilar dominando el horizonte.
Torre Mirador del Pilar
Para contemplar la fisonomía inconfundible de la Basílica, ascendimos a la Torre de San Francisco de Borja. En segundos, su ascensor panorámico nos situó a 80 metros de altura, desde donde el templo se revela magnífico con sus cúpulas de gres esmaltado en tonos amarillo, verde y azul. Mientras otros buscaban el mejor selfie, nosotros apreciamos el río Ebro vertebrando el paisaje y la trama urbana de Zaragoza.
(Torre de San Francisco de Borja).
Palacio de la Alfajería
Nacido en la Saraqusta del siglo XI como el Palacio de la Alegría bajo el reinado de Al-Muqtadir, la Aljafería se erige como el palacio árabe más al norte de Europa. Es una de las cimas del arte hispanomusulmán y hoy, como sede de las Cortes de Aragón, sus muros custodian una historia donde las huellas islámicas, cristianas y mudéjares dialogan en un conjunto excepcional declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Una maravilla arquitectónica que evoca la célebre frase atribuida a Goethe: “la arquitectura es música congelada”. Al recorrer sus espacios, la luz descubre nuevas formas sobre yeserías, arcos y decoraciones geométricas; cada detalle revela la precisión de los alarifes que transformaron la técnica constructiva en una expresión de belleza.
(Palacio de la Alfajería).
Al recorrer el patio de Santa Isabel, el rumor del agua y el aroma de los naranjos nos transportan de inmediato a la atmósfera de Las mil y una noches o de la gran literatura árabe. Bajo la luz que baña sus estancias, se descubren ritmos ornamentales en yeserías y arcos mixtilíneos y polilobulados, revelando la maestría de los alarifes que transformaron la técnica constructiva en pura poesía visual.
(Palacio de la Aljafería, detalle de fresco).
Caminar por sus salas es adentrarse en una arquitectura con artesonados medievales y formas entrelazadas que parecen tener movimiento musical. Cada detalle crea una composición suspendida entre la historia y la emoción, un viaje por épocas trascendentales que incluso inspiró la obra teatral El trovador, germen de la famosa ópera de Verdi.
(Palacio de la Aljafería, detalle de artesonado).
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