‘La escritura es mi columna vertebral, mi razón de ser’: Elena Poniatowska
La autora de ‘El amante polaco’, reconoce que el presidente se equivoca al dividir al país entre fifís y no fifís.
(Redacción AN).

Por Héctor González

La vida de Stanislaw Poniatowski era una vieja deuda para Elena Poniatowska (París, 1932). Su historia como rey de Polonia y eterno enamorado de Catalina la Grande, es una de las columnas que sostiene El amante polaco (Seix Barral), novela que la ganadora del Premio Cervantes 2013, publica en dos tomos.

A través de una profusa investigación y una prosa ligera e híbrida, la narradora deja ver la vida en la ciudad de México durante mediados de siglo XX. Su propia biografía se convierte así en otro de los hilos con los que se teje uno de sus títulos más personales.

El amante polaco es un libro robusto, dividido en dos tomos y escrito en dos tiempos. A los 87 años ¿de dónde saca energía para escribir?

Escribir consiste en sentarse frente a una pantalla, tampoco se trata de subir el Popocatépetl, aunque bueno ya voy a cumplir 88 años. He tenido mucha suerte. Mucha de la gente que he amado ya murió, como mis grandes cuates, José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis o Rosario Castellanos, cuya vida se truncó cuando apenas tenía por ahí de cincuenta años. Toco madera.

Creo que la novela le debe mucho a su trabajo periodístico. Hay mucha investigación sobre su familia y también sobre la ciudad de México de mediados de siglo.

Llegué aquí a los diez años. No me sabía que mi mamá tenía vínculos con México, ella nació en París. Aquí me encontré con el país que sería mi casa para toda la vida y del cual no me voy a ir hasta que me muera.

¿Por qué sintió la necesidad de escribir este libro ahora?

Sentí ganas de saber de Polonia y de lo que había sucedido. El rey Stanislaw Poniatowski nació en 1732 y yo en 1932, es decir 200 años después. Leí sobre él y me cayó bien porque era querendón, culto, gran lector y se enamoró perdidamente de Catalina la Grande, mientras que ella con tal de quitárselo de encima lo hizo rey de Polonia.

¿Había una curiosidad también por saber algo más sobre su origen?

Sí, deseaba aclarar algunas cosas para ir comprender mi origen. Después de la Segunda Guerra Mundial mi padre tuvo la posibilidad de regresar a Francia, pero prefirió quedarse en México, entre otras cosas porque este país es deslumbrante. Además, mi mamá se apellida Amor y tenía raíces mexicanas, provenía de familias de hacendados. Lázaro Cárdenas les quitó sus tierras en Morelos y en Querétaro.

Después de un origen aristocrático a usted le dio por la militancia social.

El origen aristocrático no sirve para formar personalidad, en dado caso sirve para aprender buenos modales.

¿Qué dudas despejó con esta novela?

No creas que tenía tantas dudas.  Quería aprender sobre esa época. Descubrir cómo se comportaba la gente, la vida de las naciones y las leyes. Doscientos años después siguen los problemas de fronteras, tierras y límites. A Polonia se la repartieron Prusia, Rusia y Austria. Algo parecido a lo que sucedió en México. Aquí, Estados Unidos se quedó con parte de nuestro territorio. Nos separa un río grande, pero a la vez el poder norteamericano atrae a muchos mexicanos.

¿Qué extraña del México de mediados del siglo XX?

La colonia Juárez me encantaba, era porfiriana. Había casas con torreones, yo misma viví en una casa de ese estilo en la calle de Berlín. Mi madre vivió en el centro, cada mañana podía ver la Catedral desde su ventana. Le tocó ver al Hombre araña treparse por los edificios. Creo que la ciudad ha mejorado mucho. A mi llegada de Francia era común ver niños descalzos en la calle, cosa que me entristecía mucho.

¿La necesidad de escribir no ha bajado con el tiempo?

No, la escritura es mi columna vertebral, mi razón de ser. Soy como usted, periodista y ando mi grabadora por todas partes. Sigo haciendo entrevistas y artículos. Apenas murió Minerva Margarita Villarreal, me dolió mucho y tal vez escriba algo.

Ha visto morir a varios de sus amigos. ¿Qué piensa de la muerte?

No me gusta. Cada que muere un amigo siento un golpe fuerte. Imagínate, Monsiváis era mi consejero. A las siete de la mañana, después leer los periódicos, nos hablaba a Marta Lamas, Iván Restrepo y a mí, extraño mucho su capacidad de información. Extraño a José Emilio Pacheco, quien siempre avisó que se iba a morir y nosotros le decíamos ‘ay, ya cállate’.

¿Qué le habría dicho Octavio Paz cuando ganó el Cervantes?

No sé, creo que le habría dado gusto. Cuando dieron la noticia, García Márquez vino con su chofer a mi casa. Aunque ya no hablaba mucho, me trajo un ramo de rosas amarillas, como las que le gustaban. No se estacionó frente a la casa, sino un poco más adelante porque había gente afuera de casa. Fui hasta su coche a verlo. En otro tiempo venía a comer y se sentaba en el sillón donde ahora estoy. Sus hijos fueron dueños de dos casas cercanas donde vivieron hijos de Salvador Elizondo y del propio García Márquez. A él nunca se le subieron los premios. Manejó su automóvil mientras pudo, sabía escuchar, sonreía mucho. Recuerdo que me preguntaba si me gustaba el pantalón que llevaba puesto. No era pretencioso en su conversación.

¿A quién si le subió?

Supongo que a otros, la cuestión con García Márquez es que no era un intelectual. Además, yo tuve una amistad cercana con todos de modo que conmigo eran muy normales.

¿Rulfo?

Rulfo era un encanto. Además, era alguien muy visible. Iba al mismo café todas las tardes. Aunque sí era un poco osco, le gustaba observar que clase de cucaracha eras y no le gustaba la fama. Lo conocí antes de que publicara El llano en llamas. Caminábamos por el Paseo de la Reforma.

¿A Carlos Fuentes le gustaba la fama?

Fuentes alcanzó tal celebridad aquí, que dejó de tener tiempo para escribir.  Lo invitaban a todos lados, por eso pasaba mucho tiempo en Londres. Creo que habría estado mejor que se fuera a España, mira que bien le fue ahí a Mario Vargas Llosa, hasta ganó el Nobel.

¿Usted nunca pensó en irse de México?

Nunca. Regresé a Francia alguna vez y me la pasé bien. Di cursos de cuatro meses en Estados Unidos, pero siempre volví.

Conoció a Carlos Salinas de Gortari…

No tuve mucha relación con él. Alguna vez nos dedicó una comida a Monsiváis y a mí. La organizó Iván Restrepo, estaban también Héctor Aguilar Camín y Consuelo Velázquez. Creo que por sugerencia de Aguilar Camín quiso festejar la publicación de mi novela sobre Tina Modotti, Tinísima. Aquella ha sido la única vez que he ido a Los Pinos, quisiera ir ahora para ver cómo quedó.

¿Qué impresión le dio Carlos Salinas?

Cuando fue eso, creo que llevaba cuatro meses en el poder así que estaba de buen humor. Su mirada era la de alguien inteligente.

¿La mirada de Andrés Manuel López Obrador cómo es?

Yo amo a Andrés Manuel, así que lo juzgo a partir del gran cariño que le tengo. Siento que esta muy preocupado por la situación de la gente que no tiene nada.

Ahora el país está muy polarizado, ¿cómo salir de esto?

Sí, para ser honesta creo que no se debe dividir al país entre fifís y no fifís.

¿Ahí se equivoca el presidente?

Sí, en el uso de esa frase, sí.

¿Nunca ha pensado en jubilarse?

Tengo diez nietos, tres hijos, tengo una vida amorosa familiar muy grande, pero me parece una bendición llegar a mi edad con un trabajo y con la posibilidad de ser solicitada.

¿Cómo va su fundación?

Uy, es un problema porque necesita recursos. No sabía que era tan difícil conseguir apoyos. Las universidades norteamericanas piden documentos, manuscritos o cartas. A mí me lo pidieron Princeton y Stanford. Mi hijo Felipe prefirió que se quedaran en la fundación, pero es muy difícil sostenerla a pesar de que ahí se han hecho muchas presentaciones.

¿Escribe todos los días?

Sí, es mi oficio. Leo, escribo, veo las noticias, trato de mantenerme informada. El periodismo es una droga. Cuando esa víbora pica, no hay remedio en la botica.

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