‘Los débiles’, una ficción acerca de la normalización de la violencia
Raúl Rico, codirector de la película reconoce que en México vivimos con una paranoia cotidiana.

Por Héctor González

En busca de venganza, Víctor (José Luis Lizárraga) emprende la búsqueda de Selfie (Joshua Estrada), el jovencito que presumiblemente asesinó a sus perros. En aras de consumar la revancha, el protagonista emprenderá un viaje por Sinaloa. A lo largo del viaje se encontrará con personajes y situaciones que van de lo más común a lo más insólito.

En un trabajo conjunto Raúl Rico y Eduardo Girault, codirigieron y escribieron Los débiles, cinta ganadora del premio a la Mejor Película Mexicana en el Festival Internacional de Cine de la UNAM.

En entrevista, Rico precisa que por medio de la película querían indagar en las formas por medio de las cuales la violencia se ha incorporado a la vida cotidiana del país.

Los débiles se puede ver como una reapropiación territorial de tu estado, Sinaloa.

Sí. Viví once años en la ciudad de México y mientras estaba aquí me propuse explorar temáticas relacionadas con Mazatlán. Escribí un pequeño guion, lo leyó el codirector Eduardo Girault y descubrimos que a ambos nos interesaban los mismos temas.

¿Desde el principio tuvieron claro que harían una road movie?

Teníamos pocos recursos, por lo mismo queríamos una historia con una narrativa muy simple y que al mismo tiempo planteara una radiografía del estado. Ir de lo rural hasta los territorios urbanos para terminar en un lugar muy absurdo.

En términos de narrativa encuentro referencias literarias a autores como Cormac McCarthy…

Eduardo tenía muy presente a McCarthy y yo un poco más a William Faulkner. Buscar una aproximación narrativa desde la literatura nos permitía despreocuparnos por el diseño del arte y en cambio ir a los lugares donde suceden cosas. Casi todos los escenarios donde filmamos están sujetos a la violencia.

Y precisamente la película más que mostrar la violencia explícita se refiere a la manera en que la gente la incorpora a su día a día.

Queríamos hacer una película pasivo-agresiva. Nunca vemos nada explícito, pero sí se siente la tensión. Las locaciones cargan con eso. Son lugares donde a diario aparecen descabezados, casas balaceadas, fosas.

¿Qué ventajas aportó trabajar con no actores?

Sabíamos que era un arma de doble filo. Un no actor jamás llegará a los niveles interpretativos de un actor, pero a cambio aporta autenticidad. El protagonista es un ranchero real y lo seleccioné porque nos daba verosimilitud. En su libro, Tristes trópicos, Claude Levi-Strauss lamenta que cuando llegó a Brasil encontró a los indígenas muy contaminados por la cultura occidental. Queríamos mostrar una postal lo más auténtica posible.

¿Por qué si buscabas ese retrato fidedigno, no hacer un documental?

La ficción nos permite incorporar las referencias literarias o el sentido del humor. Hay música y otros tipos de intereses que en el documental no puedes aplicar.

Hace un momento hablaste de su interés por no mostrar la violencia explícita. ¿El cine mexicano ha caído en la reiteración al hablar del narco?

A partir de muchas series y películas hemos caído en la banalización de la violencia. Nuestra intensión era responder a esa tendencia intentando acercarnos a los motivos o las actitudes de las personas.

¿A qué te refieres con los motivos?

Cuando hicimos una investigación de campo nos encontramos con el dueño de una cantina-Nos decía, de una manera metafórica, que todos en Sinaloa son narcos. No porque lo fuesen, sino porque existe la necesidad de aparentar ser alguien poderoso. Nadie quiere aparentar debilidad, por eso la película se llama Los débiles. A la vez nos interesaba entender por qué los niños que viven en la sierra o en Culiacán, jamás se cuestionan lo que van a hacer en su futuro. Asumen con normalidad y sin cuestionar las razones morales, las actitudes de sus padres, el entorno y el servicio al crimen.

Es una lógica que se ha extendido a buena parte del país.

Claro y lo trágico es que no eres capaz de cuestionarlo porque estás en el ojo del huracán. Eres tan cercano a la situación que no hay una brújula moral que permita poner una distancia. Por eso mismo, los narcotráficos se convierten en héroes a los que les dedican corridos.

Malverde, nada menos.

Exacto, para el centro de México puede ser una novedad, pero en Sinaloa es lo cotidiano. Una camioneta con los vidrios polarizados lo dice todo. Cuando aprendí a manejar mis papás me advirtieron que si al cambiar el semáforo a verde, una camioneta no avanzaba, no le tocara el claxon porque a veces ese es el pretexto que buscan para matar a alguien. Es decir, ya vivimos con cierta paranoia normalizada.

En ese sentido, tu película es casi costumbrista.

No queríamos mostrar cosas extraordinarias, sino un ambiente medio rulfiano donde todo parece enrarecido y a la vez incorporado a la normalidad.

¿Tuvieron algún incidente extraño durante el rodaje?

Para nosotros era muy importante garantizar la seguridad del equipo. Pedíamos permiso antes de llegar a rodar a un lugar. Obviamente, había halcones chavitos que nos vigilaban. Una vez tuvimos un problema con una Hummer. No sabíamos que era de un coleccionista de este tipo de camionetas, una persona con un perfil muy “particular”. El caso es que sufrió un percance y nos pidieron dinero. Para conseguirlo tuvimos que hacer una fiesta. En fin, sí nos pasaron cosas raras.

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