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“Para que prospere la existencia hay que cerrar ciclos”: Jorge Ruiz Dueñas

El poeta y narrador recibe este 7 de mayo un homenaje por parte de la Academia Mexicana de la Lengua.

  • Redacción AN / HG
07 May, 2026 07:28
“Para que prospere la existencia hay que cerrar ciclos”: Jorge Ruiz Dueñas

Por Héctor González

El pasado 26 de abril, Jorge Ruiz Duñas cumplió 80 años de vida. Poeta, narrador, ensayista y funcionario, el escritor ha dedicado una buena parte de su tiempo a la literatura, disciplina a través de la cual ha profundizado en el conocimiento del ser humano.

Ganador de premios como el Nacional de Periodismo en divulgación cultural y el Xavier Villaurrutia, Ruiz Dueñas ha publicado más de una decena de títulos la mayoría de poesía.

En reconocimiento a su trayectoria, la Academia Mexicana de la Lengua le brindará un homenaje este jueves 7 de mayo a las 18:00 horas, en sus instalaciones de Donceles 66, Centro Histórico, Ciudad de México y en el que participarán Gonzalo Celorio, Adolfo Castañón, Diego Valadés y Silvia Molina.

Cumple 80 años y la Academia Mexicana de la Lengua le realiza un homenaje. ¿Cómo llega a este momento? ¿Cómo entiende ahora la literatura?

Más que un homenaje es un acto de buena voluntad de camaradería. Creo que es la generosidad la que nos lleva a esto. La literatura es un ejercicio que nos hace ver con ojos diversos nuestras acciones, el mundo y sobre todo la condición humana. La literatura nos brinda la posibilidad de conocer el comportamiento humano en determinadas circunstancias.

Usted ha sido un poeta sensorial y de escenarios, escribió mucho sobre el mar y el desierto.

Crecí a la orilla del mar en la península de Baja California, de modo que sí, la naturaleza estuvo siempre muy presente. Involucré al mar y al desierto como símiles de la naturaleza del hombre. Con el tiempo, digamos al cumplir 50 años, me di cuenta de que no había escrito poesía amorosa en el sentido más amplio de la palabra y publiqué Habitaré tu nombre y Saravé, que me permitieron obtener el Premio Xavier Villaurrutia. Por supuesto, la vida siguió y he llegado a un punto donde mi poesía es menos extensa, pero sin abandonar visión de la naturaleza como reflejo de la condición humana.

¿A qué atribuye que su poesía es ahora más compacta?

Supongo que es efecto del tiempo. Apreciamos más el tiempo cuando comprendemos que se acaba y es finito. Eso me ha llevado a tratar de aprovechar mejor las palabras, las formas y los estilos. Ahora trato de decir lo más posible con el menor número de palabras.

¿Piensa en su propia finitud? ¿Es una obsesión recurrente?

No en una forma malsana, pero a veces estamos muy apegados a la existencia y no nos damos cuenta de que la finitud es parte de la propia vida. Para que prospere la existencia hay que cerrar ciclos, la naturaleza misma se renueva constantemente. No es que lo piense como un acto gozoso, pero sí es una toma de conciencia que trae algunas responsabilidades para con uno mismo y para la obra. Más que una obsesión, es una necesidad cerrar expedientes.  Apenas terminé un libro de poemas llamado Epitafios, lo publicaré en una editorial de jóvenes, A tres bandas, se llama. Acabo de traducir parcialmente Clarel, de Herman Melville y escribí un ensayo sobre él. Además, espero sacar adelante algunas cosas de narrativa.

¿Siente que ya es momento de cerrar ciclos de alguna manera?

Sí, evidentemente es el momento de ir cerrando estos ciclos por géneros. Mi maestro León Felipe, cuando teóricamente había completado su obra siguió publicando, entre ellos Rocinante, un libro sui generis. A Ledo Ivo, el poeta brasileño le pasó algo similar. Me mandó un maravilloso tomo con toda su obra poética y sin embargo, después aparecieron después dos títulos más en español y uno post mortem publicado por su hijo. Es decir, uno se dispone a cerrar esos ciclos, pero a veces pues la pluma se alarga.

Sigamos con la idea Epitafios, ¿ya tiene el suyo?

No es propiamente un libro de epitafios sino de formas simbólicas de despedida. Dedico poemas a la ausencia de mi padre, de amigos, de gente de mi generación e incluso de gente más joven, pero con el signo de la esperanza y de que las cosas sean más prósperas en el futuro.

¿A qué amigos extraña particularmente?

Extraño fundamentalmente a Álvaro Mutis que para mí fue un gran guía y mentor; a mi viejo maestro León Felipe, pero se fue hace muchísimos años; a Ledo Ivo, a Gonzalo Rojas el chileno; al que yo he llamado el poeta más bueno del mundo que es Enrique Molina, argentino muy reconocido por su poesía surrealista; a doña Olga Orozco; naturalmente a Rubén Bonifaz Nuño y a Gabriel García Márquez, hombre que me marcó en muchos sentidos. Entre los de mi generación extraño a Carlos Montemayor, cuya muerte fue particularmente anticipada.

Usted tiene un libro llamado La esencia de las cosas, donde escribe “la balanza se enreda con los hechos y en mis venas corren los remordimientos”, ¿qué le causa remordimiento?

En este momento no tengo presencia de un remordimiento específico, pero creo que siempre hay que tener conciencia de que pudimos evitar algunas cosas y callar algunas palabras. Siempre hay algo de que arrepentirnos, siempre podemos ser menos imperfectos, y no hablo en términos nostálgicos, sino desde la conciencia de que todo es perfectible, particularmente los hechos humanos.

¿Hay algo que extrañe de sus primeras etapas como escritor?

Quizás cierto atrevimiento, inicié haciendo mucho periodismo cultural desde los 17 años. Recuerdo que entonces abría el directorio telefónico, cuando lo había, y buscaba el nombre de Rufino Tamayo para pedirle una entrevista. Ahora no tengo los arrestos que en su momento tuve para presentarme ante mi maestro Herbert Marcuse, en 1968, para pedirle una entrevista, me echó tres veces, pero después fue generosísimo conmigo porque me permitió ser su alumno en tres diferentes cursos invernales. Extraño esa forma de entrar a la vida sin mayores prejuicios; esa falta de temeridad me sí me da nostalgia.

 

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