“Todas las personas que recordamos somos nostálgicas”: Claudina Domingo
La escritora publica su poemario ‘Reconquista del Reino de Kaan’, obra que surgió después de un viaje por la Península de Yucatán.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
Todo empezó con un viaje por la Península de Yucatán. Ahí nació lo que hoy es Reconquista del Reino de Kaan, escrito por Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982) y por el que obtuvo el Premio Clemencia Isaura de Poesía en 2024. Dos años después, el título circula para todo público gracias a la edición de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Por medio de unos versos que apelan a un pasado y una herencia genética que la liga al sureste, la escritora nos lleva a través de un recorrido donde la memoria, la identidad, la sorpresa y la aventura, se convierten en el único equipaje que necesitamos.
¿Qué relación tienes con Reconquista del Reino de Kaan, poemario por el que ya ganaste el premio?
Tengo una relación muy amplia con este libro. Lo empecé a escribir antes de la pandemia. Entonces hice un road trip en ADO por muchos lugares de la Península de Yucatán. Mi papá nació en Chetumal, incluso he visto un acta de nacimiento donde se lee “Territorio confederado de Yucatán”. La idea del sur me interesa mucho y trabajé sobre eso después del viaje y durante la pandemia. El poemario se llama Reconquista del Reino de Kaan por una ironía, pues soy mestiza y realmente no puedo reconquistar nada a menos que sea de una forma poética.
¿Cómo se hace una conquista poética?
Cuando escribí Tránsito, publicado en 2011 y que fue muy celebrado, aprendí una técnica sobre cómo escribir poesía. Se me quedó muy grabada la importancia de ir a los lugares. No es que tome notas, simplemente pienso en lo que ahí ocurre. En 2020 cuando fui al sureste, visité los pantanos de Centla, alquilé un bote y la persona que lo conducía me llevó a un recodo donde me dijo: “aquí he visto a la nauyaca, pero solo de noche”, esa confesión la incluí en el poema.
Pero ese desplazamiento geográfico y físico va acompañado de recorridos vinculados con la memoria también.
Como te decía, mi papá es de Chetumal y mi mamá de un lugar en Guerrero llamado, Pilcaya. Tengo una herencia del sur y del sureste, pese a que nunca pasamos mucho tiempo en Chetumal. Sin embargo, cuando tenía dos años mi papá trabajaba en el periódico El Día, ahí la directora lo recomendó con Enrique González Pedrero, entonces gobernador de Tabasco y esposo de Julieta Campos. Mi papá, que era medio pobre, tuvo la oportunidad de ir a ese estado con un sueldo pagado. Estuvimos un sexenio así que parte de mi infancia la viví en Villahermosa. No sabía cuánto extrañaba su aroma hasta 2020 cuando regresé en aquel viaje.
En los primeros poemas del libro circula mucho la nostalgia, ¿te consideras cercana a este sentimiento?
Yo creo que todas las personas que recordamos somos nostálgicas, pienso en Jack Kerouac, a quien admiro mucho por su enorme capacidad para captar la oralidad. Últimamente he estado leyendo muchas biografías de Kerouac y sus biógrafos lo recuerdan como “the great remember”. Siempre dio mucho peso a la memoria y creo que a mi me gustaría ser algo parecido, sobre todo en mis trabajos de narrativa. Pero en el caso de este poemario intenté hacer algo intermedio entre ficción y poesía, para hablar también de mi herencia maya.
Kerouac fue también un gran viajero, ahí tienes otra conexión con él y tú libro.
Al principio planeé mi viaje solo viendo el celular. Tenía en mente recorrer la orilla de la península. Ahí tenía un par de amigos y una familia, pero en general iba un poco a la aventura. Hoy, no entiendo cómo me atreví a viajar por carretera en las condiciones del país. Una vez, recuerdo, mientras estaba en Uxmal, me asusté mucho porque no llegaba mi camión y así pasé muchas horas. Cerca de los pantanos de Centla me pasó algo parecido, pero bueno eso también nos pasa por chilangos.
¿Cambió tu relación la naturaleza la escritura del libro?
Cuando salí al road trip sólo tenía en mente escribir este libro, pero mientras estaba en los lugares todo me maravillaba. La Península de Yucatán es hermosa y uno de los poemas tiene que ver con los monos aulladores que vi en Palenque. Cuando caí en cuenta de que había escuchado a los monos aullares pensé que mi vida ha valido la pena por ese simple acto, a ese grado la escritura del poemario cambió mi relación con la naturaleza. De alguna manera fue mi regreso a Ítaca.






