‘Regime change in China’. Hong Kong ¿el nuevo Maidan?| Artículo
El sociólogo señala que por suerte la dirección del Partido Comunista de China ha entendido la seriedad de la subversión occidental y empieza a implementar las medidas necesarias para neutralizarla.
Foto: Flickr

Por: Heinz Dieterich 

1. Destruir el Partido Comunista de China

El más grave error que puede hacer el gobierno de China es subestimar el peligro de la subversión occidental en Hong Kong. No se trata de un asunto local, ni de libertades civiles, ni de democracia. Es una ofensiva estratégica de Washington para repetir el desmembramiento de Yugoslavia y de la Unión Soviética, y destruir al Partido Comunista de China (PCC), el único rival serio a nivel global que tiene la élite imperial de Estados Unidos. Por suerte para la humanidad, la dirección del PCC ha entendido la seriedad de la subversión y empieza a implementar las medidas necesarias, para neutralizarla. Esto implica romper con el Fascismo del Siglo 21 que levanta su cabeza en Estados Unidos.

2. Instrumentos e Idiotas útiles de la destrucción

La ofensiva de Washington está basada en el modelo subversivo occidental de regime change, conocido como “revolución de color”. Este tipo de subversión se basa teóricamente en cuatro fuentes: 1. los trabajos de Gene Sharp de la Albert Einstein Institution (AEI) en Nueva York; 2. las tesis del Center for Applied Noviolent Actions and Strategies en Belgrado (CANVAS); 3. los teoremas de la Social Identity Theory y, 4. las múltiples universidades de élite (Harvard, Columbia, etc.) y think tanks estadounidenses (Carnegie, Brookings, Rand), que sirven al complejo militar-corporativo imperialista a mantener su dominio global.

En términos operativos se basa en una red mundial subversiva financiada con recursos estatales y privados (Soros, corporaciones), que generalmente utiliza fachadas de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) o mediáticas. Esas ONGs –actualmente muy activas en la desestabilización del gobierno mexicano López Obrador y sin respuesta adecuada del gobierno– usan el newspeak propagandístico orwelliano, pretendiendo que actúan en defensa de los derechos humanos, de la democracia, del medio ambiente, de las poblaciones indígenas, de las mujeres, etcétera. Sus memes propagandísticos logran generalmente movilizar a los idiotas útiles de Occidente para defender los intereses de dominación y explotación de las potencias imperiales. En ese tipo de neuro-programación, disonancias cognitivas y hechos no cuentan, como ilustra bien el caso de Hong Kong.

3. Hongkongeses quieren democracia

Los manifestantes de la “Región Administrativa Especial de Hong Kong de la República Popular China” –que ni siquiera tiene el rango de una de las veintitrés provincias territoriales (shěng)– demandan, en nombre de la democracia, que la gobernadora Carry Lam renuncie y que se elija democráticamente al futuro gobernador. Cuando hablan de democracia piensan en la democracia liberal burguesa británica y estadounidense y hablan con un soberano desconocimiento histórico y actual de esos dos sistemas de dominación de las burguesías imperialistas más agresivas y sanguinarias de la historia. Olvidan, que fue la narco-democracia británica que a través de las “Guerras del Opio” impuso a China el cese de la roca Hong Kong, Victoria Harbor y Kowloon. Callan, que ambas democracias burguesas son responsables de millones de muertos en Irak, Siria, Yemen y Libia, para mencionar sólo algunas de las víctimas más recientes de sus guerras de agresión. Y olvidan que la llegada al poder de Carry Lam, comparada con la de Donald Trump, la hace parecer la Madre Teresa de la democracia, frente a Dangerous Donald.

4. Democracia a la Trump y a la Xi Jinping I

En la democracia ejemplar estadounidense, a unos doscientos y cuarenta años de su independencia, el pueblo aún no ha logrado conquistar el derecho de elegir libre y democráticamente a su monarca secular, que en la liturgia política burguesa se llama “Presidente”. Decir que Trump ganó las elecciones presidenciales de 2016 y, por eso, es presidente legitimo de la Unión América, es uno de los fake news (mentiras) más grandes del presente. Trump perdió las elecciones populares frente a Hillary Clinton por 2.868.686 (¡!) de votos. En porcentajes, Trump obtuvo el 46.1% del voto emitido y Clinton el 48.2%.

¿Cómo es posible qué en una democracia formal, donde las mayorías deciden, alguien que pierde por casi tres millones de votos, sea el ganador? La respuesta es doble. En primer lugar, la Constitución estadounidense no es modelada según los preceptos de la democracia griega, sino que es una copia de la máquina de dominación imperial de Roma. Por eso tuvo razón el gran historiador estadounidense William Appleman Williams, cuando en 1980 intituló su célebre ensayo sobre la política exterior de Washington como Empire as a Way of Life”.

En segundo lugar, el monarca secular estadunidense no lo eligen los ciudadanos, sino la oligarquía. Para ser más preciso, el oligárquico Electoral College (Colegio Electoral.

5. Democracia a la Trump y a la Xi Jinping II

El Colegio electoral estadounidense, que dio el triunfo al perdedor Trump, consta de unos 538 electores, que son nombrados por las élites de los estados de la República. Esos 538 personajes representan a la población total de la Unión Americana, unos 327 millones de habitantes. La razón de los fundadores de Estados Unidos, de no confiar en el voto directo de la plebe, sino sobreponerle una instancia oligárquica supervisora de última decisión, fue explicada por los founding fathers Alexander Hamilton, John Jay and James Madison, en los Federalist Papers (1788). En palabras de Hamilton: el modo de elegir el presidente debe conceder el último poder a “un pequeño grupo de personas…con mayor probabilidad de poseer la información y el discernimiento necesarios para investigaciones tan complicadas” y evitar la elección de cualquiera que “no tuviera en una escala eminente esas calificaciones necesarias” – “not in an eminent degree endowed with the requisite qualifications”. 

En un régimen imperial agrario-mercantil racista, basado en el esclavismo y la aniquilación de los pueblos indígenas, y con la masa de la población iletrada, el significado de este código normativo estaba fuera de duda: la nueva clase dominante blanca no entregaría el poder político a un sistema de democracia formal burguesa, es decir, al voto popular directo. Doscientos años más tarde, la democracia y el pueblo del “land of the free” siguen esperando, que la clase dominante le permite dar el paso de la democracia virtual a la democracia real.

6. Democracia a la Trump y a la Xi Jinping III

El Comité Electoral de Hong Kong, que elige el Chief Executive de esta “Región Administrativa Especial de Hong Kong de la República Popular China”, está compuesta por mil 200 personas que representan a los 7.4 millones de habitantes de esa anacrónica enclave pos-colonial de Her Majesty. Esos electores son escogidos entre 38 sectores que represan profesiones, el trabajo, empresarios, grupos sociales y organizaciones distritales, entre otros. Al comparar los indicadores de los dos procedimientos electorales queda claro el disparate cognitivo de los manifestantes que quieren la independencia de Hong Kong y la democracia de Londres. En el sentido de la democracia formal es mucho más democrático el sistema actual de Hong Kong que el de Estados Unidos, aunque el poder de la neuro-programación imperial no les permite entender a sus víctimas tal realidad objetiva.

7. China dice ¡Basta!

Beijing finalmente ha aceptado que no puede haber coexistencia y win-win situación con la potencia imperialista más agresiva del planeta. El principal estratega de Trump, el autor intelectual del Fascismo del Siglo 21, Steven Bannon, declaró el 6 de mayo en el diario del establishment, Washington Post, que la esencia de la política exterior de Washington debe ser la destrucción del Partido Comunista de China. El Editorial Board del New York Times coincidió el 22 de julio con esa directriz, externando que Trump debe hacer alianza con Rusia para neutralizar a China. Quieren dividir a Rusia y China, para liquidar a los dos. Operación que les funcionó durante la Guerra Fría. Ahora, sin embargo, la situación es cualitativamente diferente, por el poder de China y la calidad del liderazgo dialéctico-materialista del PCP.

8. Contra la “mano negra”-

Washington debe retirar su “mano negra” de las protestas anti-gubernamentales en Hong Kong, demandó el gobierno chino y el Ministerio de Defensa desenmascaró en un White Paper (documentación) la supuesta “guerra comercial” de Trump con las siguientes palabras. Estados Unidos “promueve la innovación tecnológica e institucional para lograr la superioridad militar absoluta” y socava la “estabilidad estratégica global” con sus fuertes inversiones en capacidades nucleares, guerra cibernética, espacial y misiles anti-aéreos. En respuesta a esta política, China convertirá sus Fuerzas Armadas (PLA) en una fuerza de combate de “calidad mundial”.

9. Washington ya perdió la guerra

Cuando Deng Hsiao Ping inició la política de “reforma y apertura” (1978), le dijo a los militares que el Estado solo tenía dinero para la modernización económica. Que ellos debían conseguir sus propios fondos. El corolario de política exterior correspondiente fue evitar cualquier conflicto serio con Washington. El presidente Jiang Zemin revocó esa política y el presidente Xi Jinping comenzó a modernizar al Ejército de Liberación del Pueblo (PLA), consciente de que no se podía confiar en Washington. Hoy día, la fuerza militar más poderosa de la tierra es la de Rusia y la estrecha alianza sino-rusa garantiza, que Washington no puede lograr su objetivo declarado. Más, cuando ya perdió la guerra económica. De ahí, que la renovada agresión de Washington en Hong Kong, Taiwan, Xinjiang y Tibet, no tiene ninguna posibilidad de triunfar.

Maidán, el regime change en China y la Revolution of our Time, que los conejos experimentales de la revolución de color en Hong Kong pintaron en la legislatura de la zona especial, con seguridad no se producirán.

Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de la situación en México, donde no hay conciencia ni organización para bloquear a los revolucionarios de color.








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