El siguiente paso de la IA: interpretar nuestras emociones
Un sistema de inteligencia artificial desarrollado en Canadá es capaz de detectar el estado emocional de una persona mediante biosensores y ofrecer recomendaciones personalizadas.
- Redacción AN / MDS

Por Julio García G. / Periodista de Ciencia
Las preocupaciones en torno al uso de la inteligencia artificial en ámbitos delicados, como el diagnóstico médico, se han intensificado en los últimos años debido al creciente desarrollo de algoritmos cada vez más sofisticados. Sin embargo, que estos sistemas sean más capaces o poderosos no significa necesariamente que sean siempre más preciosos, confiables o adecuados para sustituir el criterio clínico humano.
Así, actualmente podemos, a través de los síntomas que nos aquejan, preguntarle a la IA si estos corresponden o no con alguna enfermedad en particular.
Ahora bien, ¿qué sucedería si una inteligencia artificial que, por ejemplo, funcione desde un reloj inteligente, y que en tiempo real tome información a partir de nuestros latidos cardiacos, nos dijera que estamos deprimidos o ansiosos o que pueda determinar nuestro estado emocional?
Aunque esto pareciera una utopía o una escena de ciencia ficción, en realidad ya está sucediendo. Y es que, investigadores de la Universidad de Ottawa (Canadá), dieron a conocer en febrero de este 2026 que han desarrollado un sistema basado en IA el cual podría transformar la manera en que las personas acceden al apoyo de su salud mental fuera de los entornos clínicos.
El prototipo, denominado UbiMyTherapist (“Sé mi terapeuta”), funciona como un sistema digital terapéutico el cual supervisa de manera continua el estado emocional del usuario y proporciona recomendaciones personalizadas que, según sus autores, lo hace con fundamento clínico.
El sistema puede ejecutarse en dispositivos de uso cotidiano como relojes inteligentes, teléfonos celulares y auriculares.
La investigación fue encabezada por el doctor Karim Alghoul, profesor asociado de la Escuela de Ingeniería Técnica e Informática de la Universidad de Ottawa, en colaboración con estudiantes de psicología.
Lo que realmente distingue a UbiMyTherapist de los asistentes de inteligencia artificial convencionales es su capacidad para actuar de forma proactiva, es decir, en lugar de esperar a que la persona describa cómo se siente, el sistema es capaz de detectar señales emocionales en tiempo real mediante indicadores fisiológicos (como puede ser el ritmo cardiaco), el tono de voz y el análisis del texto escrito, todo ello para ofrecer una respuesta.
Para lograrlo, el sistema construye y analiza de forma continua lo que los investigadores han denominado un perfil dinámico de la persona. Este perfil está compuesto por su historial médico, además de una base de datos que integra conocimientos en psicología clínica e información sobre su estado emocional en tiempo real.
Gracias a esta combinación de factores, la IA puede adaptar sus respuestas no solamente a lo que dice una persona, sino también a quién es y cómo se encuentra emocionalmente en ese momento.
En otras palabras, toda esta información se integra a través del historial médico; una base de conocimientos sustentada en literatura científica sobre psicología clínica; y datos emocionales obtenidos mediante biosensores que analizan la voz y el texto.
De hecho, el sistema ya ha sido probado con voluntarios y psicoterapeutas acreditados, quienes analizaron la calidad terapéutica de las respuestas.
Según el estudio, UbiMyTherapist obtuvo mejores resultados que aquellos modelos de lenguaje -como pueden ser Chat GPT o Google Gemini– en cuestiones tales como empatía y personalización de las respuestas.
Además, la clave de esta inteligencia artificial se encuentra en que todo es medido y calculado en tiempo real, lo cual permitirá –en modelos más desarrollados– mejorar la interacción entre esta y el usuario.
De acuerdo con los autores, muchas personas enfrentan dificultades para acceder a servicios de salud mental debido a cuestiones tales como el costo, el estigma o, en algunos países, por la falta de disponibilidad de especialistas.
Por lo tanto, consideran que esta nueva clase de inteligencia artificial podría ampliar el acceso al apoyo psicológico. Y son muy enfáticos en el hecho de señalar que estas tecnologías no deberán sustituir a los terapeutas, sino que más bien deben servir para complementar la labor de estos últimos en el consultorio.
Un asunto de regulación
Evidentemente, que la información personal de alguien sea almacenada en uno o varios dispositivos electrónicos que tienen acceso casi permanente a internet (algo que evidentemente ya sucede), abre un debate ético en torno a la utilización de estas nuevas tecnologías, las cuales, sin duda, ponen en riesgo la privacidad por mucho que se sostenga que la información se encuentra completamente protegida.
Si por los servidores de las grandes tecnológicas, de algunos monopolios, circula esta información ¿con qué garantías cuenta una persona para que no sea espiada por estos monopolios o por el propio gobierno en el caso de que este último requiera o solicite información sobre alguien en particular? O, por ejemplo, ¿qué sucedería si las empresas dejan de contratar a alguien solamente por su perfil psicológico y clínico? ¿No se estaría cayendo en una espiral sin salida donde la gente sea estigmatizada por alguna enfermedad mental que no siempre pone en peligro a los demás?
Evidentemente no debemos estigmatizar los avances tecnológicos porque estos, no cabe la menor duda, han cambiado y mejorado muchos aspectos de nuestra existencia. Pero tampoco podemos dejar de lado el factor de la regulación y la puesta en marcha de un marco legal que sirva de referencia para que, como sociedad, no caigamos en prácticas abusivas.
Al respecto, en reiteradas ocasiones el filósofo esloveno Slavoj Žižek ha advertido que los gigantes tecnológicos han acumulado un nivel de poder que antes era propio de los Estados porque no solamente controlan mercados, sino también la enorme cantidad de información personal que pasa por sus sistemas.
Para él, este poder puede limitar la autonomía democrática, ya que unas pocas corporaciones privadas adquieren capacidad para influir en la opinión pública y en la vida cotidiana, mermando la democracia.
Urge, pues, un marco capaz de proteger los derechos de los individuos ante la vorágine de información a la que estamos expuestos porque quizá, si no regulamos, podríamos caer en lo que el escritor George Orwell denominó en su momento en la novela 1984 como “El gran hermano”, donde éste es representado por un líder cuya imagen aparece en todas partes con la frase: “El Gran Hermano te vigila”, un símbolo de poder absoluto que en la época de Orwell estaba representado por el Estado pero que actualmente podría muy bien recaer en las empresas que controlan la tecnología. Los actores cambian, pero la esencia del problema sigue ahí



