‘Muchos de mis colegas deberían bajarse de la torre de marfil’: Hernán Bravo Varela
El poeta mexicano publica ‘Malversaciones’, un conjunto de ensayos escritos entre 2009 y 2017.
(Almadía).

Por Héctor González

Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979) pertenece a la estirpe de autores que van sin armadura. A través de sus versos siempre hay rincones donde se expone a sí mismo. Igual sucede cuando escribe ensayos como los incluidos en Malversaciones. Sobre poesía, literatura y otros fraudes (Almadía).

Al revisar a sus autores de cabecera, en realidad nos habla de sus obsesiones literarias. Cuando escribe de lugares, sobresale una forma personal de observar el mundo. Al disertar sobre estética y poesía, lo cierto es que exhibe su apuesta estilística.

Con Montaigne como referencia, el escritor mexicano no niega que su forma de relacionarse con la literatura es por medio de la vitalidad.  

En Malversaciones hay algo de autobiografía intelectual, ¿no?

Sí, la autobiografía de un lector que en este caso es crítico y escribe poemas. Cada capítulo es una especie de ciclo vital. En la primera parte hay honras y pompas a los grandes maestros que le dieron un sentido de pertenencia como Guillermo Fernández, David Huerta, Francisco Hernández o Bonifaz Nuño. En la segunda sale de viaje y conoce otras lenguas y latitudes. En la tercera, mezcla los lenguajes artísticos. Incluso se permite una crónica sobre el atentado fallido contra Sabines y una reflexión sobre la representación del Apocalipsis en el arte.

Hay también una vocación por llevar la literatura a la vida cotidiana, tal como lo hacía Montaigne.

Montaigne es una referencia a la hora de escribir estos ensayos. Él decía: ‘yo soy la materia de mi libro’. Siempre he creído que incluso cuando habla de otras poéticas y autores, el crítico habla de sí mismo; es alguien con algo que decir y sus lecturas son el pretexto para comunicarlo.

Claro, e incluso iría a lo aparentemente mundano. En el ensayo sobre William Carlos Williams se filtra tu interés por lo coloquial.

Me interesa cómo el poema ‘Solo para decirte’ se ha convertido en emblema de un autor con una variedad y riqueza extraordinaria. Revisar el sentido biográfico y vital le da otro sentido a la búsqueda. Más allá de que a menudo nos disparemos con teorías, todo tiene que ver con cuestiones entrañables. Elliot decía que para no teorizar se requiere una profunda humildad, en cambio para teorizar se necesita de gran ingenuidad.

Y en tu caso disposición para ver todo desde una perspectiva poética, algo sobre lo que precisamente ha reflexionado David Huerta.

David es una de mis referencias centrales. Es un amigo y autor a quien le debo una gran cantidad de hallazgos y recombinaciones del lenguaje sin las cuales difícilmente habría tenido todas mis metamorfosis a la hora de escribir.

Te cayó bien que le dieran el Premio FIL de Literatura.

Desde luego. No hay un solo lector agudo de poesía en lengua española que no haya celebrado ese premio. Es uno de los poetas vitales del idioma. David y Raúl Zurita están entre lo mejor que tenemos en América Latina.

¿La poesía alcanza para hablar corrupción?

La poesía alcanza para eso y más. La mayoría de los ciudadanos de a pie la consideran un ejercicio de papar moscas o de pensar en la inmortalidad del cangrejo, sin embargo, es un género muy atado a la tierra. Para mí la poesía es otra función de fisiológica de las personas.

El ensayo más extenso del libro se lo dedicas a la corrupción, pero no en un sentido político sino artístico.

Sin lugar a dudas la cruzada contra la corrupción del gobierno de López Obrador es necesaria. No obstante, yo quería hablar de la corrupción y su relación con la poesía. Saint-John Perse decía que un artista es la mala conciencia de su época y en ese sentido su ejercicio especulativo lo lleva a corromper a menudo las leyes y los tótems de su sociedad. Difícilmente un gran artista no será un corruptor de conciencias. Sócrates lo fue y esto tiene que ver directamente con el ejercicio de la poesía. Muchos de mis colegas deberían aceptar la mordida de la realidad, bajarse de la torre de marfil para conseguir que la poesía conviva con los fenómenos que están en el ojo del huracán. En esa especie de incorruptibilidad la poesía se ha quedado encerrada en su casa. A muchos les haría bien salir y mancharse de gente, como decía Villaurrutia: salir a una calle llena de ojos.

Algo parecido sucedió con la filosofía, aunque ahora parece romperse el cerco.

Cierto, ahí tienes a Zizek y Bauman, hasta el mismo Agamben. No sé si a la poesía le falte calle, como alguna vez señaló el crítico peruano Julio Ortega. Como mala conciencia que es, la poesía necesita ir contra las modas. Me parece que el ejercicio debe ser mantenerse en un estado de eterna contradicción y que a mi me gusta llamar paradoja fecunda. A través de las paradojas se asoman los contrarios exactos del pensamiento, la moral y las costumbres.

Ahora desde la 4T se habla precisamente de una revolución moral.

El problema es que la moral está dictada por la institución, cuando lo cierto es que es algo personal. Gide habló de la pasión moral. Muchos de los decadentistas o de los poetas malditos, pensaron en ella como algo personal e intransferible.

Aunque hoy parece que hay una moral más homogénea, promovida desde lo políticamente correcto.

La poesía tiene algo que decir como grupo que manifiesta intereses en común, pero que también lanza sus peroratas del apestado como las llamaría Gesualdo Bufalino, a la sociedad que es el blanco de sus ataques y a la vez laboratorio o sitio de trabajo. A final de cuentas me parece que un verdadero poeta realiza una construcción crítica.

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