opinión*
¿Hacia un gobierno de coalición? (Artículo)
por Redacción AN

Julio Moguel

I

El pasado 28 de marzo Miguel Ángel Mancera dejó la silla de gobierno de la Ciudad de México para integrarse al equipo de campaña –con candidatura al Senado en la bolsa– de Ricardo Anaya, en calidad de coordinador nacional. La bandera que levanta en esta nueva posición no lo ubica como un simple seguidor o acompañante de la alianza Por México al Frente (integrada por el Partido Acción Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano), sino como convencido simpatizante o promotor de un “gobierno de coalición”.
Y uno podría simpatizar sin el menor reparo con esta idea de Mancera, si no fuera porque en el ámbito de la lucha electoral en que se vive la idea carece de soporte (constitucional, institucional) y se presta más bien para que una parte del electorado crea que la alianza variopinta que ya ha sido perfilada (PAN, PRD, MC) prefigura el mencionado gobierno de coalición. Todos sabemos por el contrario que, en caso de ganar, cualquiera que sea el reparto de las posiciones de poder que se defina en el nuevo gobierno entre las fuerzas políticas de Por México al Frente no definirá el fin del “presidencialismo monárquico” (Mancera dixit), ni representará un nuevo modelo político de gestión gubernamental.
Pero sirva el posicionamiento de Mancera para reflexionar sobre la complejidad en la que se mueve el escenario político nacional. Porque cualquiera que sea el bloque o el candidato que gane las elecciones del 1º de julio, gobernará con un gabinete diverso o variopinto. Así fuera por el hecho simple de que el sistema de partidos hasta ahora formalmente vigente ha tocado fondo, o ha llegado a su fin.

II

Ninguno de los partidos que opera en el escenario político nacional puede verse hoy reflejado en el espejo de su pasado reciente. Los desmembramientos del PRI, del PAN y del PRD en los últimos tiempos han sido mayores, algunos de escala geológica o monumental. Más aún: en sus agrupamientos o reagrupamientos formales actualmente definidos, la disidencia interior –la intriga, la queja, el descontento latente o verbalizado– se ha convertido en un hecho común. Hoy resulta imposible para cualquiera definir sus perfiles y marcar o delimitar sus contornos: los partidos políticos mexicanos han entrado entonces –usando un término de Zygmunt Bauman– en el espacio-tiempo de la “modernidad líquida”.
El Partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) no es la excepción, pero no por desmembramientos sino por la inmensa (no creo exagerar) cantidad de adhesiones que ha acumulado en los últimos tiempos. Bajo un formato que sin duda ha sido sui generis: los mayores y los principales componentes de quienes se han sumado a su causa no se han inscrito en su estructura orgánica –como sugeriría una cierta ortodoxia–, sino que lo han hecho en una especie de círculos concéntricos que giran en torno al referido eje partidario pero, sobre todo, en torno a la figura-en-campaña por la Presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Sin querer queriendo, como diría un recordado actor de la pantalla televisiva, para bien o para mal, Morena ha vuelto a ser lo que algunos de sus miembros fundadores denominaron “partido-movimiento”, gozando, por virtud o por defecto, de una flexibilidad táctica que no tiene en el momento ninguna otra agrupación.

III

Pero la reconfiguración del sistema de partidos no se expresa sólo en sus fracturas, desmembramientos, crecimientos repentinos y desmedidos o en sus reacomodos internos, sino en el desdibujamiento o desarticulación de la oferta ideológico-política que hasta hace muy poco los distinguía. El esquema de alianzas perfilado en el proceso electoral en curso es en cierto sentido bizarro –por decir lo menos–, con ecuaciones tales como la que representa el eje PAN-PRD-MC que, entre otras de sus consecuencias, marca el fin histórico del perredismo como vertiente de izquierda para convertirse en una simple franquicia dentro del mercado político nacional.
Se dirá que el partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) o Andrés Manuel López Obrador cojean de la misma pierna por su alianza con el Partido Encuentro Social (PES), o por la inclusión en su “gabinete”, candidaturas y equipos de campaña de algunas personas que no se distinguen propiamente por su coloración izquierdista; pero el tema de las alianzas siempre tiene que medirse desde el parámetro de cuál es la fuerza principal que las comanda o, para decirlo de manera coloquial, de quién tiene o mantiene la sartén por el mango.
En el caso del PRI no hay mucho que decir: desfondado y vacío, sin proyecto político propiamente partidario, se mueve al son que le toque la élite tecnocrática que aún atiende en Los Pinos. Su juego político en las elecciones lleva el signo de esa seria degradación. Acaso por eso José Antonio Meade ha querido ser émulo discursivo de Luis Donaldo Colosio. Pero, sin lugar a dudas, con una extrema timidez…

Redacción AN

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.




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