Mudanza al artefacto sonoro, un texto de Marina Azahua
La escritora mexicana reseña el proceso de adaptación de su novela ‘Archivo agonía’, al formato de audiolibro.
- Redacción AN / HG

Por Marina Azahua
Todo libro se hace en colectividad, incluso si se firma con el nombre de su autora. Eso lo he sabido siempre. Pero si algo aprendí durante el proceso de la adaptación de Archivo agonía a audiolibro es que al trasladar una novela de un medio a otro, la cantidad de personas involucradas se multiplican. La fuerza creativa y los agradecimientos, también.
En esta novela fotográfica que se escucha y no se lee, fue necesario enfrentarse a todo tipo de procesos de traducción: transformar imágenes en narración, preguntarse qué voz podría llegar a tener un objeto inanimado, qué tipo de instrumento representa adecuadamente la tensión de una ejecución, qué sonidos acompañan a la agonía de una mujer que muere cayendo o una niña que agoniza atrapada en el lodo tras la erupción de un volcán. En parte, el libro ya hacía algo de eso, al traducir fotografía en dibujo, dibujo a fotocopia, fotocopia a carpeta, carpetas a archivo.
Archivo agonía es una novela donde no sólo hay texto. Es como una cajita llena de imágenes, porque el libro cuenta la historia de Edith Vogelstein, una mujer que dedicó su vida a coleccionar fotografías de personas agonizando. Desde su minúscula cocina, ella pasó años editando estas escenas de muerte, interviniéndolas, cuidándolas y categorizándolas, mientras su pareja R. la observaba. Las imágenes resultantes de aquel archivo de agonías, que Edith llamaba “canarios”, son una presencia silenciosa y brutalmente visual en el libro en papel. El reto máximo de adaptar esas imágenes mudas a formato de audio, fue magníficamente salvado gracias al genio del equipo de Everand y del estudio Pedro y el Lobo.
Las voces de Rafael Pacheco —quien se convierte en la voz catalogadora del archivo— y de la gran Elvira Liceaga —quien encarna la voz de los canarios— se trenzaron para mutar la estructura de una novela epistolar hasta transformarla en una experiencia de escucha única. Santiago Parra no sólo me enseñó a mí a leer en voz alta, sino que llevó a cabo la grabación, la mezcla y fue un guía espectacular como productor musical, trabajando de la mano del compositor Fernando Esteban. Por medio de la complicidad entre Santiago y Fernando, se construyó una segunda vida para el libro, dándole voz a los canarios que el archivo había silenciado. Así, permitieron que el cello acompañara a un monje en llamas, un sintetizador evocara a la silla eléctrica, el piano calcara el movimiento de cuerpos a la orilla de acantilados, y dejaron que la guitarra consolara a una niña que muere en televisión. Ana Meixueiro desde la trompeta, Mitzy Dávalos con la tuba y Rosendo Casasola en el trombón —todos ellos parte de la Mixanteña de Santa Cecilia— se reunieron para tejer la sonoridad y las tensiones propias de un fusilamiento durante la Revolución Mexicana.
Este libro, que se oye y no se lee, además hubiera sido imposible que existiera sin el entusiasmo creativo y el acompañamiento de Javier Aceves Baxter, Renata Riebeling, Cami Gandelman, Diego Morales, Estefanía Rosas Pliego y el resto del equipo que contribuyó a su existencia. Rafael Miranda fue el editor de las voces y Iyali García hizo el QC. El trabajo conjunto de Pedro y el Lobo y Everand ha hecho posible la mutación de un libro escrito a un paisaje narrativo plenamente sonoro. Ojalá que las imágenes que con tanto cuidado y obsesión reunió, cuidó y archivó Edith Vogelstein, ahora habiten en la imaginación de las personas que las van a descubrir a través de la escucha.






