opinión*
Bernstein hizo que la música clásica fuera emocionante, incluso sexy: José David Cano
por Redacción AN

Felices 100, Lenny

Por José David Cano

El mundo musical está de plácemes: este 25 de agosto, el gran Leonard Bernstein hubiera cumplido 100 años de edad. No es un asunto menor: hablamos de una de las figuras más brillantes del siglo XX. Un artista total. Un genio auténtico.

Y no es una loa gratuita. Verán: hasta su muerte —ocurrida en octubre de 1990—, Leonard Bernstein lo fue todo en la música: compositor ecléctico, volcánico director de orquesta, pianista consumado, también brillantísimo pedagogo. El estadounidense vivía por y para la música. En una nota del Washington Post de 1978, Leonard lo deja claro:“Soy un fanático de la música. No puedo vivir un solo día sin escuchar música, sin tocar música, sin estudiar música o sin reflexionar sobre ella… Y todo esto independientemente de mi actividad profesional como músico”.

Sinteticemos: Leonard Bernstein nació en Lawrence, Massachusetts, en 1918. Desde niño aprendió a tocar piano y más tarde ingresó a Harvard, donde estudió música con Edward Burlingame Hill y Walter Piston, entre otros importantes docentes y músicos. Luego entró al Curtis Institute de Filadelfia, donde estudió piano con Isabelle Vengerova, dirección con Fritz Reiner, orquestación con Randall Thompson, y contrapunto con Richard Stöhr. En 1940 asistió a los recién creados cursos de verano de la Boston Symphony en Tanglewood; ahí se perfeccionó con Serguéi Kusevitski, quien lo nombró su asistente en 1942.

Poco después, llegó a la New York Philharmonic como asistente de Artur Rodziński. Su salto a la fama se produjo el 14 de noviembre de 1943, cuando, por enfermedad repentina del director invitado Bruno Walter, tuvo que tomar la batuta y dirigir dicha orquesta en una presentación en el Carnegie Hall, en una transmisión radial de costa a costa. A pesar de que no había ensayado el concierto, su actuación cautivó al público y a la crítica, y al día siguiente The New York Times le dedicó una reseña en su primera página.

A partir de ese momento, la carrera de Leonard Bernstein comenzó a despegar. Primero fueron las principales orquestas estadounidenses las que reclamaron sus servicios; luego, casi de inmediato, fue invitado a dirigir las principales agrupaciones de Londres, Viena, París o Milán. No era para menos: con una personalidad arrolladora, casi avasalladora, sus actuaciones en el podio tenían la virtud de electrizar tanto al público como a la orquesta. “Bernstein vibraba, movía las caderas al ritmo de la música y saltaba continuamente”, escribió una vez el crítico Virgil Thomson, quien reconoció que la personalidad del maestro era tan intensa que muchas veces los especialistas dedicaban sus críticas más a su actuación que a las piezas interpretadas.

La mayor influencia de Bernstein, sin embargo, fue sobre el público. Escribiendo libros, o a través de sus célebres programas de televisión, logró lo imposible: hizo que la música clásica fuera emocionante, incluso sexy. A Bernstein le ayudó tener el tipo: era un hombre sorprendentemente guapo, más parecido a una estrella de cine o un ídolo pop; ante la cámara, era increíblemente carismático. Además, fue un maestro natural, capaz de llegar a audiencias de cualquier edad y explicarles la música, ya fuera ésta contemporánea o de siglos atrás. Los niños y los padres lo amaban. No sólo tenía el mundo de la música clásica a sus pies, también el mundo de la cultura pop. De hecho, fue el primer director de orquesta nacido en Estados Unidos en alcanzar el estatus de superestrella mundial, y tuvo el carisma de sostenerlo y contagiar incluso a aquellos que no sabían o no les importaba la música clásica.

Hoy, ya nadie lo pone en duda: conocido cariñosamente como Lenny, Bernstein está entre los mejores directores en la historia de la música —al lado de Herbert von Karajan, Sergiu Celibidache, Ataúlfo Argenta o Carlo Maria Giulini. Su legado abarca las 400 grabaciones, donde quedaron registradas sus versiones de Haydn, Beethoven, Brahms, Schumann, Sibelius y Mahler. (Aclaro: particularmente notables fueron sus interpretaciones de las sinfonías de Mahler con la New York Philharmonic en los años sesenta, las cuales, en cierta medida, restauraron su reputación como compositor) Pero, también, en estos álbumes está su reconocimiento a varios de sus connacionales, como lo es Aaron Copland, Charles Ives o Gershwin.

Algo es cierto: desde la fundación oficial del músico están tirando la casa por la ventana. Desde septiembre del año pasado, prácticamente se llevan a cabo en todo el mundo occidental homenajes a su obra —bajo el título «Leonard Bernstein At 100»—, y así continuará hasta el verano siguiente. Así, ha habido reposiciones de sus tres musicales y sus tres óperas; se han tocado sus tres sinfonías; se han preparado programas de ballet con todas sus partituras para esta disciplina; se ha representado su poderosa Misa; también, se han sacado del baúl partituras poco conocidas. Además, están en camino dos películas biográficas: una con Jake Gyllenhaal en la piel de Bernstein, y otra protagonizada (y dirigida) por Bradley Cooper. Incluso se ha anunciado una nueva versión cinematográfica de West Side Story, tal vez la obra cumbre de su producción.

Asimismo, la editorial Siruela ha reeditado El maestro invita a un concierto, libro que condensa aquellos conciertos para jóvenes emitidos por la televisión estadounidense. Obviamente, los sellos Sony Classical, Warner y Deutsche Grammophon han actualizado su catálogo con ediciones especiales de su trabajo como pianista, director o compositor.

Para celebrar al genial, único y polifacético Lenny, en sus felices 100, escuchemos The Essentials.

También por spotify: https://open.spotify.com/album/6b9knIvYbO30eFK6XOeM5u

No había habido nadie como él anteriormente, y no ha habido nadie que lo iguale desde entonces.

Redacción AN

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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