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Realizan homenaje a Teodoro González de León en El Colegio Nacional

El arquitecto Felipe Leal dijo que González de León fue un hombre multidimensional siempre vinculado con el arte y la cultura.

  • Redacción AN / HG
26 May, 2026 12:58
Realizan homenaje a Teodoro González de León en El Colegio Nacional
Urbanista, proyectista de tejido fino, artista capaz de “ver con las manos”, geometrista, gran cultivador de la amistad y viajero incansable, así fue recordado el arquitecto Teodoro González de León durante el homenaje rendido en su honor en El Colegio Nacional con motivo del centenario de su nacimiento.
González de León fue “un hombre multidimensional, siempre vinculado con el arte, con la cultura, hombre de una enorme cultura, del arte contemporáneo, melómano, gran lector, alguien que dedicaba buena parte de su vida cotidiana a documentarse y a convivir con las amistades para desarrollar, viajar y enriquecer su conocimiento”, dijo el arquitecto Felipe Leal, coordinador del panel que homenajeó al creador de icónicas construcciones de la ciudad.

En la sesión participaron Fernanda Canales, Francisco Serrano Cacho, Jorge Gamboa de Buen, Javier Garciadiego Ruíz, y Mónica Cejudo, directora de la Facultad de Arquitectura de la UNAM.

“¿Quién no ha estado en un espacio de Teodoro González de León?”, preguntó Leal. “La mayor parte de la población mexicana, desde el Auditorio Nacional, la Alcaldía Cuauhtémoc, el Palacio de Justicia en San Lázaro, el Museo Tamayo, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, en fin, El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica, la Universidad Pedagógica…”, enlistó.

Después de escuchar un audio con la voz del propio arquitecto, donde expresaba sus ideas sobre la arquitectura y su visión para remodelar la sede de El Colegio Nacional, institución a la que ingresó el 28 de octubre de 1989, Leal compartió una serie de reflexiones que él mismo recogió en diferentes conversaciones con González de León.
Promotor de un espacio público digno
“Totalmente reflexivo, muy analítico, todo el tiempo revisaba más o menos su propio pensamiento”, describió Leal. Acto seguido, leyó las propias palabras del arquitecto: “El papel de la arquitectura no es disminuir la pobreza o las diferencias sociales, este es un tema que les compete a los gobiernos porque es un problema de carácter social. La arquitectura puede ayudar a crear un espacio público digno, pero es labor de los gobiernos que el espacio público no disminuya y que no sea violentado”.
“El contacto humano es importantísimo y los espacios que diseño lo provocan. Para que sea un lugar de roce, hay que hacer que todos los accesos pasen por el espacio público y el encuentro forzosamente suceda. Otro hecho que procuro es el diálogo entre el espacio público y la arquitectura por medio de pórticos y plazas. Enriqueciendo de esta manera a la ciudad”, le contó González de León a Felipe Leal.

Fernanda Canales se refirió a la difícil conciliación de tres facetas en Teodoro González de León. Primero, dijo, el Teodoro urbanista, “o más bien al estadista, el estratega, el de la visión de largo plazo, de gran alcance, capaz de entender el territorio y la historia en un sentido amplio. Y de ver desde Mesoamérica hasta Japón, pasando por Nueva York y París, y comprendiendo la geografía, la cultura, las personas, la técnica y los razonamientos”.

El segundo, dijo, “es el de la motricidad fina, de quien se detiene a estudiar el diseño de la manija de una puerta, quien tiene una postura de vida o muerte ante un zoclo, la pequeña esquina donde el suelo se encuentra con un muro, y para quien un detalle nunca es un detalle, sino que es una postura intelectual”.

“Después viene el tercer Teodoro, que no es ni el político humanista ni el arquitecto de tejido fino, es el escultor y el pintor. En estos distintos creadores, o más bien en estas distintas formas de vida, hay en el fondo tres distintas maneras de ver. En la primera está la perspectiva lejana, la visión del águila, que permite entender mucho y anticiparse”.

“En la segunda está la visión con lupa, reflexiva de lo mínimo, de un observador incansable e inquisidor. Y en la tercera está la capacidad de ver con las manos, de explorar con el cuerpo, tocar y medir. Estas tres posturas resultan en una misma visión integradora, de alguien que tiene la misma destreza para posicionarse en un territorio vasto, un trozo de ciudad todavía expectante, o en un enclave histórico apretado, condicionado por distintas tramas”, consideró Canales.

Talento para conseguir chamba
Jorge Gamboa de Buen recordó que tuvo la fortuna de convivir con Teodoro González de León y trabajar con él, “con su equipo, de manera cotidiana, el día a día, la chamba, los conflictos, las dificultades, la producción, las exigencias. Yo tuve el privilegio de haber tenido que ver con el Centro Minero Nacional, con el Auditorio Nacional, con la Escuela de Música del Centro Nacional de las Artes, con el Jardín Tamayo…”.
En todos los casos, dijo Gamboa, resaltó un talento de González de León: “su talento político para conseguir y tener chamba era muy impresionante. Alguna vez agarré el libro de su obra completa, el que publicó Arquine, el libro que primero era gris y luego era blanco, y me puse a contar las obras, porque no todos son edificios”.
“En ese libro hay 130 obras, de ellas 82 están construidas, 31 se quedaron en proyecto y 17 son concursos que hay que evaluarlos de manera diferente. Entonces, la tasa de bateo de Teodoro fue del 63%”, señaló.
Gamboa de Buen recordó que el trabajo cotidiano con el arquitecto en un proyecto era impresionante. “Conozco mucha gente muy disciplinada, muy ordenada, muy metódica, pero nunca he conocido a nadie como Teodoro. O sea, su rutina de nadar, de leer, de escribir, de llegar al despacho a las once en punto, de irse a comer durante años al mismo lugar, comer lo mismo, tomarse media botella de vino, regresar, irse a su casa a las nueve, tomarse el resto de la botella, cuando no iba a cenas con sus amigos”.
Relación con la UNAM
Mónica Cejudo coincidió. Hablar de González de León, dijo, “significa hablar de una inteligencia profundamente cultivada, de una sensibilidad artística excepcional y de una disciplina rigurosa que hizo de la arquitectura una forma de pensamiento”. La arquitecta se refirió a la perspectiva de la Universidad Nacional Autónoma de México de González de León, tanto como estudiante, arquitecto y doctor Honoris causa.
Desde su participación, siendo estudiante, en la creación del esquema de lo que después fue Ciudad Universitaria, hasta los reconocimientos obtenidos y la construcción del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), fueron repasados por Cejudo.
Esa construcción, afirmó, “significó un cierre cíclico en su trayectoria: iniciar con el proyecto de Ciudad Universitaria y, décadas después, regresar al campus para concretar una de las obras más significativas de su legado arquitectónico. Para la realización de este proyecto, tuvo total libertad creativa para realizar el diseño y buscó inspiración en 60 museos y galerías internacionales”.
Buen arquitecto, buena persona
Francisco Serrano recordó que conoció a Teodoro González de León en 1972. “Íbamos a hacer un proyecto cuatro despachos, uno era él con Abraham (Zabludovsky) y con Franco, otro eran otros dos arquitectos que no voy a mencionar, y el otro éramos mi padre y yo”.
“Ahí nos dimos cuenta de que él y yo que comulgábamos con ideas nuevas, concretamente de diseño urbano. No se hizo ese trabajo, que era un proyecto para el Fovissste, y después vino la oportunidad de hacer la Embajada de México en Brasilia. Fue la primera vez que hicimos un trabajo y desde ahí hasta el 2008 trabajamos constantemente en sociedad, sin jamás haber tenido una discusión ni de créditos, ni de quién dijo qué, ni de dinero, ni de a quiénes sugerir que hicieran tal o cual trabajo”, sostuvo.

Serrano compartió cuando González de León le ofreció su apoyo tras una desgracia que sufrió: “Lo menciono porque para ser buen arquitecto hay que ser buena persona, hay que entender a las gentes que nos rodean. Me acuerdo con qué cariño trataba a su chofer, con qué cariño trataban las secretarias”.

En su oportunidad, Javier Garciadiego Ruíz por su parte, trajo al presente el momento en el que entró en el taller de González de León siendo un joven de 21 años. “A esa edad, Teodoro ya había hecho unas aportaciones fundamentales a la arquitectura nacional. Yo era otro perfil, yo tenía cero aportaciones, cero hazañas, pero de cualquier forma se me recibió con los brazos abiertos”.

“¿Cómo era la vida en el taller? Pues era un taller relativamente chico, si pensamos que Sordo Madaleno emplea más o menos a 100 personas. El taller de Teodoro empleaba a unos 15 arquitectos, tal vez un poco menos. Antonio, Pepe, los que lideraban el despacho, llevaban trabajando ahí varias décadas”.

“Teodoro llegaba todas las mañanas, metódico, elegante, subía y saludaba a todo mundo. Y un poco veía qué estabas haciendo. La relación con los jefes siempre tiene una cosa muy particular, pero imagínense tener 21 años y que Teodoro González de León se pare atrás de ti para ver cómo estás dibujando su proyecto”, compartió.

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