‘Necesitamos reeducarnos a partir de valores éticos’: Alberto Manguel
El autor de ‘Una historia natural de la curiosidad’ advierte que el entretenimiento es parte de la literatura.
(Redacción AN).

Por Héctor González

La vida de Alberto Manguel no se puede entender sin los libros. Más allá de etiquetas, no cree en ellas, el intelectual argentino-canadiense reconoce haber encontrado “arraigo y consuelo” en la lectura.

Para cada problema o dilema contemporáneo responde con un ejemplo literario. Un trotamundos más por obligación que por convicción, comenta que tras su paso por la dirección de la Biblioteca Nacional de Argentina se regresa a vivir a Nueva York. “Ya después veré que hago”, concluye el autor de títulos como Historia natural de la curiosidad, Una historia de la lectura y Breve guía de lugares imaginarios.

¿Cómo fue su experiencia en la Biblioteca Nacional de Argentina?

Ha sido la experiencia más fascinante e interesante de mi vida. Dirigir una biblioteca nacional después de haber escrito tanto sobre libros, lectura y bibliotecas, fue como entrar a la cocina después de haber escrito recetas. Son sitios que simbolizan la memoria de la sociedad que la contiene; atesoran lo que esa sociedad ha experimentado, pero a la vez sirve como control de las historias que cuenta un país: las verdades y también las mentiras. Manejar esto, idear programas y formas de conseguir presupuesto, fue fascinante para mí. Descubrí a mucha gente talentosísima. Pero tuve que dejarla por cuestiones de salud.

En Argentina es un espacio con enorme tradición.

Sí, pero ha sufrido mucho saqueo a causa de las políticas argentinas. No se le ha manejado adecuadamente. Durante el kichtnerismo se transformó en instrumento de propaganda política. Y ahora con un gobierno que no cree en la cultura, apenas tiene presupuesto para sobrevivir. La permanencia de la biblioteca es un testimonio de la tenacidad de la cultura y de sus trabajadores.

La falta de recursos es un problema más o menos general. Parece ser que el incendio en el Museo Nacional de Brasil tuvo como uno de sus orígenes la falta de mantenimiento. ¿El descuido de las instituciones culturales en Latinoamérica es una constante?

No necesariamente. Colombia tiene la mejor red de bibliotecas de América Latina. Me parece admirable el trabajo realizado por Consuelo Gaytán, la directora. Con poco presupuesto y un equipo muy reducido ha extendido una red de bibliotecas en las zonas de más violencia y han cambiado la geografía social de esos lugares.

¿Cómo se consigue que programas culturales en zonas de alto riesgo funcionen?

Las políticas culturales no son eficaces a menos que el gobierno crea en la cultura. Mostrar a jugadores de futbol leyendo no sirve para nada, como tampoco sirve dar computadores o libros. Lo que se necesita cambiar desde el gobierno mismo es el valor de la cultura. Volver a poner la biblioteca en el centro de la comunidad. El director de una biblioteca tiene que ser consciente de la importancia de representar las identidades múltiples de la sociedad. En Argentina, dentro de mi administración creamos un centro para la cultura de los pueblos aborígenes que no había existido nunca, la nueva directora lo eliminó por falta de presupuesto; creamos un centro de lectura infantil porque los niños tampoco estaban representados. Intenté construir un centro de documentación para la gente gay, lesbiana y trans, no sé en que quedó con la nueva directora. El día en que la cultura y la educación sean más importantes que las finanzas y el ejército seremos una sociedad civilizada.

¿Pero no es un poco idealista pensar que con cultura y educación se arreglara todo?

Obviamente necesitamos una estructura económica y política porque de eso dependen casi todo, pero esa estructura tiene que existir con un claro propósito de desarrollo. Si una sociedad existe solamente para sostener las instituciones financieras se convierte en una sociedad estéril. De ser así, se construye un círculo vicioso y se obstaculiza la posibilidad de que el pueblo florezca y crezca.

Usted ha vivido rodeado de libros. ¿Cómo empezó su afición por la lectura?

Mis primeros recuerdos conscientes son de mi nodriza leyéndome cuentos. A los tres o cuatro años aprendí a leer y nunca paré. Por circunstancias de mi infancia viví encerrado, sin contacto con el exterior, sin amigos de mi edad y sin ir a la escuela. Mi contacto con el mundo exterior fue por medio de la literatura. La relación con la lectura esencialmente siempre ha sido la misma: buscar un diálogo con la realidad. Los libros me dan arraigo y consuelo. Es difícil llegar a los setenta años y ver que el mundo vuelve a cometer los errores del pasado. No hemos aprendido nada. Necesitamos reeducarnos a partir de ciertos valores éticos. Sin duda hay avances científicos y cada vez son menos los Estados represivos, pero al mismo tiempo el planeta es un desastre.

¿Y la lectura le ofrece respuestas?

A veces me cuestiono ¿cómo le hace para sobrevivir la gente que no lee? Si no tuviese mis libros o la oportunidad de releer textos fundamentales para mí, me volvería loco. En momentos de desesperación que son muchos frente al mundo que vivimos, Don Quijote me dice que vale la pena luchar contra la injusticia a pesar de las consecuencias; Alicia me dice que al absurdo cotidiano hay que enfrentarlo con lógica. En el cuento “No oyes ladrar a los perros”, de Juan Rulfo, reconozco la importancia de alertar en situaciones difíciles.

¿Cómo entiende la lectura: entretenimiento, conocimiento o información?

Como todo. Las etiquetas son inventadas por comerciantes, libreros y académicos. El mundo del arte carece de ellas. Decimos que Robinson Crusoe es una novela porque lo que cuenta sabemos que es ficción, pero en realidad estamos ante un relato real. Para mi Don Quijote tiene más carne y hueso que Cervantes. Las categorías sirven para dar un curso sobre el cuento o para ordenar una librería. El lector normal busca un poco de entretenimiento y conocimiento.

Aunque en las esferas culturales e intelectuales no gusta la palabra entretenimiento.

Eso se debe a una suerte de esnobismo, me parece impuesto por el mundo académico desde hace mucho tiempo, donde la idea de expresarse de forma complicada y restringida es indicación de inteligencia y superioridad. Sócrates es un ejemplo de claridad y sencillez luminosa. Los necios que se saben poco inteligentes construyen grandes teorías literarias con términos complejos que solo sirven para ocultar su ignorancia. El entretenimiento es parte de la literatura. Borges decía: “La literatura no puede ser obligatoria porque la felicidad no es obligatoria”. Nadie nos obliga a leer.

Solo las escuelas…

Una sociedad tiene que elaborar un sistema por el cual los ciudadanos son incorporados en la fábrica social por medio de un código común compartido como es la escritura y la lectura. Por eso los maestros ponen a disposición de los estudiantes los textos que esa cultura considera importantes. Sin embargo, ahí hay una paradoja porque a la vez de que les dicen que tienen que leer a Rulfo, Cervantes o la Biblia, deben que enseñarlos a cuestionar esas obras y la autoridad del maestro. Es el gran cambio pedagógico que ocurre alrededor del siglo XVI con el paso del escolasticismo al humanismo. La escuela tiene que ser un lugar de libertad absoluta para la imaginación. No podemos permitir que sean lugares de adiestramiento para beneficiar a la sociedad de consumo. Estamos perdiendo la posibilidad de que los niños ejerciten su imaginación, creatividad e inteligencia.

Dice Vargas Llosa que vivimos en la civilización del espectáculo.

No puedo hablar en términos absolutos. El circo romano, el teatro griego y los conciertos de Bach, eran espectáculos. Hoy la facilidad de la distribución de imágenes por aparatos electrónicos facilita la circulación de basura, es decir, aquello que se produce no para alimentarse sino simplemente como un consumo que entra y se descarga. La tecnología electrónica ha permitido un acaparamiento de todo: imagen, sonido, música y texto. Nos llenamos de imágenes que nunca más veremos; de la información que descargamos de internet sean noticias verdaderas o falsas; comunicaciones banales. Todo esto forma una suerte de colchón que nos insensibiliza. La parte grave de este problema es que nos aleja de la acción responsable. Si enciendo la televisión y pasó por los quinientos canales seguramente veré cien imágenes de violencia. Una vez, haciendo este ejercicio, descubrí que entre un cambio de canal a otro vi la ejecución de un secuestrado en tiempo real. En ese momento me di cuenta de que había delegado mi empatía al mundo comercial de las imágenes. Es aterrador hasta qué punto podemos insensibilizarnos. Durante algunas charlas he hecho una prueba: saco el tema de los campos de concentración para niños en Estados Unidos y en la ronda de preguntas me cuestionan sobre cómo conocí a Borges. ¡Acabo de decir que había 3 mil 500 niños que son torturados mentalmente y me preguntan una banalidad! La información se acumula de tal manera que pierde el valor de lo que dice.

Al final nos impresionamos e indignamos, pero no pasa de ahí. En México la desaparición de 43 normalistas consternó al país; después nos enteramos de decenas de fosas con restos humanos; descubrimos que existen tráileres que transportan cuerpos; hace unos días tuvimos la caravana de migrantes hondureños…

Sí, el problema es que luego se nos pasa. Olvidamos algo que las religiones enseñan, aunque luego el sistema religioso lo deja de lado, y es que todos somos ellos. Viendo a la gente muerta de hambre de la caravana en la frontera, pienso en una expresión inglesa que dice: “allí salvo por la gracia de dios, estoy yo”. Me he salvado, pero por circunstancias del azar porque yo no soy mejor ni he trabajado más que esas personas. Chomsky ha hablado del deliberado esfuerzo que se hizo en los años sesenta de eliminar el sueño de empatía dentro de los Estados Unidos. En principio el sueño americano era una propuesta social interesante. Recordemos que la Estatua de la Libertad tiene escritos los versos: “Dadme a los rechazados, los miserables, a los que no quiere nadie”. Frente a esto los grandes empresarios comenzaron a ver que esto los obligaría a pagar más beneficios sociales y que perjudicaría al consumismo. En respuesta comenzaron a promover una ideología egoísta e individualista. Esta forma de pensamiento hizo mucho daño a la humanidad, olvidémonos de ética y moral, el ser humano es un animal que se mueve en tribu. Si estás solo estás muerto, es algo que sabía Robinson Crusoe, por eso encuentra a Viernes. Si México se siente obligado a detener la caravana porque Trump agita su dedo, ocasionará que el propio México pague las consecuencias. Los humanos somos nómadas desde la prehistoria. Si bien es cierto que una sociedad no puede contener a todo el mundo, tenemos que encontrar soluciones imaginativas. La más obvia es ayudarlos a tener gobiernos positivos y sin corrupción, pero con qué autoridad va ayudar Estados Unidos en este sentido. Necesitamos trabajar en conjunto. Traigo a colación el sermón de John Done, recuperado por Hemingway en Por quién doblan las campanas, “Ningún hombre es una isla solo por sí mismo, todos somos parte del continente, entonces no mandes preguntar por quién doblan las campanas, siempre doblan por ti”. Nunca hubo una época perfecta, pero por lo menos en distintos momentos hubo el entendimiento de que lo que nos hace humanos es la empatía, y la literatura cultiva esa empatía. Cuando la sociedad entienda que hay valores importantes que los del consumo, se podrá educar a los más jóvenes a través del conocimiento de la empatía por medio de la literatura.

Hace unos minutos mencionó la palabra consuelo, ¿la literatura le da consuelo ante una enfermedad?

Sí, los seres humanos tenemos conciencia de que estamos sometidos a ciertos infortunios. Algunos los elegimos y otros no. Las enfermedades me importan menos que el sufrimiento de ver el mundo desmoronarse. Nuestros cuerpos no son eternos. Las enfermedades que he sufrido afortunadamente no han sido dolorosas. Mi accidente cardiovascular fue una experiencia extraordinaria e interesante. Descubrí hasta que punto el ser cerebro humano es maravilloso porque te permite pensar sobre ti mismo. No le temo a la muerte. Todo lector sabe que un libro se tiene que acabar. No temo a la escritura del último párrafo, sé que tiene que suceder y no creo que haya un segundo volumen.

Pero intentará alargar ese último capítulo.

Ni siquiera intento alargarlo más allá de lo que me es concedido. La Biblia dice que el ser humano vive setenta años y que después vienen el infortunio y el sufrimiento. Ya pasé los setenta años. La vida y la fortuna han sido muy generosas conmigo. He tenido una vida muy feliz y no cambiaría nada.

¿Es un hombre de fe?

No, a pesar mío tengo fe en el ser humano. Confío en que podremos detener nuestra carrera hacia el suicidio colectivo. No tengo fe en algún dios, aunque me encanta leer libros de teología. A partir de una propuesta aparentemente absurda o fantástica se elabora todo un sistema lógico e impecable. Me fascinan los razonamientos que hemos construido para justificar la invención de la Trinidad. Los elementos del dogma han dado gran literatura.

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