Educación, técnica y libertad | Texto por Mario Luis Fuentes 
La aparición y masificación de tecnologías disruptivas de inteligencia artificial como ChatGPT, DeepSeek o Copilot constituyen una transformación civilizatoria que obliga a replantear los fundamentos mismos de la educación.
- Mario Luis Fuentes

Por Mario Luis Fuentes.
México atraviesa la tercera década del siglo XXI cargando las tensiones de una sociedad que ha transformado radicalmente la naturaleza del saber, del trabajo y de la convivencia humana. La denominada “sociedad del conocimiento” se despliega hoy en un nuevo umbral: la sociedad algorítmica, en la cual la ciencia y la tecnología ya no funcionan como simples mediaciones instrumentales, sino como ambientes, atmósferas y condiciones de posibilidad de la existencia social. La aparición y masificación de tecnologías disruptivas de inteligencia artificial como ChatGPT, DeepSeek o Copilot constituyen una transformación civilizatoria que obliga a replantear los fundamentos mismos de la educación.
En este contexto, México se enfrenta a una encrucijada decisiva. El país necesita impulsar un sistema educativo capaz de formar ciudadanos y ciudadanas que no solo dominen tecnologías avanzadas, sino que sean capaces de comprender críticamente su sentido, su ambivalencia y sus riesgos. Aquí se abre un desafío filosófico que recuerda la advertencia de Sloterdijk: una sociedad que no cultiva sus capacidades de autoinmunidad cultural -es decir, su capacidad de filtrar, digerir y metabolizar críticamente sus propias invenciones técnicas- corre el riesgo de quedar sometida a sus fuerzas más impersonales.
La inteligencia artificial, en sus diversas versiones, ya no es un mero instrumento que ejecuta órdenes; es un nuevo actor del ecosistema educativo y productivo. Su capacidad para generar textos, resolver problemas complejos, automatizar procesos y simular razonamientos desafía las bases tradicionales de la enseñanza. Sin embargo, frente al entusiasmo tecnófilo o el miedo ante los riesgos que representan estas tecnologías, es imprescindible recordar que la educación es, ante todo, una forma de relación humana. La pedagogía sigue siendo un encuentro entre subjetividades, un fenómeno que combina transmisión cultural, acompañamiento emocional y formación moral. Ningún algoritmo, por muy sofisticado que sea, puede sustituir la calidez afectiva, la mirada, la escucha o el gesto que constituye el acto educativo en su dimensión más profunda.
La infancia y la adolescencia requieren un espacio de reconocimiento humano que ninguna interfaz podrá reproducir con fidelidad. México, con sus enormes desigualdades socioeconómicas, enfrenta el riesgo adicional de que la digitalización extrema produzca una escuela de dos velocidades: una para quienes tienen acceso a tecnologías de punta y otra para quienes serán, de nuevo, relegados a los márgenes. En ese escenario, la pedagogía no solo debe salvar la centralidad del contacto humano, sino evitar que la técnica se convierta en un nuevo mecanismo de exclusión y reproducción de la desigualdad.
Pero hay algo aún más urgente. La proliferación de herramientas de inteligencia artificial podría profundizar una tendencia que Herbert Marcuse denunció con lucidez en El hombre unidimensional: la conversión del individuo en un sujeto funcional, integrado y adaptado a un orden productivo que exige eficiencia, rendimiento y obediencia más que pensamiento crítico. La IA puede convertirse en el dispositivo perfecto para radicalizar esta unidimensionalidad: al automatizar tareas, predecir conductas, optimizar procesos y elevar la productividad, corre el riesgo de reducir a las personas a componentes reemplazables de un engranaje cada vez más acelerado.
Pero esta no es, no debe ser, una defensa de un mundo “pretecnológico”. No se trata de un retorno a una especie de “neoludismo” ni de un rechazo per se a las máquinas. El problema no es la tecnología, sino el uso social y político que se hace de ella. La historia demuestra que cada revolución técnica puede liberar fuerzas de emancipación o cadenas de explotación. La inteligencia artificial no es una excepción. En su versión más optimista, puede potenciar las capacidades intelectuales, creativas y espirituales de las personas; en su versión más sombría, puede justificar nuevas formas de subordinación, vigilancia y despojo.
México debe evitar ambos extremos: la fascinación acrítica y el rechazo irracional. La tarea educativa central consiste en formar sujetos capaces de situar la tecnología en sus justos límites y alcances, de modo que no se convierta en una autoridad invisible que dicte los ritmos de la vida. Ante una realidad en que el teletrabajo, la automatización y la hiperproductividad amenazan con desplazar a millones de trabajadores y trabajadoras, la educación debe funcionar como un antídoto contra la deshumanización. El país requiere programas formativos que integren la IA sin subordinar la formación humana a la lógica del mercado; que fortalezcan el pensamiento crítico, la creatividad, la argumentación y la sensibilidad ética.
El verdadero desafío no es enseñar a usar la inteligencia artificial, sino enseñar a pensar con ella sin dejar de pensar contra ella cuando sea necesario, es decir, cuando se pretenda, desde el poder, utilizarla para socavar libertades o profundizar desigualdades y condiciones de explotación. Se trata de construir una educación que, lejos de esclavizar, libere; que no convierta al sujeto en un apéndice del algoritmo, sino en un agente capaz de orientar el rumbo de la técnica hacia fines humanos.
Alain Finkielkraut ha insistido en la necesidad de preservar la cultura como un espacio de resistencia ante el ruido y la aceleración del presente. En una línea semejante, México debe preservar y cultivar el sentido humanista de la educación frente a la tendencia global a reducirla a capacitación funcional. La escuela, el aula, la figura del maestro y la maestra siguen siendo lugares insustituibles donde la humanidad se transmite a sí misma su herencia simbólica. Sin esta mediación, ninguna sociedad del conocimiento es posible.
Si la inteligencia artificial representa una revolución, la educación mexicana debe convertirse en su contrapeso crítico. De esta manera, se incrementa la posibilidad de evitar que la automatización se convierta en una nueva forma de servidumbre y, en cambio, impulsar un futuro en el que la técnica contribuya a la libertad y al florecimiento de las capacidades humanas. En este punto se juega tanto la pertinencia del sistema educativo, como el porvenir mismo de la democracia y de la vida digna en México.
Investigador del PUED-UNAM

