Los caminos de la mente son como Oliver Sacks pensaba
En su libro póstumo ‘El río de la conciencia’, el investigador británico nos invita a recorrer el cerebro humano.
(Anagrama).

Por Héctor González

¿Quién no ha tenido la sensación de un tropiezo o de una caída cuando sueña? Mientras dormimos la percepción del episodio se puede extender por uno o varios minutos, pero la verdad es que el flashazo no rebasa el segundo de duración. Lo que sucede es que la plasticidad de la mente es tal que nos puede hacer creer cualquier cosa.

A lo largo de su carrera, Oliver Sacks (1933-2015) se dedicó a estudiar y difundir el funcionamiento del cerebro y su impacto en nuestro comportamiento. Poco antes de morir, el neurólogo británico comenzó a preparar lo que ahora se publica bajo el nombre de El río de la conciencia (Anagrama).

Conformado por ensayos y conferencias publicadas e impartidas en varios lados, el título coloca su foco de atención en las particularidades de nuestra mente. Nos lleva a 1837, año en que Darwin bosquejó un árbol de la vida y encontró que las plantas y los seres humanos compartimos 70% de adn y que corresponden a la selección natural aquellos rasgos que nos hacen únicos. Gracias a su descubrimiento, años después se sabría que las neuronas de una medusa son muy parecidas a las de nosotros. Lo que nos separa de la especie marina es la cantidad -ellas tienen unas mil y los humanos cien mil millones-, así como la capacidad de conexión neuronal.

El objetivo de los textos es mostrar la complejidad del cerebro humano. Retoma el famoso experimento del neurofisiólogo Benjamin Libet, quien en la década de los setenta detectó que ciertas señales cerebrales anticipan un acto de decisión. Es decir, antes de que seas consciente de si girarás a la derecha o izquierda, el cerebro ya lo sabe.

En su momento, el experimento de Libet despertó mucha controversia porque especialistas como Antonio Damasio se agarraron de ahí para decir que la libertad no existe, Oliver Sacks, no obstante, va más allá y reflexiona acerca de la plasticidad que implica pensar y decidir.

Echa mano de Gerald Edelman y su modelo neurobiológico de la mente. El biólogo neoyorquino y Premio Nobel de Medicina en 1972 propuso que el papel central del cerebro es la construcción de categorías perceptivas y conceptuales. Cada percepción es creación y cada recuerdo recreación. Sacks añade que en estas construcciones intervienen también elementos biológicos y genéticos.

Nuestra mente funciona como una cámara

“La memoria no surge solo de la experiencia, sino del intercambio de muchas mentes”, afirma. Defiende la idea una memoria maleable en la que caben fenómenos como la criptomnesia que consiste en citar como propias ideas ajenas y conocidas tiempo atrás. Por su puesto hay una relación con el plagio, con la diferencia de que al plagio lo define la apropiación de manera premeditada, no de forma inconsciente como sucede con quienes padecen criptomnesia.

Una vez que Sacks coloca en primer plano la complejidad del cerebro comienza a merodear por sus motivaciones y los mecanismos nerviosos que las ocasionan. A pesar de celebrar las aportaciones de Sigmund Freud a la neurociencia, cuestiona la injerencia de inconsciente y prefiere hablar de la manera en que nos entrenamos a nivel intelectual. “La educación muy rígida puede destruir la mente activa de un niño”, escribe para más adelante ponderar la importancia de la libertad entre menores como motor de la creatividad.

Al decantarse por incitar a la comprensión en lugar de la mecanización, Oliver Sacks compara nuestra mente o percepción del mundo con el funcionamiento de una cámara de cine. Cada plano, zoom o movimiento, ejemplifica la forma como nos movemos por el mundo. “Somos los directores de nuestra película”, nos dice. Corresponde al cerebro en articular la narrativa y dar continuidad al cúmulo de percepciones que vamos recogiendo por medio de la memoria y la experiencia.

Así como lo hizo con Despertares o Musicofilia, una vez más Oliver Sacks nos lleva por los intrincados senderos de la comprensión humana, pero lo hace con una sencillez que a muchos académicos y políticos más les valdría aprender. La ligereza de su escritura y la facilidad con que se da a entender no nos obliga más a quitarnos el sombrero y darle las gracias.

Oliver Sacks. El río de la conciencia. Anagrama. Trad. a Alou. 223 pp.

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