El premio a Bryce desde dos visiones
Sobre el premio que le fue entregado al escritor Alfredo Bryce Echenique, los editorialistas, Jesús Silva- Herzog Márquez y Jorge Volpi escriben en el diario Reforma.
El escritor peruano defendió su obra, que le valió un premio internacional. (Foto: Archivo)

A continuación la versión completa  de los artículos:

Ante el comité de salud pública, Jorge Volpi

Reforma/ 28 de octubre  de 2012

A la mayoría le encanta señalar con el dedo a escondidas y acusar y denunciar, chivarse a sus amistades, a los vecinos, a sus superiores y jefes, a la policía, a las autoridades, descubrir y exponer a culpables de cualquier cosa, aunque lo sean solo en su imaginación; hundirles la vida si pueden o por lo menos dificultársela, procurar que haya apestados […] y expulsar de su sociedad, como si la reconfortara decirse tras cada víctima o pieza cobrada: ‘Ese ha sido desgajado, apartado, ese ha caído y yo no’. Entre toda esa gente hay unos pocos (a diario vamos menguando) que sentimos, por el contrario, una indecible aversión a asumir ese papel, el papel del delator.

Javier Marías, Los enamoramientos

Declaro que a los 19 años descubrí Un mundo para Julius y en sus páginas atisbé un mundo entrañable, habitado por criaturas tan extraviadas y ridículas como nosotros en la infancia.

Declaro que, tras pasar meses abismado en las grandiosas arquitecturas de La casa verde, Cien años de soledad o Terra Nostra, los libros de Alfredo Bryce Echenique me llenaron de nostalgia por la niñez perdida. Aún me asombra su humor corrosivo y la sutil melancolía que se filtra en su agudeza.

Declaro que, años más tarde, en París, leí La vida exagerada de Martín Romaña y me interné en el laberinto de sus calles con el mismo desatino de su protagonista, y fui feliz y desdichado con sus delirantes aventuras. Ningún personaje desde Don Quijote me había reír tanto -y sentir tanta compasión- con sus peripecias.

Declaro que, a lo largo de más de 40 años, Bryce continuó enriqueciendo ese universo personal en una veintena de libros singulares.

Declaro, en contra de lo que afirman quienes ni siquiera lo han leído, que Un mundo para Julius, No me esperen en abril o La vida exagerada de Martín Romaña enaltecen al Premio FIL tanto como los libros de sus más ilustres predecesores.

Declaro estar seguro de que miles de jóvenes lectores continuarán descubriendo, al lado de Julius y Martín Romaña, el valor, la belleza y la majestad de nuestra lengua.

Declaro que jamás he tenido con Bryce otra conversación que la que se sostiene a través de sus cuentos y novelas.

Declaro que sumé mi voto al de la mayoría, en la última sesión del jurado del Premio FIL -el más transparente de nuestro país-, por un simple acto de amor hacia sus libros.

Declaro que el jurado premió a Bryce por su obra narrativa pues ésta bastaba y sobraba para concederle este premio y cualquier otro. Ello nada tiene que ver con el valor intrínseco del periodismo, el ensayo o la poesía.

Declaro que me resistí, hasta el último segundo, a emitir un juicio moral sobre su autor. No porque me obstine en cerrar los ojos ante el plagio (o el fraude o la mentira), sino porque la sola tentación de evaluar en un jurado literario la conducta moral de un escritor, incluso aquella que tiene que ver con su ética de artista, me parece arrogante y peligrosa.

Declaro que el plagio es absolutamente condenable (escribo esta obviedad para que no la olviden quienes me citan). Pero los plagiados son los únicos que pueden exigir legítimamente una reparación o una disculpa. No necesitaban una turba enardecida para defenderse.

Declaro que, si los plagios periodísticos de Bryce ya eran juzgados en Perú, ¿por qué un jurado literario tendría que juzgarlo y castigarlo otra vez por esas mismas faltas, violando un principio elemental del derecho?

Declaro que en ocasiones lo imaginé, azuzado por la angustia, incapaz de escribir las líneas punzantes o aguerridas que antes brotaban tan fácilmente de su pluma. Y en el acto extremo de apropiarse de las palabras de otros no pude entrever al alevoso criminal que dibujan sus enemigos, sino al artista derrotado que no encontró otra salida. Sus desventuras no lo justifican -que quede claro-, pero el justo reconocimiento a su obra narrativa jamás significó la absolución de sus errores.

Declaro que quienes queríamos recompensar la obra del artista, sin tomar en cuenta las faltas del hombre, deploramos que el premio se le haya entregado fuera de la Feria. La decisión de apartarlo de Guadalajara fue el ínfimo triunfo de quienes confunden la ética con el linchamiento.

Declaro mi respeto hacia los periodistas, escritores y académicos legítimamente preocupados por este asunto -decenas de voces razonables- y mi desprecio hacia quienes se jactan de exhibir los pecados ajenos como trofeos de caza. Los mismos insensatos que ahora exigen retirarle los fondos públicos a la Feria -una de las escasas instituciones por las que somos admirados en el mundo- o incluso boicotearla. Sepulcros blanqueados.

Declaro que, si ésta es la moral pública que buscan imponernos, la moral de los delatores, yo no quiero ser parte de ella.

Y, en fin, declaro mi orgullo por haber defendido, más que a un escritor -humano, demasiado humano-, unos libros extraordinarios. Una gran obra narrativa que en modo alguno se define por las faltas de quien la concibió ni por los insultos de sus detractores.

 

Un premio infame, Jesús  Silva-Herzog  Márquez

Reforma/ 29 de octubre de 2012

Llego tarde a la controversia sobre el Premio FIL de este año. Ya se ha hablado mucho y se ha argumentado bien sobre el error de concederlo a Alfredo Bryce Echenique, un novelista fundamental de la literatura latinoamericana que ha sido condenado como plagiario reincidente. A Bryce no se le cuestionaba por ser mal ciudadano o tener ideas aberrantes. No se le reprochaban sus mentiras al fisco sino las mentiras a sus lectores. No incomodaba que se burlara de la bandera, que pudiera ser un mal padre o un esposo infiel, lo que resultaba inaceptable para muchos es que dejó de respetar su escritura. Un autor puede ser admirable como artista y detestable como persona o como ciudadano. Quienes objetaron la decisión del jurado no cuestionaron a la persona, sino al escritor que dejó de cuidar su oficio. “Al usurpar la identidad de otro escritor”, decía Guillermo Sheridan, “el plagiario comete la única falta moral posible en su oficio: dejar de ser él mismo”.

El jurado quiso sostener su decisión cerrando los ojos a las notas y los ensayos periodísticos del escritor peruano y desestimando como si fuera un fenómeno extraliterario sus repetidos fraudes. La defensa oficial se desmoronó de inmediato. También el pedestre intento de sugerir que los críticos eran una turba de ignorantes envidiosos que arremetían contra la exquisita república de las letras. El Premio que inaugura la Feria de Guadalajara no se entrega por una novela o por un par de libros: se concede a la esfera íntegra de una obra literaria. Los miembros del jurado, en defensa de su error ubicaron los trabajos de crítica, los textos periodísticos y el ensayo como si fueran tan literariamente insignificantes como las listas del supermercado o los recados del teléfono. Lean sus novelas no sus artículos. A medida que los integrantes del jurado se vieron forzados a justificar su decisión exhibieron el tamaño de su error. Al tramposo empezaron a defenderlo con trampas. Pronto se hizo público que uno de los integrantes del jurado estaba claramente impedido para actuar: había sido testigo en uno de los juicios contra el plagiario.

Quizá lo más interesante de todo el episodio es la torpeza, la infinita arrogancia, los desprecios de la respuesta oficial. Los integrantes del jurado, invocando una autoridad que no necesita justificar sus decisiones, reincidieron en los vicios más comunes de la suficiencia burocrática, del engreimiento político. En lugar de defender su decisión con razones y asumir la defensa de una obra de mérito, se empeñaron en descalificar a la crítica y encerrarse en la inapelabilidad de su decisión. Los críticos eran en realidad una masa peligrosa que atentaba contra las formas más elementales de la convivencia. Al levantar la voz discrepante, los críticos eran parte de una “campaña”. Nadie hablaba, pues, con voz propia, sino movido por los hilos de una conjura. En su desmesura, los defensores de Bryce describieron esa “campaña” como una operación de violencia inusitada que era inaceptable en una sociedad democrática. Se insistía por supuesto, que tal campaña era un “acto de fuerza” que introducía peligrosamente una “persecución moral en decisiones de tipo artístico”.

Para Jorge Volpi la crítica fue inquisitorial, un acto de puritanismo jacobino. Quienes han cuestionado el mensaje que envía la FIL, al premiar a Bryce Echenique, son autoritarios e intolerantes. No hablan: gritan. Sus argumentos son alaridos. Para Volpi no hay razones válidas que pudieran fundamentar la indignación, sólo envidia. Quienes se apresuran a afilar la guillotina lo hacen porque son unos mediocres que jamás han escrito una línea perdurable. Esa es la respuesta de un miembro del jurado a los escritores, los académicos que han hilado razones que se separan de las suyas: mediocres que serán siempre incapaces de apreciar, como nosotros el genio: alborotadores que se dedican al miserable deporte del linchamiento. El jurado podía defender con razones su decisión, podía desarrollar el elogio de una obra pero optó por insultar a los críticos. A la discrepancia la percibió como una amenaza bárbara y no como una legítima preocupación que es ética y es artística.

Las novelas de Bryce sobrevivirán el escándalo pero el daño que el jurado le ha hecho al premiado, al premio y a la Feria es inmenso. El diploma y el cheque ya fueron entregados al novelista a domicilio, en una ceremonia privada, de la que no hay siquiera una imagen. Un premio que se oculta como algo vergonzoso. En lugar de ser una fiesta, un desembolso subrepticio, una escondida transferencia financiera. Al premiarlo así, al defenderlo así, la FIL le ha otorgado un premio penoso a Alfredo Bryce Echenique: un insulto envuelto en una medalla. Un premio infamante.



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