Lula y Trump se reúnen nuevamente: una prueba estratégica | Paulo Abrão
En Estados Unidos, Trump probablemente utilizará el encuentro para proyectar liderazgo hemisférico y reforzar su imagen de negociador de cara a las elecciones de medio mandato.
- Redacción AN / JSC

Por Paulo Abrão
El encuentro entre los presidentes de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva y de Estados Unidos, Donald Trump, es mucho más que un gesto diplomático: se trata de un momento revelador sobre cómo el orden internacional está siendo rediseñado bajo crecientes tensiones.
En Washington, la percepción sobre Brasil ha cambiado de manera significativa. El país dejó de ser visto únicamente como una potencia regional y pasó a ser entendido como un actor estratégico en las disputas globales.
Analistas de instituciones como el Council on Foreign Relations y la Brookings Institution destacan que países como Brasil ocupan hoy una posición central en las cadenas de suministro, la transición energética y los realineamientos geopolíticos.

Eso es lo que da peso al encuentro entre Lula y Trump más allá de las agendas oficiales anunciadas.
En el centro existe una tensión estructural. La política exterior de Lula busca recuperar la tradición de autonomía estratégica de Brasil, dialogando con distintos polos de poder, profundizando relaciones con China y fortaleciendo espacios como los BRICS. Trump, por el contrario, tiende a operar desde una lógica distinta: diplomacia transaccional, uso de instrumentos económicos de presión y búsqueda de alineamiento bajo la lógica de “America First”.
Esa divergencia no necesariamente producirá una confrontación abierta, pero sí definirá los límites de la cooperación.

Uno de los temas centrales es el creciente papel de los minerales críticos. Brasil posee reservas relevantes de recursos esenciales para la transición energética y la industria tecnológica.
Para Estados Unidos, reducir la dependencia de China se ha convertido en una prioridad estratégica. Para Brasil, el desafío consiste en transformar esa ventaja en desarrollo sin comprometer su soberanía. Esa asimetría probablemente moldeará más los resultados que los discursos oficiales.
Otro asunto que puede ganar relevancia tras bastidores es la posibilidad de utilización, por parte de Estados Unidos, de la Section 301 of the U.S. Trade Act como instrumento de presión económica y estratégica sobre Brasil. Un gobierno Trump tendería a privilegiar herramientas coercitivas y negociaciones bilaterales asimétricas como forma de reposicionar los intereses económicos estadounidenses.

Para Brasil, el riesgo sería ver disputas comerciales relacionadas con aranceles, aproximación con China, regulación de plataformas digitales y acceso a minerales críticos incorporadas gradualmente a una lógica más amplia de competencia geopolítica y alineamiento estratégico.
Esto ayuda a explicar la cautela de Brasilia al intentar preservar canales diplomáticos estables con Washington sin renunciar a su autonomía estratégica y a su capacidad de mantener relaciones simultáneas con China, Europa y el Sur Global.
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Otro punto sensible sigue siendo los BRICS. Las discusiones sobre mecanismos financieros alternativos y una menor dependencia del dólar son observadas atentamente en Washington. Como ha destacado la revista Foreign Policy, estas iniciativas comienzan a ser vistas no solo como experimentos económicos, sino también como potenciales desafíos al orden financiero internacional. Un gobierno Trump difícilmente ignoraría este movimiento.

El contexto internacional amplifica aún más estas tensiones. Las crisis relacionadas con Medio Oriente y el Caribe aumentan la presión por alineamientos más claros. Brasil podría verse presionado a adoptar posiciones más directas sobre temas vinculados a Irán o Cuba. Sin embargo, cualquier movimiento en ese sentido podría comprometer su capacidad de actuar como mediador y como voz del Sur Global.
Otro tema potencialmente sensible entre Brasilia y Washington es la creciente presión, dentro de sectores vinculados al trumpismo y a agencias de seguridad estadounidenses, para clasificar organizaciones criminales brasileñas como el Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV) bajo categorías asociadas al “narcoterrorismo”.
En Estados Unidos, parte del debate estratégico ha defendido ampliar el concepto de seguridad hemisférica, aproximando las grandes redes criminales latinoamericanas a la lógica ya aplicada a los carteles mexicanos y organizaciones consideradas amenazas transnacionales. Para un eventual gobierno Trump, esto podría justificar mecanismos más duros de cooperación en inteligencia, sanciones financieras, presión diplomática e incluso una mayor presencia operativa estadounidense en la región.

El gobierno de Lula, por su parte, tendería a resistir cualquier formulación que pudiera abrir espacio a interpretaciones de injerencia externa sobre la seguridad pública, la soberanía territorial o la militarización internacional de la Amazonía y de las fronteras brasileñas. El tema revela una divergencia más profunda: mientras Washington percibe cada vez más el crimen organizado como una cuestión de seguridad estratégica hemisférica, Brasilia busca preservar un enfoque centrado en cooperación judicial, inteligencia policial y desarrollo social, evitando incorporar la retórica global de la “guerra contra el terrorismo” al contexto brasileño.
También existen importantes implicaciones internas. En Brasil, la imagen de este encuentro dialoga directamente con las elecciones de 2026. Un acercamiento o un gesto favorable de Trump hacia Lula podría generar incomodidad en sectores de la extrema derecha brasileña conectados con redes transnacionales asociadas al movimiento MAGA.

Por otro lado, un encuentro frío o marcado por tensiones podría reforzar simultáneamente dos narrativas distintas: la de Lula como líder autónomo en el escenario internacional y la de la extrema derecha brasileña según la cual una alineación más profunda con Washington sería estratégica para el futuro del país. En Estados Unidos, Trump probablemente utilizará el encuentro para proyectar liderazgo hemisférico y reforzar su imagen de negociador de cara a las elecciones de medio mandato. Aun así, esta estrategia implica riesgos frente a sectores que observan con desconfianza cualquier acercamiento con países asociados a los BRICS o a China.
El escenario más probable no es ni ruptura ni convergencia plena, sino una tensión administrada: cooperación limitada en temas específicos como seguridad, minerales críticos, aranceles y disputas comerciales asociadas a la Sección 301, coexistiendo con divergencias estructurales más profundas. Aun así, incluso un encuentro calibrado puede producir efectos duraderos. Porque lo que está en juego no es solo la relación entre Brasil y Estados Unidos, sino la manera en que las potencias emergentes navegan un mundo marcado por presiones cruzadas, competencia entre sistemas y equilibrios inestables.

En este nuevo escenario, o nuevo orden global, como algunos prefieren definirlo, Brasil ya no es un actor secundario. Se ha convertido en una pieza central de la nueva ecuación estratégica internacional.
*Paulo Abrão es el Director Ejecutivo de la Oficina de Washington en Brasil. Fue Secretario Nacional de Justicia de Brasil, también se desempeñó como Secretario Ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y como Director del Instituto Mercosur de Derechos Humanos (IPPDH). Fue Visiting Scholar en el Watson Institute for International and Public Affairs de la Brown University.*





