“Me siento cómodo en la autobiografía, me permite acomodar la memoria”: Jordi Soler
El escritor mexicano publica ‘Las armas de la ilusión’, libro donde hace un repaso por su participación en el movimiento zapatista, su estancia como diplomático en Berlín, y su relación con autores como Fernando Vallejo, Sergio Pitol y Elena Poniatowska.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
A Jordi Soler (Veracruz, 1963) el testimonial le viene bien y de eso da cuenta su bibliografía. A lo largo de su carrera como escritor ha explorado sus orígenes y los de su familia, en novelas como Los rojos de ultramar; en Y uno se cree, cuenta con su colaboración con Joan Manuel Serrat para escribir una canción; y recién publica Las armas de la ilusión (Alfaguara), un título que según explica, tiene como hilo conductor a México, pero visto a través de distintos episodios que van desde el zapatismo hasta la entrega del Premio Cervantes a Elena Poniatowska.
Las armas de la ilusión es un libro que parte de la memoria y el testimonio, ¿por qué escogiste estos episodios y no otros?
El libro es como una línea del tiempo de un mexicano que viaja de su país a otros lugares, pero siempre floreciendo junto con México. Hay un capítulo sobre “mi gesta” virtual con los zapatistas; otro sobre mi relación con Fernando Vallejo; uno más sobre mi gestión como diplomático en Irlanda; otro donde Sergio Pitol y yo, hablamos obsesivamente de Veracruz en Sofía, Bulgaria; y finalmente, uno donde cuento cómo acompañé a Elena Poniatowska a la comida con el Rey de España, cuando ganó el premio Cervantes.
Paremos en el capítulo que da nombre al libro.
Es el primero, en “Las armas de la ilusión” hablo de mi participación en aquella época tan importante para México. La irrupción del zapatismo cambió en buena medida la mirada a los mexicanos que entonces éramos jóvenes. No hace mucho me llamó una joven, estudiante de la UNAM, estaba haciendo su tesis sobre el movimiento zapatista y le interesó mí modesta participación. A partir de ahí me pareció oportuno contar mi versión. Otro factor que me animó es el hecho de que ahora la Ciudad de México es una metrópoli envidiada por todo el mundo, pero para que eso sucediera fue necesario que dos o tres generaciones picáramos piedra. En 1995 no habían venido los Rolling Stones, los conciertos de rock estuvieron prohibidos durante años, no había buen cine, ni buena radio. No te podías tomar una cerveza en un bar a menos que comieras unas papas fritas o una hamburguesa. Desde luego esa ciudad tenía sus encantos, pero también era bastante oscura, había mucha represión y los medios de comunicación eran distintos. Quería hablar de todo eso y de mi relación con el subcomandante Marcos y su ejército. En aquellos años era director de una estación y ayudé a montar un concierto muy importante en el Estadio de Prácticas, en Ciudad Universitaria.
Ese concierto marcó en muchos sentidos, recuerdo que en tu programa ponías “Satellite of Love”, de Lou Reed casi como un mantra, mantra que se rompe cuando te vas a la diplomacia en Irlanda. Eso también se puede interpretar como la transición de un joven con ideales al adulto formal.
Sí, efectivamente. Yo decía que iba a seguir poniendo esa canción hasta que se resolviera el asunto de Chiapas. Me tuve que ir y el asunto sigue sin resolverse. Ahí hay una discontinuidad. Los Acuerdos de San Andrés Larráinzar nunca se cumplieron y la cosa sigue más o menos igual. Al final nos derrotó la realidad.
¿Extrañas algo de aquellos años?
Tengo nostalgia de esa época, no tanto por lo que yo hacía ni por mi participación, sino porque ese México me gustaba mucho. Con todo y sus defectos, me parece una Ciudad de México más honesta y atractiva. La actual se empieza a gentrificar, caminas por la Condesa y la Roma y puedes escuchar 14 lenguas. Los restaurantes se han convertido en otra cosa. Todo esto ha desplazado a la gente que vivía en esos barrios, ahora es casi imposible alquilar un piso en esas colonias. Era además una ciudad más segura, te podías pasar todo el día en la calle jugando.
Acabó tu historia en la radio y te fuiste a Dublín, era la época de Vicente Fox como presidente. Llama a atención que un joven que trabaja en la radio y se involucra con la causa zapatista, de pronto se va a un puesto diplomático en un gobierno panista.
¡Qué malo eres! Bueno, me defenderé diciendo que era empleado de Jorge Castañeda, de hecho, cuando Jorge renunció, yo me fui porque me daba vergüenza quedarme. Fui absolutamente consciente de mi decisión, me parecía que no tenía argumentos sólidos para rechazar esa invitación. En lo personal, tengo una especie de veneración por el Servicio Exterior Mexicano. En la época de Lázaro Cárdenas salvó a mi abuelo, a mi abuela y a mi madre del exilio de la Guerra Civil Española. El Servicio Exterior realizó una gestión diplomática ejemplar y de la cual escribí en mi novela Los rojos de ultramar. México fue el único país del mundo que no dio la espalda a los republicanos españoles, de modo que cuando me invitaron a formar parte de él, me pareció coherente ser parte de esa institución a la que tanto admiro.
En los otros episodios del libro apareces haciendo vida como escritor. Supongo que tendrás bastantes anécdotas con otros escritores, ¿por qué seleccionaste éstas?
Porque quería que el hilo conductor fuera México. Como bien dices, tengo un montón de aventuras con otros escritores que ya publicaré en otro tipo de libro, pero aquí me interesaba que todo estuviera relacionado con México. Lo de Pitol me sigue pareciendo una excentricidad: dos mexicanos conversando en Bulgaria en el marco de la inauguración de la biblioteca del Instituto Cervantes de Sofía, que se llama Sergio Pitol. Nos invitaron una semana, pero sólo teníamos dos actos de modo que pudimos conversar mucho. Lo de Elena pues tiene que ver con que hay mexicanos por aquí y por allá.
El género testimonial ha estado presente en buena parte de tu trabajo, pero creo que se ha acentuado en los últimos libros, ¿no?
Es verdad, creo que tiene que ver con varias cosas. Por un lado, como bien apuntas varias de mis novelas son testimoniales, y por otro, supongo que tiene ver con que a cierta edad uno ya ha acumulado una serie de vivencias que piden ser escritas. Me siento muy cómodo en el género autobiográfico, es una manera de ordenar la memoria.
¿Te interesa escribir lo que pasó con Rock 101?
No, no me interesa porque ahí hay poca historia, fue una vulgar pelea de oficina. Ahí no hay literatura ni hay nada, pero alrededor de aquella vida sí que hay cosas. Actualmente estoy haciendo notas para un ensayo sobre la Ciudad de México que nos tocó a mi generación. Pero además estoy a mitad de otra novela, así que no sé cuándo estará listo.
Últimamente publicas bastante, llevas un ritmo de casi un libro por año…
Sí, y más o menos. En España recién publiqué dos libros nuevos, uno es un ensayo editado por Siruela, se llama Svalbard: De las cosas que van a servirnos cuando llegue el fin del mundo, y el otro se titula Ámala locamente, éste lo publicó Debate y ahí destripo filosóficamente, trece canciones de rock. Las armas de la ilusión sólo sale en México. Los títulos de España se empalmaron por un lío de una de mis casas editoras, en principio estaban programados para salir con suficiente tiempo entre uno y otro. Son cosas que pasan. Los tiempos literarios no tienen que ver con los tiempos del escritor.
¿A estas alturas sigues creyendo en las revoluciones?
Soy más escéptico, y creo que el camino que ha tomado el zapatismo también se presta a pensar eso. Fue un movimiento importantísimo que luego se convirtió en otra cosa, más de gestión en la selva, quizá sea más útil en el fondo, pero fuera de los focos. Lo que ha pasado con el zapatismo es que ha perdido el foco, simplemente. Me siguen gustando las disrupciones con efectos positivos en la sociedad, solo que ahora tengo más años y llevo más de veinte viviendo en Europa, donde ya pasan pocas cosas, en comparación con Latinoamérica, donde todo está en permanente erupción. Ahora soy padre, tengo hijos, y eso también me hace ver la vida de otra forma y con la que estoy plenamente conforme. Me parece que lo deseable es entender tu realidad de acuerdo con la edad que tienes.






