Islandia: una larga madrugada (Reseña)
En su nueva novela, el español Manuel Vilas hace un recorrido personal hacia la zona de confusión y desamparo que atravesó tras su separación.
- Redacción AN / HG

Por Marco A. Cervantes
Una noche, tras once años de matrimonio, Manuel Vilas recibió un mensaje por teléfono que le cambió la vida: “Ya no estoy enamorada de ti”. Desde entonces, nada volvió a ser igual. Comenzó, para él, una larga madrugada.
A partir de ese momento, como escribe el autor: “Estallan los pensamientos, surge el miedo visceral, no hay norte, te quedas quieto, aterrado, enmudeces, te caes dentro de ti mismo, una y otra vez, el alma está llena de cortes sanguinolentos, te duele la cabeza, respiras mal, y sin embargo sigues vivo”.
Entre la memoria y la perplejidad
Manuel Vilas, escritor español (Huesca, 1962), ha confesado que su vida le ha servido como materia prima de sus libros: la experiencia propia convertida en escenario narrativo. En su obra, lo vivido no aparece como una pincelada superficial o una mención secundaria, sino como el cimiento de la forma y del fondo; un protagonista ineludible.
Islandia (Destino, 2026) es el recorrido personal hacia esa zona de confusión y desamparo que atravesó el autor en esos días. No sigue una cronología ni tampoco una trama de invención: es, más bien, una serie de escenas, una tras otra, de desdicha, nostalgia y coraje. El autor se guarda poco: en el libro aparecen las señales previas a la ruptura, los reproches mutuos, los conflictos familiares, la neurosis en su cuarto. La basura acumulada en la cocina.
Vilas estuvo casado 11 años con Ana Merino, también escritora española. En algún momento de felicidad conyugal, el narrador y su esposa decidieron comprar boletos para un viaje costoso: un crucero por el Atlántico rumbo a Islandia. Horas después de concretar la compra, él recibe ese mensaje. De un momento a otro todo se quiebra. No hay forma de recomponer tantos fragmentos de expectativas.
En Islandia, el autor no rehúye mostrar la herida. La ruptura no es solo un acontecimiento, sino el impulso que pone en marcha la narración. Como Vilas ha sugerido, la experiencia se vuelve relato en el instante en que la conciencia la reorganiza. Vilas: “Lo único que puedo hacer es escribir este libro. Porque si no escribo este libro, entonces, ¿qué hago yo en la vida si lo he perdido todo, si la he perdido a ella?”.
La escritura no recompone lo perdido, pero le da forma. Y en ese gesto, entre la memoria y la perplejidad, el dolor encuentra un lenguaje; pero, no habrá, nunca más, nuevos países por conocer juntos.






