Madre, migrante y líder busca a su hijo desaparecido en México
“Yo no les voy a aceptar cenizas, yo quiero el cuerpo”, sentenció a las autoridades la señora Ana Enamorado.

* colaboración especial 

En octubre de 2015, a la hondureña Ana Enamorado le dijeron que habían encontrado el cuerpo de su hijo desaparecido en México. La Fiscalía General de Jalisco quería entregarle una bolsa con cenizas, argumentando que esos eran los restos de Oscar. 

Hace ya 5 años que migró a México para intentar dar con su paradero. “Desde el carro, solo volteé a ver mi casa y dije: aquí se queda todo. Se me salieron las lágrimas. Me las limpié y de ahí para adelante”, recuerda la mujer que dejó Honduras y un matrimonio de 23 años, para buscar a su hijo.

Oscar Antonio López Enamorado salió de San Pedro Sula, Honduras, en 2008, cuando tenía 17 años, y cruzó por México como migrante indocumentado. Logró llegar a Estados Unidos y un par de años después decidió regresar para ver a su familia cruzando de nuevo el país.  La última llamada que Ana recibió de su hijo fue desde Jalisco, en enero de 2010. Desde entonces no supo más de él.

Desde su país, Ana comenzó la búsqueda a través del consulado de Honduras en México: hacía llamadas, enviaba cartas, fotos de Oscar, sin obtener respuestas concretas por parte de las autoridades. Le decían que estaban atentos del caso, pero no le daban avances de la investigación o alguna pista de lo que podría haberle ocurrido a su hijo, por lo que decidió emprender la búsqueda por cuenta propia.

Ana Enamorado llegó a finales de 2011 a México, como parte de la Caravana de Madres Migrantes Mesoamericanas, un movimiento que busca a sus desaparecidos, el cual se compone de diversas organizaciones sociales de Centroamérica. Desde entonces, la madre de Oscar se quedó en territorio mexicano.

“Decidí tener un solo hijo porque quería todo para él”, recuerda.

“Mi hijo salió por la violencia, era un niño muy cuidadito, lo llevaba al colegio, tenía 17 años pero no tenía la libertad de pasear libremente por el país, siempre viviendo en rejas con 4 candados, no era vida para un joven, él quería disfrutar su juventud”. Así cuenta Ana los motivos de Oscar para dejar Honduras.

En tanto, ella se describe a sí misma como una mujer trabajadora, hiperactiva. Por muchos años trabajó como supervisora en una fábrica de ropa, pero cuando Oscar cumplió doce años, decidió dejar de trabajar en la industria textil y montar un negocio en su propia casa: vendía abarrotes y ropa, con lo que podía continuar teniendo ingresos y pasar más tiempo con su hijo.

En sus años de búsqueda, ha pasado por diversas Fiscalías, Ministerios Públicos y Servicios Médicos Forenses (Semefos) del país. Ahora, ella dice no creer en las autoridades. En 2013, le mostraron las fotos de un cuerpo que presumiblemente era el de su hijo; ella no lo reconoció como tal; aun así le tomaron muestras de ADN y un mes después la contactaron para decirle que había salido negativa la prueba, pues no había coincidencia genética. La noticia la puso un tanto contenta.

Pero en 2015, recibió una llamada inesperada. Era de la Fiscalía de Jalisco, para comunicarle que habían encontrado un cuerpo con las características de su hijo. Cuando le mostraron fotos, vio que eran las mismas que ya le habían mostrado en 2013, pero en esta ocasión había más: fotos de la ropa, del cuerpo entero, de objetos y un archivo de investigación que no le habían mostrado antes. En una de las fotos le pareció que quizá podía ser él, no estaba segura, tenía años de no verlo. Molesta por la situación, pidió un nuevo cruce genético, pero el cuerpo ya había sido incinerado y eran las cenizas que pretendían entregarle en una bolsa de plástico.

Las autoridades le aseguraban e insistían en que era su hijo porque habían encontrado junto al cuerpo un celular con un teléfono de contacto que decía “mamá” y con números de Honduras; por ello Ana pidió ver la ropa, el teléfono, los números de contacto que había en el celular, pero todo había desaparecido, no supieron darle razón de dónde estaban los objetos.

“Yo no les voy a aceptar cenizas, yo quiero el cuerpo”, sentenció a las autoridades la señora Enamorado.

“El abogado me dijo: ¿Es su hijo verdad? Por lo menos ya tiene a quien llevarle flores, ya tiene a quien rezarle. Me paré, me limpié las lágrimas y le dije: No licenciado, ustedes no se van a aprovechar de mi dolor . Si este cadáver es mi hijo, me van a entregar el cuerpo, no cenizas, porque yo en ningún momento autoricé que este cuerpo fuera incinerado”.

Ana no acepta que en realidad sea su hijo el de esa bolsa. Sostiene que hasta que no haya una prueba científica, no hay forma de comprobar que pertenezcan a Oscar. Al cremar el cuerpo, acabaron con evidencias clave que pudieron haber llevado a Ana a una respuesta certera.

En el Semefo de Jalisco tienen el registro de huellas dactilares de ese cuerpo, por lo que Ana solicitó a las autoridades hondureñas le proporcionen el registro de las mismas. Pero allá perdieron los registros del carnet de identidad de su hijo y con ello se perdió también la única posibilidad que tenía para recuperar las huellas dactilares.

“No quisiera que me maten antes de encontrar a mi hijo, no me voy a dejar intimidar”, advierte Enamorado.

Ana recuerda cómo esa misma tarde en la fiscalía de Jalisco, el ministerio público que lleva su caso le dijo:

-A usted no le da miedo andar sola por acá…

-Yo no tengo miedo licenciado

-Qué bien… de valientes está lleno el cementerio…

“Esto fue como una amenaza, quieren intimidarme”, considera ella tras ese episodio.

No obstante, sigue en la búsqueda de Oscar. A lo largo de estos años ha encontrado pistas por cuenta propia. Todas se las ha entregado a las autoridades. Hoy por hoy, asegura que su hijo fue víctima de extorsión; incluso, tiene los supuestos nombres completos, números de cuentas bancarias y teléfonos de quienes lo extorsionaron, pero hasta la fecha no han llamado a declarar a esas personas.

El poblado exacto desde donde recibió la última llamada de Oscar es el municipio de San Sebastían del Oeste en Jalisco. Ya ha pensado en entrar ahí para buscar algún rastro pero le dicen que es muy peligroso. En sus intentos por lograr llegar a la zona de una manera segura, buscó contactar a un sacerdote. Su plan: disfrazarse de monja y entrar desapercibida al poblado. No ha recibido la respuesta del padre.

Alguien más de esa comunidad la iba a hacer pasar por su empleada para que lograra entrar a la zona por un tiempo, pero cuando ella le contó con detalle el caso, la persona que la iba a ayudar perdió contacto total con ella.

“El resto que me quede de vida, buscaré a mi hijo”, advierte Enamorado.

Además, Ana busca el paradero  de más migrantes desaparecidos en suelo mexicano. Desde su llegada a México se integró formalmente al Movimiento Migrante Mesoamericano que tiene su sede en el país; llegó primero con un permiso de permanencia de tres meses y después se le asignó una visa humanitaria.

Ahora se encarga de preparar y coordinar toda la logística para la caravana de madres centroamericanas que viajan anualmente desde hace 12 años por México buscando algún rastro de sus familiares migrantes. Los integrantes de la caravana 2016 cuentan que la ven como una líder que les inspira fuerza. Ana lleva el caso de muchos de ellos, ya que al estar radicando en el país es la encargada de dar seguimiento personal a la búsqueda y a las denuncias: le toca acudir a las procuradurías, Semefos, albergues y cárceles. En los 12 años que lleva la caravana cruzando México, se han encontrado a 269 migrantes vivos.

Ana reconoce que tiene mucho trabajo, que anda de un lugar para otro. No para. Pero a la vez, este ritmo de vida es su terapia ocupacional. Sin embargo, toma antidepresivos y va al psiquiatra. Todo por seguir de pie, buscando a su hijo.

“Hoy tengo mucha dudas, no estoy segura si mi hijo está vivo, no estoy segura si mi hijo está muerto, pero mientras no tenga pruebas científicas yo seguiré buscando a mi hijo”, asegura.

Ana cree que Oscar puede estar amenazado o que lo tienen contra su voluntad en algún lugar del país, desde donde él no la ha contactado para protegerla y así evitar que le hagan daño a su familia.

Dentro de la organización en la que trabaja, a Enamorado le ha tocado encontrar a migrantes desaparecidos y reunirlos con sus familias; cuando pasa, se funden en abrazos y sueltan lágrimas de felicidad.

Esos momentos dejan a Ana muy contenta. Piensa que algún día, también le puede tocar a ella.

 

 

 

Nota: Para este trabajo periodístico se buscaron las posturas del Instituto Nacional de Migración, la Coordinación General de Servicios Periciales  y la Unidad de Investigación de delitos para personas migrantes. No ha habido respuesta. 






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