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La crisis climática alcanzó a las áreas naturales protegidas: ¿qué hacemos ahora?

Las áreas naturales protegidas continúan siendo claves, pero el cambio climático exige repensar cómo hacer conservación dentro de ellas…

  • Redacción AN / GER
30 Mar, 2026 14:54
La crisis climática alcanzó a las áreas naturales protegidas: ¿qué hacemos ahora?
Foto: Archivo Pixabay

Por Dr. David A. Prieto-Torres*
Laboratorio Nacional de Biología del Cambio Climático

Desde la creación del Parque Nacional Yellowstone, en Estados Unidos, la conservación moderna se ha basado durante más de un siglo en la protección legal de territorios, acompañada de una gestión institucional con fines científicos, recreativos y de preservación ecológica. Bajo este modelo, las áreas naturales protegidas se han consolidado como la principal estrategia para conservar la biodiversidad, resguardando paisajes, flora, fauna y ecosistemas frente a la acelerada pérdida de especies que enfrenta el planeta. De esta manera, figuras como parques nacionales, reservas de la biosfera o refugios de vida silvestre han incrementado progresivamente en cantidad, ampliando así la proporción de la superficie del mundo bajo algún grado de protección. Sin embargo, muchas de estas áreas fueron diseñadas bajo la idea de que los ecosistemas eran relativamente estables.

Hoy sabemos que esto no es necesariamente cierto.

El aumento de la temperatura global, los cambios en los patrones de lluvia y la mayor frecuencia de eventos extremos, como sequías prolongadas u olas de calor, están transformando hábitats completos, provocando desplazamientos de especies, extinciones locales y cambios profundos en la composición de las comunidades biológicas. Modelos desarrollados en nuestros estudios muestran que, por ejemplo, más del 77% de las aves asociadas a bosques secos estacionales, conocidos en México como selvas secas, podrían reducir su distribución potencial hacia mediados de siglo. Esto sugiere un posible recambio de especies en el tiempo, por lo que las comunidades biológicas que hoy conocemos podrían ser distintas en el futuro.

Este fenómeno no se limita únicamente a las aves ni a este tipo de ecosistema, pues también se ha documentado en plantas, anfibios y mamíferos en distintas regiones del mundo, incluso dentro de áreas naturales protegidas. De hecho, se estima que el cambio climático podría reducir en más del 40% el área climáticamente adecuada para cerca del 45% de las especies de mamíferos de los bosques secos de Mesoamérica, y que algunas áreas protegidas podrían perder hasta un 35% de las condiciones ambientales que actualmente permiten su presencia.

El problema es evidente: si las especies se desplazan siguiendo condiciones climáticas favorables, los límites fijos de las áreas naturales protegidas podrían dejar de coincidir con las zonas donde logren persistir. En ese escenario, algunas áreas podrían perder parte de la biodiversidad que originalmente justificó su creación, mientras que otras regiones, hoy sin protección, podrían volverse prioritarias en el futuro. Pero lo que está en juego va mucho más allá de la pérdida de especies, incluso de aquellas emblemáticas como jaguares, tapires, guacamayas, águilas o ajolotes.

La biodiversidad sostiene procesos ecológicos esenciales como la polinización, la dispersión de semillas, la fertilidad del suelo, la regulación climática local y la disponibilidad de agua. Por ello, ante una reorganización de las comunidades, estas redes ecológicas se alteran y podrían consecuentemente impactar directamente en actividades como la agricultura, así como en la seguridad alimentaria, la salud pública y la economía. Además, los ecosistemas más diversos suelen ser más resilientes frente a perturbaciones ambientales, pero cuando esa diversidad disminuye, dentro o fuera de las áreas naturales protegidas, aumenta la vulnerabilidad ante eventos climáticos extremos.

A esto se le suma otro reto ampliamente discutido en las últimas décadas: la red actual de áreas naturales protegidas no siempre coincide con las zonas de mayor biodiversidad o resiliencia climática. En Mesoamérica, por ejemplo, se estima que más del 60 % de las áreas con alta riqueza de vertebrados terrestres (es decir, anfibios, reptiles, aves y mamíferos) se encuentran fuera de estos espacios protegidos, y numerosas especies tienen menos del 10 % de su distribución bajo alguna categoría de protección.

“La conservación en tiempos de cambio climático exige instituciones capaces de aprender y adaptarse de manera continua”

Esto evidencia que la conservación se ha implementado, en muchos casos, sin utilizar criterios asociados realmente con la biodiversidad. Además, muchas reservas permanecen aisladas o con baja conectividad ecológica, lo que limita la capacidad de las especies para desplazarse frente a cambios ambientales. De hecho, se estima que, en ecosistemas como los bosques secos estacionales, la falta de conectividad podría reducir hasta en un 50 % las probabilidades de persistencia futura de numerosas especies. Ante este panorama surge una pregunta inevitable, ¿cómo pueden las áreas naturales protegidas seguir siendo efectivas frente al cambio climático? Lejos de ser una visión fatalista, este cuestionamiento nos invita a innovar en las estrategias de conservación.

Las áreas naturales protegidas seguirán siendo esenciales, pero su efectividad dependerá de nuestra capacidad para transformarlas en sistemas más flexibles, conectados y adaptativos frente al cambio climático. Afortunadamente, hoy contamos con herramientas científicas sin precedentes ––modelos climáticos, sistemas de información geográfica, monitoreo satelital y grandes bases de datos biológicos–– que pueden ayudar a lograr esta transformación. Estas herramientas permiten el analizar y anticipar cambios, identificar refugios climáticos, planificar corredores biológicos y orientar estrategias de restauración. Sin embargo, ninguna tecnología sustituye la necesidad de mantener y fortalecer programas de monitoreo poblacional a corto, mediano y, especialmente, largo plazo. Solo mediante el seguimiento sistemático de parámetros como abundancia, distribución, reproducción y supervivencia podremos comprender cómo responden las especies a las variaciones ambientales y anticipar posibles puntos críticos de declive. De hecho, el monitoreo continuo permite evaluar la efectividad de las acciones de manejo y ajustar estrategias conforme los ecosistemas se transforman. Este enfoque ha guiado, desde hace casi cuatro años, nuestro proyecto de monitoreo de poblaciones de mamíferos terrestres en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.

Ciertamente ampliar el número de áreas naturales protegidas sigue siendo necesario, pero por sí solo ya no es suficiente. También es indispensable actualizar los planes de manejo e incorporar escenarios de cambio climático y proyecciones ecológicas futuras. Lamentablemente, muchos instrumentos de gestión aún se basan en condiciones históricas que ya no reflejan la realidad ambiental actual. Por ello, nuestros esfuerzos de conservación y protección deben evolucionar hacia un enfoque dinámico y adaptativo que reconozca que las condiciones ambientales cambian y que las especies responden a esos cambios. Esto exige integrar conocimiento científico, participación social, políticas públicas sólidas y financiamiento sostenido. Hoy en día, proyectos integrales como el que venimos desarrollando sobre biodiversidad en el hotspot de Mesoamérica, financiado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti), muestran cómo la ciencia puede fortalecer la toma de decisiones a escala nacional e internacional.

“La pregunta ya no es si el clima está cambiando, sino cómo vamos a responder para conservar la biodiversidad”

En este contexto de un mundo de cambio acelerado, la conectividad ecológica a través del paisaje se vuelve fundamental. Los corredores biológicos facilitan el desplazamiento de las especies entre áreas naturales protegidas conforme cambian las condiciones climáticas. Por ello, el desarrollo de investigaciones y estrategias de manejo orientadas a recuperar, restaurar y mantener esa conectividad se ha vuelto prioritario para la toma de decisiones en materia de conservación. Asimismo, el integrar modelos climáticos en la planificación territorial nos permitirá identificar refugios ambientales y priorizar acciones de restauración. De hecho, la restauración ecológica no sólo nos ayudará a recuperar biodiversidad, sino también a fortalecer la resiliencia de los ecosistemas, mejorar la captura de carbono y mantener servicios ambientales esenciales. No obstante, estos esfuerzos deben trascender los límites formales de las áreas protegidas e involucrar paisajes productivos, actores locales y comunidades, cuya participación es clave para construir estrategias de conservación más inclusivas, efectivas y sostenibles en el largo plazo.

Sí, el desafío es enorme y aún queda mucho camino por recorrer, pero existen señales alentadoras. En Mesoamérica, por ejemplo, cerca de 19 millones de hectáreas ya se manejan bajo esquemas de aprovechamiento forestal sostenible, mientras diversas iniciativas comunitarias restauran paisajes degradados y fortalecen la conectividad ecológica. Por su parte, en países como México se ha incrementado recientemente la superficie bajo alguna figura de protección —incluidas las denominadas áreas voluntarias para la conservación—, lo cual representa un gran avance cuando estas áreas se integra dentro de estrategias de conservación a largo plazo capaces de adaptarse a los retos del cambio climático. Sin embargo, debemos recordar que estos avances también deben ser congruentes: ampliar áreas protegidas no puede ir acompañado del deterioro de otros ecosistemas estratégicos, como ocurre actualmente en regiones clave como son la Selva Maya, el Golfo de California, o los bosques secos del Pacífico mexicano.

La experiencia regional e internacional muestra que la conservación puede funcionar cuando se combinan conocimiento científico sólido, participación social activa y, sobre todo, voluntad política con visión de largo plazo. En este esfuerzo, la formación de nuevas generaciones de profesionistas comprometidos con la sostenibilidad resulta fundamental, pues serán las juventudes quienes continúen impulsando soluciones innovadoras frente al cambio climático. Hoy la cuestión ya no es si el clima está cambiando o si esto impacta a la biodiversidad —eso es indiscutible—, sino de cómo vamos a responder como sociedad. El conservar la biodiversidad en tiempos de cambio climático no es sólo una tarea ambiental, es una decisión colectiva sobre el tipo de futuro que queremos construir.

***

David A. Prieto-Torres, es Doctor en Ciencias, profesor e investigador en la Facultad de Estudios Superiores Iztacala (UNAM), donde dirige el Laboratorio de Biodiversidad y Cambio Global (LABIOCG). También forma parte del Laboratorio Nacional Secihti de Biología del Cambio Climático. Su trabajo se centra en la biogeografía de la conservación y en el análisis de los impactos del cambio global sobre la distribución espacial y temporal de la biodiversidad en las regiones del Neotrópico y el Neártico. Sus investigaciones integran enfoques de biogeografía, macroecología, ecología de poblaciones, ecología del paisaje y planeación sistemática de la conservación, abordando diferentes temáticas relacionadas con los bosques secos, las redes de interacción animal-planta y la ecología urbana. A partir de estos estudios desarrolla propuestas orientadas a la gestión ambiental, la conservación y la toma de decisiones en políticas públicas en América Latina.


Referencias

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