El Maratón de la CDMX o el reto de superarte a ti mismo (Video)
Correr 42 kilómetros 195 metros por las principales avenidas de la urbe capitalina pone al límite cuerpo y mente, pero la recompensa es imperecedera.
(Foto: Twitter @ManceraMiguelMX)

Por Víctor Olivares/@victorleaks

Recorrer las principales calles de la Ciudad de México sin auto es un sueño que se vuelve posible una vez al año si uno está decidido a correr el Maratón Internacional de la Ciudad de México.

La experiencia vale la pena pese al extenuante esfuerzo que se realiza en una prueba de estas características (42 kilómetros y 195 metros) con el ingrediente extra que ofrece la capital del país: altura y contaminación. Lo demás pasa por el cuerpo, y sobre todo, por la cabeza del corredor. No es una prueba para mentes frágiles.

El maratón no comienza el día de la carrera, sino al menos medio año atrás, cuando se decide comenzar un entrenamiento intensivo cuyo contrato incluye estrictas cláusulas: no desvelos, dietas inquebrantables y mucho esfuerzo físico.

Todo esto va moldeando el pensamiento de quien ha decidido tomar una de las decisiones más voluntariosas que se pueden tomar en la vida: correr un maratón sin más objetivo que cruzar una meta y recibir una medalla mientras las rodillas crujen y el cuerpo busca espacios para olvidarse del dolor que lo invade.

Esto, y las motivaciones personales, que terminan siendo las razones más fuertes y las que hacen posible terminar una carrera como ésta.

Ha llegado el día de la carrera. Levantarse a las cinco de la mañana es la primera prueba y la más sencilla. Lo complejo ha sido conciliar el sueño. Una mezcla de adrenalina y nervios se convierten en el primer reto para intentar descansar lo mejor posible, pero esto se vuelve complicado para los que esa mañana correremos nuestro primer maratón.

Poco sueño que en la incipiente mañana capitalina no se reciente ante la expectativa de la prueba por venir. Así, un plátano, una barra de granola y algún hidratante ligero para evitar inconvenientes en el camino.

Al salir a la calle, como si se tratara de una conspiración, los corredores comienzan a poblar las avenidas aledañas al Centro Histórico caminando en la misma dirección. Uno de esos rituales involuntarios que hablan de una causa en común.

Al llegar a los “corrales”, los espacios se vuelven cada vez más reducidos y el espacio para realizar las últimas maniobras de calentamiento se nulifican. A las siete de la mañana comienzan a salir los bloques: los corredores élite son los primeros, esas inalcanzables gacelas que terminarán la carrera cuando el corredor promedio esté en el trance de la mitad de su batalla.

Uno se olvida de ellos hasta que en algún punto de la carrera los ve cruzar del otro lado de la avenida con zancadas imposibles hacia la meta. Son de otro planeta, o al menos así nos parecen. Sin embargo, su estela nos motiva a alzar las piernas.

A las siete treinta es el turno de mi bloque, el rojo, que tenemos como objetivo terminar la carrera en menos de cuatro horas. Es decir, mantener un ritmo promedio de 10.5 km/h durante 240 minutos en los que aún no se sabe qué pasará.

El primer contacto visual al cruzar el arco de salida es la gigante bandera mexicana con el fondo de la Catedral Metropolitana en el Zócalo, y algunas decenas de personas que se han tomado el tiempo de llegar hasta ahí para lanzar las primeras porras.

El camino será largo, pero el Zócalo hace de los primeros metros un paseo turístico que se alarga hasta los primeros tres kilómetros en los que los que vamos aflojando las piernas mientras cruzamos Bellas Artes y la Alameda hasta llegar a Reforma.

De ahí, hacia la derecha, el paisaje cambia bruscamente: indigentes, basura y baches se vuelven la constante del paisaje sobre Reforma hacia Tlatelolco (en el Caballito termina la avenida cosmopolita y hacia el norte la realidad se transforma en algo menos agradable).

La Lagunilla aún duerme y unos metros antes de los míticos edificios que aún siguen en pie tras el terremoto de 1985 damos vuelta en u, como si se quisiera evitar el trágico recuerdo.

Llevamos poco más de siete kilómetros y volvemos a cambiar el chip visual. La principal avenida del país se comienza a forestar nuevamente y modernos edificios flanquean la ruta, que en el horizonte muestra la columna del Ángel de la Independencia que se contrae ante los tres rascacielos más modernos del país a sus espaldas.

El trayecto en Reforma marca el primer objetivo: diez kilómetros en menos de una hora. Polanco, un barrio lleno de autos que vuelve tortuosa la circulación por la zona cualquier día de la semana, nos llevará por sus calles llenas de embajadas y tiendas de diseñador durante otros diez kilómetros.

Ahí, frente al museo Soumaya, un performance de mujeres y hombres en atuendos aztecas, familias y curiosos nos dan la bienvenida. La fase de “calentamiento” ha terminado. El maratón ha comenzado y aquellos que no estaban preparados comienzan a caminar, un par más, sobre Mazaryk, han caído acalambrados ante la mirada indiferente de personas solitarias que caminan por las amplias banquetas con un vaso de café.

Otros más buscan un espacio para orinar. El exceso de agua matutina les ha cobrado factura y habrán de perder ritmo y unos segundos que en algún momento resentirán. En un maratón, el cronómetro no perdona.

Entonces salimos por donde entramos: Mariano Escobedo nos escupe de vuelta a Reforma en su zona más arbolada. Los contingentes de corredores comienzan a alargarse y la carrera se vuelve cada vez menos tropezada.

El tiempo ha puesto a todos en su lugar y sobre el circuito Gandhi la carrera se vuelve más ágil, la superficie es plana y pronto estaremos entrando al bosque de Chapultepec, ese “Central Park” capitalino que por alguna extraña razón no goza de la reputación de su hermano menor neoyorquino, pese a ser más extenso y albergar mayor historia.

La mañana sigue siendo nublada y la temperatura de la ciudad en el ocaso del lluvioso verano se ha vuelto un aliado de los 40 mil corredores inscritos, divididos entre los que temíamos por una mañana lluviosa y aquellos que esperaban un insoportable sol ultravioleta durante los últimos kilómetros de la competencia. Ambos pronósticos descartados. Ahora sólo queda administrar el dolor que comienza a aparecer y que en unos kilómetros más comenzará a ser abundante.

Al salir de Chapultepec por la puerta frente al Museo de Antropología el estruendo de la gente nos toma por sorpresa grata. Cartulinas con mensajes motivacionales –algunos llenos de ingenio-, manitas de plástico que aplauden, chocolates, paletas, plátanos en rodajas, naranjas y bolsitas de agua o coca cola –ese refresco cómplice de un pueblo obeso- son los víveres con los que las personas que se han tomado el tiempo de apoyar a algún familiar, conocido o desconocido, buscan mantener los niveles de glucosa y potasio de los corredores en rangos aceptables, además de las bebidas isotónicas que ofrece la competencia cada 2.5 kilómetros de manera abundante y –hay que reconocerlo- organizada.

Volvemos a Reforma ahora en sentido contrario. La bajada de Chapultepec hacia la Estela de Luz hace que la indignación que genera el millonario monumento -que ha sido reducido por el mayor rascacielos de Latinoamérica a sus espaldas- sea menor, o al menos, tome menos tiempo reflexionarla.

El Ángel luce al fondo una mezcla de nubes cargadas de agua iluminadas por un sol anaranjado que resalta sus vetas doradas. En la intersección con Insurgentes, un hombre grita: “alza las piernas”. El mejor consejo técnico tras los 27 kilómetros recorridos. Lo demás son gritos de apoyo que obligan a quitarse los audífonos para recibirlos como mantras que la piel absorbe más rápido que cualquier bebida energizante.

En esos gritos de aliento se revela algo del espíritu solidario de una sociedad que busca, desesperada, razones para creer en si misma. Y quizá, sin saberlo, se las estamos dando sin mayor razón que el de recorrer cuarenta y dos mil 195 metros.. Para muchos, eso basta.

Tras recorrer Insurgentes hasta la Glorieta de la avenida Chapultepec, entramos a una de las zonas emblemáticas de la gentrificación en la Ciudad de México: La Condesa, un barrio lleno de bares, galerías, cafés y destellos de arte urbano que ha visto incrementar los precios de sus propiedades en hasta 400 por ciento en una década.

Los kilómetros hacia la meta se vuelven menos pero comienzan a tomar más tiempo. Los que caminan se empiezan a multiplicar y los que se han acalambrado de cuerpo y mente dejan una estela de duda en quienes nos hemos propuesto no parar hasta cruzar la meta en Ciudad Universitaria.

Al abandonar La Condesa, Insurgentes hace en 40 metros una sinopsis de lo que será el resto de la carrera. Una pendiente pronunciada desde la avenida Nuevo León hasta cruzar Viaducto, y una bajada breve, será la constante durante los últimos 10 kilómetros: el tramo desde la Sala de Arte Pública Siqueiros (aplastado en el mapa urbano por el World Trade Center, en una reveladora analogía urbana entre arte y comercio) hasta un kilómetro antes de la meta en el Estadio Olímpico Universitario es cuesta arriba.

En ese tramo, hombres y mujeres desplomados, algunos corredores y paramédicos en sentido contrario a la marea roja que ha tomado el sentido en dirección al sur correrán para atender a alguien que ha desfallecido, algunos más, caminarán con algo de frustración en el rostro y otros tomaremos un ritmo casi de marcha, mientras dejamos que otros nos rebasen y de alguna manera nos empujen a no parar. También en esa recta que parece interminable, nos encontraremos con las muestras más leales de apoyo y que harán que la mente se desconecte del dolor por unos segundos.

Así transcurre el “muro” en Insurgentes, ese tramo del maratón en que el cuerpo se resiste a seguir y donde la mente juega ya el papel fundamental. Bajo un estruendo de niños, mujeres y hombres gritando, corriendo hacia uno para poder alcanzar un refrigerio, chocando las palmas de las manos y con miradas de admiración, uno habrá de decidir si lo “brinca” o se queda a metros de la meta. Como si se tratara de cruzar una frontera o no, de cumplir un “sueño” o quedarse con las ganas.

Kilómetro 39. Uno entiende que solo quedan tres kilómetros y unos cuantos metros más, y no es sino esta certeza lo que llena de incertidumbre y ansiedad. Entonces el cuerpo se adormece y un extraño cosquilleo comienza a recorrer los brazos.

Es hora de concentrarse en la respiración y evitar pensamientos que puedan llevar a la lona a metros de la meta. La aglomeración de personas es mayor y el mensaje tatuado en los ojos de cada uno es el mismo: ya llegaste.

En el kilómetro 41 otra cosa invade, una inexplicable reserva de adrenalina se libera y vuelve a ser posible flexionar las rodillas y acelerar el paso, todo el dolor desaparece e incluso el ritmo mejora considerablemente.

Bajamos el túnel que llevará hacia la pista de tartán del estadio, que nos recibe con aplausos de la gente que ha ido a ser testigo de ese derroche físico. La meta está a metros y uno siente que ha trascendido algo que en ese momento no comprende. Más tarde, cuando te cuelgan la medalla de finalista, sabes que se trata de ti mismo.

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