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Colombia y su voltereta extrema | Especial Connectas

El triunfo del derechista Abelardo de la Espriella en Colombia plantea la llegada al poder de otro presidente de mano dura contra la delincuencia y la subversión. ¿Qué significa en el contexto latinoamericano? ¿Qué espera a un país tan complejo bajo la presidencia de un político que se promocionó como el Bukele colombiano?

  • Redacción AN / MDS
25 Jun, 2026 02:42
Colombia y su voltereta extrema | Especial Connectas


Por Suhelis Tejero Puntes / CONNECTAS*

La segunda vuelta electoral en Colombia mostró un país dividido en dos mitades casi con precisión quirúrgica. El apretado triunfo del derechista Abelardo de la Espriella ante el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, crea un escenario de gobernabilidad complejo que se suma a los retos que ya enfrentaba el país. Con su promesa de “mano dura” –al estilo del presidente salvadoreño Nayib Bukele– quiere restaurar el orden y confrontar el crimen organizado, la creciente violencia y el deterioro de la seguridad urbana.

De la Espriella tiene una retórica clara: cero tolerancia con los criminales, megacárceles y una estrategia militarista para poner fin a una violencia que se oxigenó en medio de la “Paz Total” del presidente saliente Gustavo Petro. Además, se suma a la alianza de mandatarios latinoamericanos que no solo no esconden su sintonía con Donald Trump, sino que la proclaman.

“A los narcotraficantes, a los terroristas, a los secuestradores, a los extorsionadores, a los corruptos que se roban los recursos, les notifico que Colombia vuelve a tener gobierno y Estado. Todos esos bandidos serán perseguidos sin tregua en el marco de la Constitución y las leyes de la república. Serán buscados, capturados, juzgados y responderán por cada crimen cometido contra nuestro pueblo y nuestra nación porque la paz verdadera no nace de la impunidad. La verdadera paz nace de la justicia”, dijo De la Espriella tras conocerse los resultados del preconteo.

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El nuevo presidente gobernará a partir del 7 de agosto en un escenario complejo a nivel nacional y hemisférico. Para los expertos consultados por CONNECTAS, enfrentará un panorama interno sembrado de limitaciones institucionales y legales que frenarán sus intenciones de gobernar con Washington, pero sí habrá golpes de efecto contra el crimen organizado. Y hay un factor adicional: su clarísima sintonía con el presidente Trump, quedará subordinada a los potenciales cambios políticos que ocurran en Washington en las elecciones del Congreso, en noviembre.

Discursivamente, el proyecto De la Espriella opera como un satélite político del poder estadounidense. Glaeldys González, experta del think tank International Crisis Group, señala su perfecta alineación con las prioridades antinarcóticos de la Casa Blanca y con su deseo de incidir abiertamente en sus procesos políticos. La experta da por sentado que habrá cooperación en intercambios de inteligencia y una participación activa de Washington en la estrategia de seguridad. También, prevé operaciones militares conjuntas con Estados Unidos en territorio colombiano, como sucede actualmente en Ecuador y Venezuela. “No necesariamente los veremos haciendo operativos unilaterales. Ahí sí puede haber una reserva no solo por el aspecto legal sino por el rechazo que pueden levantar en la opinión pública”, dice.

Pero esa sintonía con la Casa Blanca, que a primera vista parece una ventaja para los planes de De la Espriella, puede ser justamente su punto más vulnerable. Luis Fernando Trejos, profesor en la Universidad del Norte, reconoce que ese espaldarazo político será tangible cuando se reactiven los canales de cooperación ahora rotos por los impasses entre Petro y Trump. Pero advierte que el presidente electo, para apalancar su proyecto de seguridad,  también necesita el apoyo del Legislativo. “Hay que recordar que en Estados Unidos también hay unos procedimientos que tendrán que pasar por el Congreso y ese resultado mágico que se promete en campaña de recuperar los problemas de seguridad, pues no va a ser tan así”, explica.

Y eso plantea, según la politóloga Sandra Borda, una gran incógnita para una administración tan alineada con Trump. “A veces se pierde un poco de vista porque hay gente que dice, ‘bueno De la Espriella va a tener dos años magníficos porque es muy cercano al gobierno de Estados Unidos y está muy matriculado en este grupo MAGA’ y demás. La pregunta es qué va a pasar después de noviembre cuando cambie la composición del Congreso en Estados Unidos”, resalta. 

De hecho, los comités de apropiación de ese órgano son los encargados de aprobar y canalizar la cooperación militar con Colombia y todo indica que el péndulo parlamentario, ahora del lado republicano, oscilaría hacia el demócrata. 

Pero otros expertos creen que, en ese escenario hipotético, puede haber un comodín regional: que De la Espriella logre unificar el creciente movimiento de derecha en América Latina en torno a su figura. Hay un viraje profundo en la región con liderazgos fuertes que basan su estrategia de seguridad en la política de “mano dura”, como el salvadoreño Bukele, el ecuatoriano Daniel Noboa, el argentino Javier Milei, el chileno José Antonio Kast y, posiblemente, la peruana Keiko Fujimori. Este panorama le puede ofrecer a De la Espriella una base ideológica más allá del ciclo electoral estadounidense. “Le va a dar un respaldo a lo que quiera seguir adelantando en Colombia, independientemente de quiénes estén en Estados Unidos o no”, afirma González.

El complejo panorama interno

Dentro de Colombia el escenario es mucho más complejo. De la Espriella promete restablecer inmediatamente el orden por medio de operaciones militares masivas contra los líderes criminales. Para Gerson Arias, investigador de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), la estrategia es un atajo político brillante con una probabilidad de éxito muy alto para una narrativa de corto plazo, pero estructuralmente es insuficiente para resolver el conflicto armado en los términos actuales. 

Del otro lado de la moneda están los elevados costos, no solo económicos, de las operaciones de este tipo. Arias se refiere a los conflictos sociales, la resistencia campesina de las zonas cocaleras y las afectaciones humanitarias de una política militarista. De ahí que considera que los resultados de la “mano dura” terminarán siendo pobres a largo plazo. El investigador de la FIP destaca que la economía cocalera tiene un impacto muy profundo en la vida de esas comunidades y también en su movilidad social. “Si tú frenas eso, lo que vas a encontrarte no es solo una movilización de esos campesinos, sino de unos territorios que piensan que gracias a esta coca, el dinero circula. No estoy diciendo que esté bien. Lo que digo es que al final del día es la cruda realidad”, dijo a CONNECTAS.

Esa economía cocalera tiene su lado siniestro en el sometimiento que imponen los grupos armados sobre las comunidades campesinas. Arias señala que las estructuras criminales han evolucionado hacia modelos más descentralizados y horizontales, así que la lucha contra estas organizaciones se enfrenta en un obstáculo operativo: la capacidad real del Estado. Agrega que en la actualidad los grupos armados y las disidencias manejan drones rudimentarios de bajo costo que aumentan sus posibilidades de defenderse contra un operativo militar.

A este escenario se suma la necesidad urgente de aumentar la inversión en seguridad y defensa del Estado colombiano, que Petro se encargó de desinflar en los últimos años. Arias calcula que la capacidad de movilidad, armamento y municiones está a solo en el 46%, mientras que casi el 40% de la flota aérea está fuera de servicio. En ese sentido, Trejos asegura que una ofensiva militar masiva se estrellaría contra ese muro, así que De la Espriella tendría muy complicado abrir siete u ocho frentes de guerra a la vez sin colapsar sus propias estructuras de defensa. No le quedará más remedio que priorizar territorios y enemigos.

Y, para rematar, tanto los grupos armados como el ELN y las disidencias de las Farc, como otras organizaciones criminales, han sabido explotar el vacío dejado por el Estado colombiano en amplias áreas del territorio. No solo utilizan la violencia, sino también ejercen presiones directas sobre gobiernos locales, como las juntas de acción comunal, que suelen movilizar a los campesinos, que no solo bloquean vías, sino que llegan al extremo de “secuestrar” a los soldados que intentan desarrollar operaciones de erradicación de cultivos ilícitos.

En un escenario así el problema consiste en saber hasta dónde llegará De la Espriella con su política de tolerancia cero. Borda vaticina que la mayor actividad represiva terminará con más encarcelamientos, menor tolerancia ante las actividades ilegales y, lo más riesgoso, la recuperación del control territorial mediante la fuerza. Y esas posibilidades provocarían graves consecuencias, como violaciones de derechos humanos y tensiones con los países vecinos ante el desplazamiento de los grupos criminales a zonas fronterizas.

Como sea, el éxito o fracaso de la administración de Abelardo de la Espriella no se medirá por la estridencia de su retórica ni por la espectacularidad de los golpes de efecto iniciales. El verdadero desafío estará en su capacidad para transitar de la narrativa de campaña a la compleja carpintería de la gestión social y política. Y al laberinto interno se suma una dependencia geopolítica provocada por la sintonía ideológica con Trump y su respaldo político desde la Casa Blanca. Factores que podrían dejar a De la Espriella subordinado al humor de un Congreso estadounidense que posiblemente cambie en pocos meses.

Pero Trejos cree que, en el fondo, la metáfora de la bicicleta estática terminará definiendo al nuevo gobierno, tal como ha ocurrido con otras presidencias colombianas: “Algunos gobiernos pedalean más que otros, o sudan más que otros, pero la bicicleta sigue en el mismo punto. Un esfuerzo descomunal con resultados inciertos”. Romper ese ciclo requerirá de una política milimétrica, en un país ahora dividido a la mitad, para no profundizar la herida provocada por la violencia.

 

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