opinión*
La caminata de los ‘deshabitados’
por Redacción / AG

Ernesto Núñez Albarrán
@chamanesco

Se entendería el desdén del presidente y de su partido, si las cosas estuvieran bien. Se entendería que Andrés Manuel López Obrador decidiera darle la espalda al movimiento encabezado por Javier Sicilia, si el reclamo de las víctimas de la violencia fuera sólo un “show”.

Se entendería que las bancadas de Morena en el Congreso no quisieran recibir las propuestas en materia de justicia transicional hechas por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, si la estrategia de seguridad de la nueva administración estuviera dando resultados.

Si no hubiera razones para marchar, sería absurdo que las víctimas y los activistas marcharan.

Pero las cosas no están bien en un país que sigue acumulando ejecutados, fosas, mujeres asesinadas, desaparecidos y violaciones a los derechos humanos.

“Nuestra casa sigue ensangrentada”, se leía en la manta que Javier Sicilia y la familia LeBarón –acompañados por unas dos mil personas– llevaron el domingo hasta el Zócalo, donde encontraron un Palacio Nacional de puertas abiertas, pero deshabitado por el presidente.

Escribía Javier Sicilia, en enero de 2016, que los discursos y las cartas que se difundieron durante el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad fueron ignorados por los gobernantes; lo mismo por Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, que por toda esa pléyade de legisladores, dirigentes de partidos y candidatos que se reunieron y
fotografiaron con ellos, pero terminaron dando la espalda a las víctimas de la violencia.

En su libro El deshabitado, (Grijalbo-Proceso, 2016) un desolado y roto Sicilia refiere aquellos documentos que dieron testimonio de su lucha iniciada en marzo de 2011, cuando su hijo Juan Francisco fue asesinado en el marco de la supuesta guerra contra el narco iniciada por Felipe Calderón.

“Al releerlos me he dado cuenta con tristeza de que sus reiteraciones, sus advertencias y sus propuestas desoídas por la clase política no sólo siguen vigentes, sino que, semejantes al libro de García Márquez, son también la crónica de un desastre anunciado: el que hoy vivimos”.

Lo escribió en enero de 2016, pero el lamento de Sicilia vale también para enero de este 2020, cuando las cifras oficiales (35 mil 588 homicidios dolosos y feminicidios ocurridos en 2019) delatan el fracaso, dimensionan el desastre anunciado hace ya tres lustros y cubren con un oscuro manto de pesimismo el primer año de la “cuarta transformación”.

La desolación de Sicilia es el dolor de los muchos deshabitados que en aquel 2011 caminaron el país recogiendo testimonios de otras víctimas, encontrándose en su pena, reconociéndose en la ausencia de los seres queridos. El mismo dolor de quienes han perdido a alguien en los últimos seis años, en 2019, en los meses recientes, en
la semana pasada…

La de 2020 es la misma desolación, el mismo dolor y la misma pena, hoy agravada por la impunidad, por los reclamos escuchados pero no atendidos, y por la reiteración de una política y estrategia de seguridad que, de no cambiar a fondo, acumulará tres sexenios de sangre sin resultados.

El “estamos hasta la madre” de 2011, el “no más sangre” que miles le gritaron a Calderón y a Peña, reflejan la misma impotencia y la misma indignación del “basta ya de guerra” que en 2020 se le grita a Andrés Manuel López Obrador.

La situación de violencia e inseguridad, violaciones a los derechos humanos, crimen e impunidad, es la misma de hace nueve años, y sin embargo, no fueron muchos los que esta vez caminaron a lado del activista Sicilia.

La marcha que salió de Cuernavaca el 23 de enero apenas congregó a 500 personas antes de su llegada a la Ciudad de México.

El contingente, que ni de lejos llegó a asemejarse al que acompañó a Sicilia en su recorrido de 2011, estaba integrado por mujeres y hombres que bordaban en pañuelos breves testimonios de personas desaparecidas y asesinadas en años recientes.

Retazos de dolor que fueron colgados en las rejas de Chapultepec, arrastrados por Paso de la Reforma y Avenida Juárez, y que cuentan historias de dolor y pérdida que no pueden ser ignoradas por no llenar un Zócalo.

Frente al resurgimiento del movimiento por la paz, López Obrador ha dicho que no quiere participar en el “show” de recibirlos.

Quizás lo dice por los diálogos del Alcázar de Chapultepec, en los que Sicilia y las víctimas tocaron inútilmente el corazón del presidente Felipe Calderón, quien después de dejarse abrazar traicionó al movimiento.

López Obrador no quiere ser besado por Sicilia, a quien ya le rechazó ese gesto en la campaña de 2012, ni desea que le cuelguen escapularios o le prendan botones y flores en la ropa, pues considera que todo eso puede atentar contra “la investidura presidencial”.

Tal vez confía demasiado en que este año dé resultados su estrategia de pacificación, que no es la misma de Calderón y Peña, pero se parece demasiado.

Quizás crea que de nada sirve su foto con Sicilia en las primeras planas de los diarios, y que la política de “abrazos no balazos” no requiere besos ni diálogos en los que el poder –su investidura– se vea cuestionado por quienes han perdido a un familiar en esa guerra que él no desató, pero sí está obligado a frenar.

Habrá que esperar a la mañanera para conocer qué piensa Andrés Manuel de lo que le dejaron dicho las víctimas en el documento entregado a su gabinete de seguridad.

Habrá que esperar un año, según Alfonso Durazo, para que su Guardia Nacional y sus becas a los jóvenes pacifiquen a este México que, como predijo Sicilia en 2016, no es más que un desastre anunciado.

Redacción / AG

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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