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“Mi postura es la de quitarse la empatía ideológica y defender valores”: Jacobo Dayán

El especialista en derecho internacional y derechos humanos publica ‘Brújula moral’, volumen donde regresa a la Alemania nazi para reflexionar sobre el papel de los artistas e intelectuales en momentos de crisis política.

  • Redacción AN / HG
04 Oct, 2026 08:06
“Mi postura es la de quitarse la empatía ideológica y defender valores”: Jacobo Dayán

Por Héctor González

Durante el ascenso al nazismo en Alemania no fueron pocos los intelectuales y artistas que se vieron obligados a tomar una posición. Algunos se fueron del país, unos más callaron y otros tantos apoyaron al régimen. En su nuevo libro Brújula moral (Taurus), Jacobo Dayán regresa a aquella época para encontrar claves que nos permitan entender el presente.

“Son tiempos de tomar partido porque los retos que enfrentamos nos hablan de un quiebre civilizatorio”, dice el especialista en derecho internacional y derechos humanos. Autor de títulos como No es normal y República de Weimar, Dayán se pronuncia sobre México y la reciente polémica alrededor de la escritora argentina Ariana Harwicz motivada por su ausencia en un festival de letras realizado en España.

En tu nuevo libro Brújula moral, regresas al periodo de la Alemania nazi para reflexionar sobre el presente. ¿Qué sigues encontrando ahí para hablar sobre esta época?

Hace tres años ante lo que se empezaba a vislumbrar y que hoy queda muy claro, me refiero a un proceso de erosión democrática global, publiqué República de Weimar. Todo surgió a partir de una declaración de hace cuatro o cinco años, del secretario general de la ONU. Dijo: “el mundo de hoy tiene ecos de los años veinte y treinta del siglo pasado”. Me pareció oportuno volver a esa época, no para narrar la caída de esa democracia sino para revisar lo que hizo esa gran generación de intelectuales, artistas y científicos mientras se desmoronaba esa democracia y se consolidaba el totalitarismo, la guerra y el exterminio. Hoy tenemos gobiernos abiertamente autoritarios en el mundo y parece que estamos pasmados ante las múltiples crisis que tenemos, ante el discurso de odio y las violencias galopantes. Vivimos tiempos similares en tanto que estamos ante una brújula moral disipada o perdida. Encontramos gente que justifica lo injustificable, que prefiere acomodarse al poder para obtener beneficios, lo vemos en la prensa, en los intelectuales, en presidentes. Son tiempos de tomar partido porque los retos que enfrentamos nos hablan de un quiebre civilizatorio.

Dices “son tiempos de tomar partido”. ¿La neutralidad y el equilibrio tienen cabida?

Claro, lo que pasa es que el silencio empodera a los poderosos. Son tiempos de levantar la voz y denunciar lo intolerable. En nuestro país vemos, en distintos medios y círculos académicos, justificaciones todo el tiempo. Se critica al gobierno anterior, pero se justifica a éste. Vemos tiempos de horror y la neutralidad no ayuda. No estoy llamando a la radicalidad y a la polarización, pero sí hay que retomar valores que consideramos centrales para la existencia humana como la democracia y la dignidad humana. El orden internacional está quebrado, se justifican los genocidios. No son tiempos para que al menos, quienes tienen voz, se queden en silencio.

Esto lo vemos ante el caso de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, quienes hace unos años cuestionaban unas cosas hoy lo justifican, incluso desde la izquierda.

A eso me refiero. Mucha gente toma decisiones a partir de posiciones ideológicas y no de valores. Lo hacen porque resulta económicamente atractivo porque hoy tienen un lugar que no hubieran alcanzado de otra manera. Yo no diría que este es un gobierno de izquierda, no hay gobiernos de izquierda militaristas a menos que pensemos en dictaduras como Nicaragua, Cuba, Venezuela o Corea del Norte. Cuando me dicen cómo puede ser que esta izquierda defienda al ejército, respondo que hace ochenta años Heidegger defendió el nacismo, de modo que no me sorprende que hoy, militantes de Morena defiendan al ejército.

Hablemos del caso de Ariana Harwicz y su desinvitación a un festival literario en Granada, España. ¿Qué papel corresponde a los intelectuales?

Hace ochenta años Thomas Mann pasó buena parte de su vida en el exilio. Huyó de Alemania por defender la democracia y la dignidad humana. Sobre el escándalo que mencionas te puedo decir que no comparto prácticamente ninguna de las posturas de Ariana Harwicz, pero la cultura de la cancelación tampoco ayuda. Hay un límite donde sí es intolerable la participación de ciertas personas. A los discursos de quienes llaman abiertamente a la violencia y de quienes hacen apología de la guerra, sí hay que decirles que no. Pero sus posturas hasta donde he leído son contra el boicot y niega el término genocidio, insisto no comparto su visión, pero creo que la solución no es la exclusión. En mi opinión la exclusión sólo generará un discurso de eco de gente que piensa como ella. Vivimos tiempos donde el arte está perdiendo su valor central e histórico que es el de la irreverencia, incomodar y romper ciertos parámetros. Hoy parece que buena parte de la comunidad cultural pretende tener espacios asépticos de gente que piense de manera similar y eso me parece peligroso. Hannah Arendt fue discípula de Heidegger y una vez que terminó la guerra, Arendt regresó a Alemania y promovió la obra de su maestro. No promovió al personaje, sino su pensamiento; y por lo que entiendo y guardando las proporciones, la obra de Harwicz tiene algún valor porque de lo contario no la hubieran invitado. Hay que separar la obra de la persona.

La libertad de expresión tiene límites.

Sin duda y eso está regulado. Los límites son la apología de la guerra y la incitación directa a la violencia. Hasta donde sé, en las posturas de Ariana Harwicz no existe eso. Y si lo existe entonces el problema viene desde por qué la invitaron. Me parece que hay que discutir con gente que no piensa como uno. En lo personal me habría parecido interesante cuestionarla y debatir con ella. Una cosa es censurar un discurso y otra censurar a la persona.

¿Cómo llegamos a este tipo de polémicas?

Hace un par de años fui víctima de censura en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Me invitaron a una mesa llamada “¿Cómo discutir Gaza?” A los dos minutos de iniciada irrumpió un grupo de jóvenes y clausuró el debate diciendo que no puede haber diálogo ante un genocidio. Si el diálogo no es posible no hay nada que hacer. Vivimos tiempos en los que se exige un puritanismo ideológico de grupo. Se promueve un ministerio del bien pensar donde solo se aceptan a ciertas personas o discursos y eso es peligroso. Podemos tener posturas propias, pero una cosa es cancelar personas y otra, discursos.

¿Qué pasó en aquella mesa?

En la mesa estábamos Maruan Soto Antaki, escritor mexicano de origen árabe; Naief Yehya, escritor mexicano de origen libanés; una mujer judía-mexicana; y yo, que soy de origen judío-árabe y mexicano. Era una mesa plural para hablar de lo que sucede en Gaza. Al iniciar la mesa empecé diciendo “yo soy judío y árabe”. Cada vez que tengo un pronunciamiento público sobre este tema me atacan de ambos lados, pues al poco tiempo irrumpió el grupo de estudiantes y no hubo manera de realizar la mesa.

¿Para ti hay genocidio en Gaza?

Sí, sin duda, pero habrá que esperar la resolución de la Corte Penal Internacional o del Tribunal Internacional de Justicia. También es importante decir, se empezó a hablar de genocidio desde octubre de 2023, recién comenzó el ataque de Israel. En ese momento yo, como muchos otros especialistas en esos temas, dije que entonces no veía los elementos para poder afirmarlo. Pasaron los meses y mi visión cambió.

¿Se puede sacar algo positivo del episodio con Ariana Harcwicz?

Me parece que muy poco. Veo un encontronazo de trenes. Hay posiciones muy enfrentadas y no dispuestas al diálogo. Seguiremos viendo una radicalización por parte de ambos extremos. El genocidio es un tipo penal, no una percepción. Y eso lo definirá un tribunal internacional. Me gustaría que se diera una auténtica discusión cultural, pero no la veo venir.

Al principio de la entrevista dijiste: es momento de tomar partido. ¿Cuál es la diferencia entre tomar partido y no escuchar a quien piensa distinto?

Es tiempo de tomar posturas en lo individual y de exigir el respeto a ciertos valores. Uno no puede ser ambiguo ante el medio ambiente, la vida, la inteligencia artificial, las masacres, el genocidio, ante la erosión democrática y la destrucción del orden mundial. Uno no puede ser ambiguo ante lo que hacen Netanyahu, Trump, Putin, pero en el caso mexicano vemos que el gobierno no se atreve a criticar a Cuba, Nicaragua o Rusia, es decir, toma posturas ideológicas. Mi postura es la de quitarse la empatía ideológica y defender valores, esa creo, es la lección que se aprende del libro. El gobierno mexicano tendría que criticar al gobierno de Netanyahu, pero también al de Putin, Cuba o Nicaragua, así como critica al de Milei y a otros presidentes de derecha. Esa es una cosa, pero cancelar el diálogo es otra. Este es un planeta de todas y todos. La construcción del orden se hace mediante el diálogo, desde posturas radicales identitarias no se puede hacer nada. Con Ariana Harcwicz se canceló el diálogo.

¿Este tipo de polémicas tendrán algún tipo de repercusión en el tipo de arte que se produce?

Cuando subió el nazismo en Alemania, Bertolt Brecht huyó a Estados Unidos donde llegó a hacer cine. Imagínate lo que era para un comunista ir a Estados Unidos. Años después volvió a huir por el macartismo. Brecht entendió que el problema a transitar era el totalitarismo y la guerra. Amotinarnos no nos llevará a nada, por eso me parece importante recordar lo que sucedía hace ochenta años.

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