Caer es estúpido, doloroso y tiene efectos terribles para la salud pública
La ciencia médica ha catalogado 246 formas de caídas. Los 600 mil pacientes que fueron atendidos en hospitales en México entre 2010 y 2014 sumarán, entre todos, 40 años de sus vidas con alguna discapacidad, ya sea durante la recuperación o por las secuelas de los accidentes.

Caer de forma accidental es lo más estúpido pero también lo más común y corriente del mundo: una de cada cuatro lesiones que se atienden en hospitales públicos de México corresponde a una caída.

A todo el mundo le ha pasado: caminar por la calle y caer en un bache que tuerce el tobillo y lo deja lesionado dos meses, o tropezar en la casa al bajar de la cama o patinar sobre un piso mojado.

En el suelo, adoloridos, humillados, todos somos iguales.

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Experiencia propia

Caerse es estúpido: me pasó un domingo a las 11:00 de la mañana en un bache de la Ciudad de México, sin haber ingerido ningún tipo de sustancia, sin alguna distracción extraña y además con un clima perfecto.

La culpa fue de una banqueta un poco más alta de lo normal, que además iniciaba en un hoyo perfectamente asfaltado.

Medí mal el paso para bajar la banqueta, el pie no encontró el piso y la gravedad obligó al tobillo derecho a dar un giro imposible.

Dolor y paciencia no suenan a una buena combinación, pero deben ir de la mano si tras el accidente hay que acudir a un hospital público.

Un estudio del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) dice que 25 por ciento de sus pacientes tuvo que esperar entre 2 y 48 horas para ser recibidos por un médico.

Esperé siete horas en el área de emergencias del Hospital Rubén Leñero, de la Ciudad de México.

Y eso apenas fue el principio de la historia.

Caer es humano.

Vicente Fox acarició el cuello de Martha Sahagún y colapsó en el palco del Teatro Juárez al inaugurar el Festival Cervantino de 2004; Felipe Calderón tuvo dos accidentes de este tipo en la bicicleta, uno en Los Pinos y otro en Cozumel; Juan Gabriel se emocionó con sus primeros pasos de baile en un concierto en Houston y besó el suelo cuando se le enredaron los pies, todo un clásico del Internet.

La actriz Jennifer Lawrence ha caído tres veces en público con una sonrisa, incluso antes de recibir un Oscar; al concluir una gira en Yemen, Hillary Clinton subió 20 escalones para abordar un gigantesco avión, volteó para despedirse y tropezó al ingresar a la cabina. Fidel Castro acabó un discurso con “hasta la victoria siempre”, bajó del podium y patinó sobre un escalón: antes de que terminara de resbalar sobre el suelo nueve personas le ayudaron a levantarse.

Pero no es un tema de risa. Casi 140 mil mexicanos acuden cada año a los hospitales públicos por caídas y 3 mil 100 de ellos mueren por estos percances.

Los 600 mil pacientes que fueron atendidos en hospitales en México entre 2010 y 2014 sumarán, entre todos, 40 años de sus vidas con alguna discapacidad, ya sea durante la recuperación o por las secuelas de los accidentes.

246 formas de caer

Una caída se presenta cuando una persona colapsa de forma involuntaria hasta dar con el suelo u otro nivel inferior, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). La definición de diccionario añade que puede presentarse por perder el equilibrio.

Para la OMS estos accidentes son un problema mayor de salud pública que cobran la vida de 424 mil personas en todo el mundo al año. Y todos están en riesgo, aunque la edad (los adultos mayores corren más riesgo), género (los hombres mueren más) y salud general de la víctima pueden afectar el tipo y severidad de la lesión.

Caerse es simple y estúpido, pero la Clasificación Internacional y Estadísticas de Enfermedades incluye 246 formas en que pueden ocurrir, dependiendo del lugar y las circunstancias, que incluye desde un tropezón en la casa hasta colapsar en un tren o en la nieve.

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Los caídas son tan comunes que 40 por ciento ocurren en casa por “deslizamiento, tropezón y traspié”, según la clasificación médica. La estadística aclara que estos casos se registran en “el mismo nivel”, es decir, a ras de suelo, por lo que no hay escalones traidores involucrados.

Las escaleras y escalones tienen su propio apartado, pero no son tan peligrosos: sólo intervienen en 2 por ciento de los casos.

La tabla de categorías médicas es fría, como un plancha de quirófano. Y hablando de estar acostado, se concluye que los accidentes que “implican cama” englobaron a sólo 1.9 por ciento de los pacientes.

Las sillas son más seguras: ni siquiera alcanzan 1 por ciento de los registros.

Conforme desciende el porcentaje de casos, las razones de accidente se vuelven más extrañas: desde la caída de una silla de ruedas en una zona industrial y de la construcción (dos casos en los últimos cuatro años), hasta la caída que implica una cama en zona de comercio y área de servicios (12 casos en cuatro años).

La ciencia médica concluye que detrás de las caídas no hay mala fe ni crímenes: 97 por ciento de los 10 tipos de caída más comunes fueron por accidente.

Los niños y jóvenes concentran las caídas accidentales. Los pacientes entre uno y 10 años tienen 37 por ciento de los casos; entre los 10 y 20 años, tienen 17 por ciento, y las personas entre 40 y 130 años (hay un caso) únicamente 17 por ciento.

Caerse y volverse a levantar es cosa de jóvenes y de viejos.

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Larga espera

Después de esperar 7 horas en el IMSS y renunciar a ser atendido ahí, conocí otras dos salas de espera distintas, cada una en sí misma un filtro burocrático: llegando, hay que esperar una hora para que una doctora pregunte cuál es la dolencia y remita a los rayos X; en los rayos X otra hora de espera mientras una técnica radióloga despacha a los torcidos y magullados.

Después, una hora más fuera del consultorio de Ortopedia, donde tres jóvenes médicos analizan las imágenes y colocan yesos o vendas para tratar las lesiones… Pero en mi caso, uno de los jóvenes doctores descartó la imagen de Rayos X y pidió otra para distinguir mejor la lesión.

Esta vuelta (rayos X-ortopedia) se repitió tres ocasiones, pues médico y radióloga no pudieron retratar exactamente la lesión.

Entre estos dos despachos hay que cruzar varios pasillos, más o menos la distancia que hay en la línea de mitad de campo de una cancha de fútbol profesional, todo sin muletas ni silla de ruedas, es decir, de a cojito.

Y en cada sala, una tanda de visiones: una joven de pelo corto con rotura de ligamentos de la mano tras pelearse en Tepito; un joven que no llevaba dinero ni para un refresco fue atropellado cuando estaba acostado en una banqueta; una mujer que se cayó de la bicicleta en unas vías del tren y se salvó de morir gracias al casco; dos policías escoltando a un detenido lastimado durante la captura; una adolescente con uniforme de fútbol con la pierna ya enyesada; un niño de unos ocho años aúlla de dolor en los rayos X; una mujer de 23 años lleva prioridad para la tomografía porque se le infectó el DIU y le contaminó todo el tórax; un paciente que chorrea sangre de la pierna y mancha sus sábanas blancas, y a su lado, un niño de unos 10 años con los brazos vendados intenta levantarse de la cama, pero los mareos no lo dejan.

Historias en cuartos escasamente iluminados, donde no corre el aire y se mezcla el olor del alcohol y la humanidad.

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También hay una clase trabajadora formada por médicos, guardias de seguridad y conserjes acostumbrados al dolor ajeno y que no se dan abasto. Caminan de prisa con sus batas blancas entre los desgraciados que acuden a aliviar sus dolencias y ocupan la sala de espera.

Su labor parece imposible, como luchar contra una hidra: cuando al fin atienden a un paciente, dos enfermos más han llegado agarrándose una pierna o sobándose un brazo.

Aún así, la mayoría de los pacientes tendrán suerte: sólo muere el 0.16 por ciento de los lesionados por caída que se atienden en hospitales públicos y el 79 por ciento irá a casa a recuperarse.

Ver caer a alguien puede ser chistoso, de hecho es muy chistoso, y los videos en YouTube lo demuestran. Pero puede ser una experiencia dolorosa e implicar afectaciones a largo plazo (o la muerte misma).

Por eso, tenga cuidado al caminar.

Jenifer



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