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Leer a Jaime Sabines | Artículo de Vicente Quirarte

El autor de Poesía amorosa “les habla a los puntos cardinales de nuestra sensibilidad más próxima”, escribe Vicente Quirarte en este texto, en el que recuerda al poeta con motivo del centenario de su natalicio

  • Redacción AN / MDS
29 Mar, 2026 02:00
Leer a Jaime Sabines | Artículo de Vicente Quirarte
Foto: INBAL. Tratamiento: AN

Por Vicente Quirarte / Miembro de El Colegio Nacional*

Rendir un homenaje al poeta Jaime Sabines en sus 100 años de vida, es una obligación libre de cualquier duda. Lo que en todo caso es preciso aclarar es que la palabra homenaje es abominable, y el homenajeado, el primero en rechazarla. En descargo suyo, digamos que, aunque Jaime Sabines no se halla de cuerpo presente, por ese sutil y misterioso mecanismo de transmigración de las almas que logran los poetas y los santos, está en nosotros, con nosotros.

En otras palabras, vamos a hablar ahora del poeta Sabines que habita en cada uno de nosotros, porque Sabines pertenece a esa privilegiada y escasa categoría de poetas que carecen de primera persona y forman parte de nosotros. De tal manera, este homenaje no es para el poeta chiapaneco, y sí para nosotros, sus lectores. Entonces, ardan estas palabras no para el poeta y sí para su cómplice, ese animal amargo que lo encuentra y lo acecha y lo devora.

El lector de Sabines nace, no se hace: sus lugares de crianza son rincones de la ciudad antigua: cafés donde anidan los más tristes; cantinas bastiones del valiente de quien nadie escribirá una biografía. Mira llegar a ese lector cautivo, nimbado por el ángel oscuro, con un libro de versos bajo el brazo, el viejo y siempre nuevo Recuento de poemas donde todo parece subrayado, porque nada le sobra a la marimba que en los huesos nos toca la Tarumba, la forma más exacta de decir Zandunga, esa palabra oscura que azuza la listeza y nos lava la sangre. Acaso en un muchacho así, anónimo y perdido, pero salvado y redimido por los versos de Sabines, pensar Eduardo Lizalde al dedicar al chiapaneco aquellos versos cantineros que lo definen tan bien:

Alguna culta gente imagina

que no hace falta verdadero valor

para sentarse a solas

en una cantina umbrosa de San Ángel

o bien, Jaime, de Tuxtla

-en el viejo San Ángel,

que ocupa siete cuadras cuando mucho—,

para beber enteras

dos botellas de ron de la peor marca.

El lector de Sabines nace joven, y amargo y poderoso. Sus huesos y su carne son de vidrio: puedes mirar su corazón en llamas. Se le queman las sábanas, escribe con un 8 el vuelo de los pájaros, y en el sexo amado traza la V de una victoria de que él solo rinde testimonio. El lector de Sabines debe ser ingenuo, porque Sabines les habla a los puntos cardinales de nuestra sensibilidad más próxima. Cuando su pluma toca, cuando arranca su garra, es sal en la llaga “herida de los ojos / abierta al alcohol del sol”. Tía Chofi, Tarumba, el mayor Sabines, Doña Luz, son testimonios nuestros del desastre de cada día que es vivir sabiéndonos futuro de la muerte.

Sabines abre la llave, pero no nos enseña cómo ha de cerrarse. Hay que escuchar atentos su voz grabada en el disco Voz Viva para sentir la carne del poeta; para asir la voz —grave, profunda— que más que de poeta, es de sacerdote. Sacerdote del verbo, creyente en la primera persona oculta en el hipócrita nosotros. El yo de Sabines es adánico, y nombra todas las cosas en presente. Leemos, escuchamos, cogemos a Sabines, y hay en nosotros la certeza de haberlo oído antes, de haberlo olido antes.

Como el poeta bíblico, ataca las realidades más próximas, la sabiduría nacida de la carne que combate, en guerra inútil, a la muerte. Sus amorosos no están enamorados sino son el amor mismo. Y si la gran poesía, desde la Biblia hasta Walt Whitman, está poblada de lugares comunes, Sabines pasa esos lugares comunes por el tamiz del poeta que escribe como siente, porque el sentir es anterior al decir; más exactamente, porque la autenticidad del sentir supera los accidentes verbales en que ese sentir se traduce. Que son imperfectos, cojos, topes, los sonetos incluidos en Algo sobre la muerte del mayor Sabines, acaso es cierto. ¿Pero qué importa la mutilación de la Venus de Milo si en esos senos y ese vientre está la gloria de Grecia, que es la gloria del mundo? Parecería, entonces, que Sabines es un poeta fácil. Lo cierto es que es un poeta, y parece fácil aunque no lo sea, dirán los compositores cerebrales.

Como todo chiapaneco que se respete, Sabines es un poeta. Basta escucharlo leer sus poemas para percibir su amor a la cadencia, al verbo paladeado, a la emoción que, a punto de traicionarlo, se transforma en ironía. El poeta es un seductor, en tanto que su trabajo, ya no con el texto sino con los probables lectores, consiste en hacerlos parte de su mundo, obligarnos a mirar con ojos de poeta. Hay poesías que nos seducen por la belleza o la originalidad. La seducción de Sabines es permanente porque en su poesía nos muestra el matraz donde funde lágrimas nuestras, soledades de aquel, amores de aquella otra. Sabines es un poeta peligroso.

Lautréamont tuvo al menos la gentileza de prevenirnos contra el filo traicionero de sus Cantos. Sabines es poeta para heridos, esos que llevan, bólidos de fuego, como larga cauda la furia del mariachi. Y si una virtud mayor hay que asignarle a Sabines es la de haber maleducado a la señorita casta y reprimida de nuestra poesía. Con frecuencia se dice que la retórica de Sabines no sobrevivirá, como no ha sobrevivido la poética de Amado Nervo, otro poeta popular. Cierta vena de Lizalde, el Rubén Bonifaz Ñuño de Los demonios y los días o Fuego de pobres, y absolutamente toda mi generación, no podrían decir ciertas cosas si Sabines no hubiera descubierto —o vuelto a descubrir— que lo más próximo a la carne es lo único que merece la pena de ser dicho.

Otro gran explorador de la conciencia humana, William Faulkner, así lo dijo en su brevísimo y sabio discurso de recepción del premio Nobel: “El joven escritor o escritora de nuestro tiempo ha olvidado que los problemas del corazón humano en conflicto con sí mismo, es lo único que conduce a la buena escritura, porque sólo de eso vale la pena escribir, sólo eso justifica el sudor y la agonía”. Y esas palabras las pronunciaba Faulkner en 1950 en Estocolmo, mientras en una tienda de telas en Tuxtla Gutiérrez, propiedad de la familia de ascendencia libanesa, el joven Jaime Sabines acariciaba la tinta sobre su libro Horal, publicado cuando tenía veinticuatro años, y era ese joven escritor al que se refería Faulkner. 

Ya masticar a Sabines resulta casi imposible no evocar los nombres de Miguel Hernández y César Vallejo. Con ellos, Sabines es una especie de violinista nato a quien le ponen en frente el pentagrama. Es preciso seguirlo, porque de esa cárcel de líneas depende la buena marcha del conjunto. Pero lo que es preciso no es, en todos los casos, esencial. Los sonetos de Miguel Hernández, como la poesía de Sabines, se hacen solos, como solos se hicieron los Poemas humanos de Vallejo, escritos en unos cuantos meses como puede comprobarse en los originales mecanográficos del poeta y como hace constar su esposa Georgette.

Nunca he tenido la oportunidad de ver un original de Sabines, pero tengo la seguridad de que en ellos no debe haber correcciones, pues la voz ha fluido en ellos de forma paralela al pensamiento: golpeteo incesante y rápido del boxeador de barrio, fajador que en la violencia de los primeros rounds aniquila los pudores de la técnica, del impecable verso que sirve para dibujar un hermoso jab que sólo acaricia el aire, en lugar del certero gancho al hígado que derriba —contundente y total— al adversario. La “pinche piedra” que el poeta ideal para Sabines encuentra en su andar interrumpido equivale a aquella declaración de principios de Roberto Arlt, decadente y romántica y certera: “Creamos nuestra literatura no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula”.

En la imagen, Vicente Quirarte. Foto: El Colegio Nacional

El lector de Sabines, cuando aplaude, aplaude por el Hombre y por sus muertos. Todos tenemos un mayor Sabines, a todos nos mutilan el linaje, y se extingue la Luz que nos dio vida y continúa brillando: amanece dentro del corazón, calladamente. Al lector de Sabines, a su escucha, se le enrojecen las manos sin que se dé cuenta y continúa aplaudiendo hasta que el teatro, el foro o la plazuela es un incendio inextinguible. Sin saberlo del todo, el lector de Sabines aplaude para sí, como en la pelea de box o en los palenques. Por eso, al lector de Sabines lo tiene sin cuidado la labor de los críticos, lectores, de vez en cuando, respetables. Como los amorosos, el lector de Sabines no debe comprender: su misión verdadera es coger el agua, tatuar el humo, irse.

El lector de Sabines quiere verlo.  Loas busca en su antigua tienda de telas, donde, grave y sentencioso, entre cita y cita de la Biblia —refiere nuestro Laco— despacha tres metros de cabeza de indio. Lo busca en las fotografías de Daisy Ascher, donde Sabines fuma con el placer del tango, con el placer del hombre cuyos rituales amargos lo hacen vivo y mortal y defectuoso. Lo busca en los diccionarios y los manuales de Literatura, en las listas de diputados, en el disco de la UNAM donde pocas veces la voz ha estado más viva. Pero el lector de Sabines vuelve, finalmente, al conocimiento anónimo del libro, a los versos donde él se reconoce. Porque Uno es el Hombre y la poesía, el relámpago fugaz que nos quema al alma en forma permanente, como ese joven lector de Jaime Sabines que abandona la cantina, el café o el desastre amoroso, armado para el combate más duradero de la vida.

 

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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.