Estética del atraco, juego dramático e inercia del desamparo en 'Esto no es una obra, es un asalto' (Reseña)
Escrita y dirigida por Rodrigo Rivas Salgado, esta obra se presenta los sábados en la Sala Novo hasta el 25 de julio.
- Redacción AN / HG

Estoy convencido de que aquello que debe conservarse es la voluntad del teatro de producir potentes efectos típicos. Es decir, producir —y por todos los medios, poco importa qué medios sean— algo que nos aclare nuestra experiencia.
Alain Badiou, Imágenes y palabras.
Nosotros, los que somos de clase baja, tenemos dos puntos, ¿no? Convertirnos en un macarra [vulgar, pendenciero] o en un idealista.
Félix citado por Carles Feixa, De jóvenes, bandas y tribus.
Es cierto que no hay futuro, sino que el futuro lo hacemos enfrentando el presente, uno es lo que hace. El problema es con qué medios se puede hacer ese futuro.
Francisco Valle (El Iti), El Iti y su banda Mierdas Punk.
Un contrato pedagógico como paliativo contra el incierto porvenir sella una de las relaciones de amistad más entrañables de la escena actual: la de Luis y Yonatan. En la tragicomedia de Rodrigo Rivas Salgado, Luis, un joven actor asfixiado por la inopia y el anonimato, trata de eludir la frustración de lo que siente como un despojo (en realidad, su vida) seduciendo a Yonatan, un asaltante más pretencioso que eficaz, con una oferta insólita: adiestrar a Luis en materia delictiva para preparar un personaje con el que, a cambio, resolverá la deuda que ahorca a Yonatan. El pacto desequilibra un primer núcleo estable, desmadroso y creativo, compuesto por Luis y Carolo, un músico en la misma estrechez, y excita el que, en el extremo opuesto, integran Miguel y Yonatan, una mancuerna usual de amo y esclavo en clave delincuencial que brutaliza la jerarquía de hermano mayor-hermano menor.
Armado con un mecanismo incesante por las escalas que van del humor chabacano al humor negro, y la construcción y deconstrucción (en sentido corriente) de afectos liminales, Esto no es una obra, es un asalto hace las delicias del público al tiempo que lo interroga por el costo ético de la necesaria, incontenible aspiración a dejar el estado de escasez a como dé lugar de unos jóvenes hastiados de la desesperanza. Una acelerada —como la vida digital de una pantalla, como el ansia actual de riqueza y fama, como el consumismo que tenemos mandatado— fábula de los desposeídos que en tanto ficción simple se queda solo del lado de las disputas de los excluidos por las raspaduras del sistema de desigualdades, del capitalismo, del… —¿viendo en derredor, todavía lo personal alcanza para ser político?
Con gran energía escénica y buen olfato, los actores Emmanuel Pavía y Alexis Briseño permiten que Yonatan y Luis trasluzcan desde los primeros momentos el cordón dramático que los une a la semilla trágica que germinó mucho antes de la tercera llamada, de ahí que en la función se presente ya como un ramaje robusto y asfixiante. Personajes trágicos en toda regla: su origen familiar y socieconómico determina su destino y cuando intentan desafiarlo lo aceleran. La complejidad de sus configuraciones adherida a la fuerza de la realidad la observamos en la síntesis de gran parte de nuestra juventud urbana: el desborde y la balandronada tanto como el juego y la solidaridad, la fantasía y el relajo, operan como escudo ante la frustración crónica.
El rigor de Pavía dota a Yonatan de una minuciosidad gestual admirable; su tránsito de la sagacidad del cábula de barrio, siempre a las vivas para defenderse con fuerza, a la vulnerabilidad del temperamento artístico, se despliega sin costuras, revelando un personaje de una amplísima complejidad existencial. Frente a él, el Luis de Briseño proyecta una potencia emocional que evoca un dique en constante riesgo de colapso; su interpretación combina la asertividad desesperada del líder que instrumentaliza a sus iguales y el estridor patético del artista acorralado, oscilando entre el repliegue timorato y la erupción de una violencia que goza de sus espasmos. Por su parte, Alfonso Celma sostiene a un Miguel meramente técnico, un vividor de ínfulas chulescas siempre al borde de la crueldad sin dar el paso, además dotado de un exhibicionismo ocioso y a ratos encantador mediado por —faltaba más— las redes…
En los límites del teatro político
Rivas Salgado no se limita a retratar el desamparo de Luis y Yonatan, desmenuza el perfil abismal de estos jóvenes de comportamiento casi adolescente: el desconocimiento de unas vocaciones secuestradas por los titubeos de la voluntad y la urgencia del día a día que los induce a explotar únicamente la porción más vistosa de sus capacidades; vocaciones que en el transcurso de la obra alcanzan a rozar la superficie para ser hundidas por la incontinencia emocional que portan como amuleto estos y tantos jóvenes más.
En ese páramo falsamente abigarrado, como el mural de fondo, un grafiteado estetizado pero ya cliché de los barrios citadinos, de Anayasi Díaz Gómez, que delimita el horizonte de los personajes, la amistad se instituye como un refugio efímero, entre tierno y utilitario, un entrelazamiento sacudido por destellos de una toma de conciencia: “Ganar es olvidar aunque sea por un ratito. De todos modos vas a perder.”
La dramaturgia directa, inclemente, divertida a rebozar, transita los estados de la grandilocuencia fresca de la energía juvenil, un flujo denso de ironía, leperada y tosquedad que desarma la corrección, si no la política, al menos la social, la familiar, la íntima. La puesta en escena de su dramaturgo duplica la apuesta hacia el espectador: la pieza no solo para ser contemplada, se ofrece también para ser tocada. En esta propuesta, esa “creación infinita en la dimensión mágica de la apariencia” —el juego como lo entendía Eugen Fink— se convierte en metodología.
Si la sagacidad dramatúrgica de Rivas deslumbra, su dirección escénica impresiona. A partir de su confianza en la complicidad lúdica e imaginativa de sus actores y del público —muy pronto cautivado por el espectáculo—, el despliegue espacial multiplica eficientemente la caja escénica mediante una arquitectura invisible pero rigurosa; las transiciones conducen al espectador de la intemperie de la calle a la inanidad habitacional de Luis, de ahí al confinamiento de la guarida-estudio de Miguel, sin escatimar los espacios laterales y a espaldas de la audiencia. Esa flexibilidad topográfica no es alarde técnico sino correlato de libertad de una dirección ingeniosa, a partes iguales sensible y práctica. Ahí está la instrumentación de recursos elementales: unas cubetas que mutan de signo, los infaltables celulares vehiculando ambiciones, el peso mítico de un sillón genérico, las disolvencias espacio-temporales, una guitarra y una batería —a cargo de Carolo Vargas y Sebastián Cobos— que pautan la resistencia, etc.
Antoine Vitez (1930-1990) —aquel actor y director francés cuasiautodidacta que hizo del estudio colectivo, la imaginación práctica y la libertad lúdica sus herramientas de disidencia política en los suburbios obreros tanto como en los principales teatros franceses (a la postre, director de la Comédie-Française y Théâtre de l’Odéon)— pedía que el teatro sea un mapa de orientación en la “indescifrable vida”. Un acontecimiento así puede darse en distintos puntos de las redes escénicas, cierto, pero es en el laboratorio del teatro independiente donde ensayar el asalto de la evasión estética, el entretenimiento, con amalgama de desciframiento urgente, impacta en el público, consciente o no. Esto no es una obra, es un asalto, se queda pasos antes de los linderos del teatro político, en el terreno de la comprensión del drama individual, sin embargo, pese al páramo real (desganado, desmovilizado, artificial, virtual) que nos absorbe, lo personal sigue siendo político.
Esto no es una obra, es un asalto, se presenta en la Sala Novo del complejo escénico La Capilla (Madrid 13, Coyoacán) los sábados a las 18 horas hasta el 25 de julio. Venta de boletos en taquilla y Boletópolis. Un montaje de La Oficina General de Ideas Inútiles. Duración de 120 minutos. Apta para adolescentes y adultos.






