‘Que de lejos parecen moscas’, la novela de Kike Ferrari que suena a Motorhëad
El argentino crítica la impunidad y soberbia que produce el poder.
(Redacción AN/Alfaguara).

Por Héctor González

A Kike Ferrari la fama le llegó casi por casualidad. El narrador argentino captó la atención de propios y extraños cuando se hizo público que trabajaba limpiando en el metro de Buenos Aires. Hoy, el narrador enfrenta el reto de conservar a los lectores que llegaron a sus libros por medio de aquel reportaje. Su carta de presentación en México es Que de lejos parecen moscas (Alfaguara), una furiosa novela publicada por primera vez en 2011y donde critica la impunidad y soberbia que produce el poder.

¿Cómo empezó tu relación con la literatura?

No sé muy bien. Empecé a escribir en 1997 mientras atravesaba un momento complicado en mi vida. La literatura me sirvió como una fuga. El mundo se había vuelto inhabitable por esos días y mientras escribía sentía que podía escaparme a otro lugar. De a poco comencé a publicar y no estoy muy seguro de cuando las cosas empezaron a ir en serio. Decía Sartre que el infierno es la mirada de los otros, todo lo demás también es la mirada de los otros. Uno es escritor cuando alguien más te lee. Tengo la sensación de que todo inició en la Semana Negra de Gijón de 2011, cuando fui invitado a presentar este libro en su primera edición. Ahí fui recibido por el mundo de los escritores, al año siguiente gané un premio importante allí mismo.

¿Cómo te cayó el mundo de los escritores?

Hay de todo. Algunos momentos son más interesantes que otros. Mientras escribo una novela no me gusta que pase nada más. No doy a entrevistas, ni voy a presentaciones de amigos. El tiempo libre lo uso para estar con mi familia o ir a ver a River. Es interesante porque antes había intentado entrar el mundo de la música. Soy bajista, aunque toco bastante mal, pero creo que el medio de la música está lleno de envidias y codazos.

¿Y en la literatura no?

Sin duda hay gente de mierda, pero en general he encontrado camaradería y generosidad.

Siete años después, ¿cuál es tu relación con Que de lejos parecen moscas?

Es una novela a la que quiero mucho. Me ha dado varias alegrías, recién me dijeron que se va a publicar en un país que no sabía que existía, Macedonia.

¿Será que funciona porque está llena de rabia?

Todo lo que escribo es rabioso. Me la paso enojado casi todo el tiempo. El mundo es una mierda, ¿cómo no estar molesto? Uno no está enojado, mientras está distraído. Además cometí el desatino de tener tres hijos. Ahora no solo el mundo es horrible, también me preocupa.  Pero la novela tiene tiene algo que salió bien. Me gusta comparar el trabajo literario con los viejos oficios manuales. Uno necesita aprender qué materiales y herramientas necesita usar, con la salvedad de que la literatura tiene un componente subjetivo.

El personaje de Machi tiene algo del cinismo y la obscenidad del poder…

Hay impunidad, soberbia y una cosa casi pornográfica de los usos del poder.  Por otro lado, me sorprende que una novela que tiene un color local tan marcado funcione en distintos países. Supongo que se debe a que habla de un problema universal: la maldad, el abuso del poder y el cinismo. Igual no pensé en nada de esto mientras escribía. Yo solo quería hacer una novela de tiros, acelerada, furiosa, fragmentada y con un villano como personaje central.

Y con ingredientes de literatura negra.

La literatura negra sirve para dar un marco de referencia, pero los límites de lo posible dentro del texto son inmensos.

Además es un género que implica una reflexión moral.

Cierto, pero yo quería hacer una novela de malos y malos. No quería un personaje del que el lector se pudiera agarrar.

¿Te gusta Borges?

Soy un apasionado lector de Borges. Me aporta un disfrute permanente y además es una máquina de aprendizaje. Lo leo con lápices y es increíble porque un mismo cuento me enseña cosas distintas cada vez que lo leo. Es como Los Beatles, inagotable.

Una de las partes más simpáticas del libro es cuando Machi, dice “¿esto es Borges?”

Era importante que Machi fuera un personaje reacio a la cultura y en particular a Borges. Además, el título está tomado del último animal de la numeración que hace en “El idioma analítico de John Wilkins”. Todos los que escribimos, si estamos más cerca o lejos, tenemos que mirar a Borges. Piglia decía que las tres vanguardias de la literatura argentina: Puig, Walsh y Saer, buscaban escribir alejándose de ese foco que es Borges.

¿Fogwill?

No me gusta mucho, tiene un par de textos tempranos que están buenos, pienso en su cuento ‘Una muchacha punk’.

¿No comparten algo de actitud?

Creo que se lo comió el personaje, sucede algo parecido con James Ellroy, quien me encanta, pero se volvió predecible. Con Fogwill me pasa igual, no hace falta hacerla de antihéroe o payaso incómodo todo el tiempo. Uno debería poder acercarse o alejarse de los escritores por su obra, sin pensar en el personaje.

¿No te preocupa que eso te pase?

No, yo no hago tanto ruido.

Pero para muchos eres el escritor que trabajaba limpiando en el metro.

Hace cinco o seis meses que dejé de dar la nota sobre mi trabajo. Ya no es lo central. En junio del año próximo saco otra novela y ya no dejo que se mencione nada de lo del metro. No fue una jugada de prensa. Si hubiera sabido que era tan fácil desde hace años hubiera dicho que limpiaba en el metro y además escribía. Todo empezó porque en una fiesta un editor mío contó la historia y a un periodista que estaba en la reunión le pareció interesante hacer una nota. Todos la replicaron y bueno, prendió. Tampoco voy a negar que si estoy aquí es porque esa nota llegó al Wallstreet Journal y la leyó un cazatalentos. No reniego de eso, lo importante es moverse de ahí. Que de lejos parecen moscas salió en 2011 y en su primer año vendió 60 libros en España. Ganó un premio al año siguiente y vendió 150. En enero de este año la publicó Alfaguara y en mes y medio se vendieron dos mil ejemplares. Ahora necesito conseguir que los lectores que llegaron a mi libro por la nota del barrendero se queden conmigo.

¿Y eso no te pone de buenas?

Sí, es como cuando me distraigo. Para la visión del mundo que abracé años atrás, las pequeñas victorias individuales están bien, pero no modifican el panorama. El cuerpo social sigue corrupto y podrido, independientemente de cómo me vaya. No soy un bolchevique de 1918, pero no me desenoja.

Hay algo medio punk en esa actitud…

Hay dos o tres cosas que definen nuestras identidades y creo que hasta mi generación las decisiones estéticas de chico en relación con la música definen una posición. Un tipo que a los doce o trece años decide que Black Sabbath es algo lindo y deseable, difícilmente después se podrá conmover con una novela rosa porque piensa desde hace muchos años que la belleza está en otro lado.

Aunque tampoco tan pesado, porque ahora trae una playera de Lynyrd Skynyrd…

Soy un rockero amplio, aunque el lugar que habito con más comodidad es el metal. Al final todos son primos, el punk, el metal o el punk de Londres.

¿A qué te gustaría que sonara la novela?

A Motorhëad: alta velocidad, mucha rabia y distorsión. Como no pude hacerlo en la música, me gustaría llevarlo a la literatura. Aunque honestamente en la novela hay algo más complejo que la linealidad de Motorhëad. También creo que suena un poco como el Homenaje a Jack Johnson, de Miles Davis, un disco placentero, pero también medio roto.

libros



Temas relacionados:
Cultura
Libros



Escribe un comentario

Nota: Los opiniones aquí publicadas fueron enviadas por usuarios de Aristeguinoticias.com. Los invitamos a aprovechar este espacio de opinión con responsabilidad, sin ofensas, vulgaridad o difamación. Cualquier comentario que no cumpla con estas características, será removido.

Si encuentras algún contenido o comentario que no cumpla con los requisitos mencionados, escríbenos a [email protected]