opinión*
Conacyt y los (necesarios) cambios de paradigma
por Julio Moguel
Foto: Ciencia UNAM

Julio Moguel

I

Elena Álvarez-Buylla, próxima titular del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), presenta sus ideas y proyectos con una claridad inusual, marcando una ruta expresa “contra el neoliberalismo” en todos y en cada uno de los ítems que competen a su agenda de trabajo para el próximo sexenio. “En el entorno neoliberal –nos dice Álvarez-Buylla en una entrevista reciente (La Jornada, 25 de agosto)– […] está el énfasis de hacer del conocimiento una mercancía más. Se iguala protección con privatización. Hay que repensar otras formas de apropiación social de esa tecnología y ese conocimiento. Pienso que podrían ser empresas solidarias, sociales, nacionales, revitalizar industrias destruidas por el neoliberalismo que necesitan una base científica y tecnológica.”
Con la significativa consideración complementaria: se trata de “construir ambientes de solidaridad y diálogo, así como de la inclusión de los saberes ancestrales de los pueblos originarios y de un mayor papel de las humanidades y las ciencias sociales en la solución de los grandes problemas nacionales”. Y agrega: “Vamos a cambiar un modelo de competencia a ultranza a un modelo de cooperación y solidaridad sustancial, un poco aprendiendo de nuestros pueblos originarios que hacen tequio para todo y así resuelven los problemas. Los propósitos comunes nos llevarán a converger, mientras que esta competencia a ultranza muchas veces nos lleva a simular, incluso a caer en fraudes”.
La terminología es sencilla y directa; no hay en su exposición retóricas implantadas. Tiene una clara visión contra la ciencia y la tecnología “mercantilizada”, y se atiene a principios tales como el de la “solidaridad sustancial” (conviene recoger el término, para ubicarlo en los niveles ya cuajados de la igualdad sustantiva, y también para desprenderlo en definitiva del uso que se le dio al término de solidaridad desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari).

II

La perspectiva planteada por la futura titular de Conacyt tiene, a diferencia de algunas definiciones o declaraciones de otros funcionarios del nuevo gobierno –muchas de ellas más “sectorializadas” y especializadas–, un impacto directo o indirecto en casi todos los campos de intervención de la nueva administración gubernamental. Con la obviedad de lo que implica o lo que pudiera implicar en la transformación de todo el sistema educativo, pero también en la transformación de todo el sistema de valores, principios y creencias sobre el que descansa el modelo científico “aplicado” en el desarrollo del país.
Este último es, desde la perspectiva de la misma funcionaria, fuertemente mercantilizado y ajeno en mucho a los saberes de los pueblos y comunidades indígenas de México, a los que se les niega valor y “pertinencia” en su función reproductiva y en sus capacidades y posibilidades de ofrecer alternativas para un “otro desarrollo”, distinto cualitativamente al que proyecta la visión neoliberal.
Por ello es que –siempre en la perspectiva de lo planteado por la futura directora de Conacyt– habrá que apoyar en especial “la ciencia de frontera”, emergente no sólo ni fundamentalmente en y desde los espacios académicos institucionalmente “validados”, sino desde aquellos multiplicados y variados espacios y reductos en los que a lo largo y ancho de la patria se forja y robustece, contra viento y marea, la sabiduría popular.

III

El tema no es menor y se ubica muy sensiblemente en las grandes disyuntivas que se juegan hoy por hoy en el “desarrollo agropecuario”, de cara a los retos planteados por la nueva administración federal. Un autor en particular –quien debe ser estudiado seriamente dentro de nuestros propios requerimientos de renovación teórica y de cambio de paradigmas–, Thierry Linck, muestra en uno de sus textos el sentido de esa disyuntiva-eje del proceso de transformaciones que se perfilan con el nuevo gobierno:
1. Por un lado, el modelo técnico-científico que domina “el sistema agroalimentario […], caracterizado por una producción extremadamente centralizada de saberes y de medios técnicos destinados a la agricultura, tanto por su difusión rápida ligada a la unificación planetaria del mercado. Su modelo es fundamentalmente disociativo: se basa en una simplificación extrema de los ecosistemas por el empleo de máquinas y de productos preelaborados, en condiciones en que lleva a la especialización […], disocia a la agricultura de la biodiversidad, la producción de animales y vegetales, las producciones agrícolas y alimentarias, la concepción y uso de los saberes y de los medios técnicos.”
2. Por otro: el modelo “[…] que reposa sobre una construcción colectiva del potencial genético de las variedades locales, sobre una gestión colaborativa y descentralizada de reserva de semillas, y sobre una lógica de manejo colectivo de saberes y genes. El modelo subyacente revela un principio de coevolución de los saberes, de las variedades y de los medios o entornos del cultivo.” En este último modelo, los saberes (campesinos, indígenas, populares) se convierten –agregará Linck en su posicionamiento– “en una parte íntima y propia del entreveramiento de los flujos y procesos que estructuran los ecosistemas”, de tal forma que “no pueden disociarse de lo vivo mismo”.

IV

Perder este sentido de las realidades “intangibles” a las que remite la inscripción “íntima” de los saberes locales en los procesos reproductivos de la economía campesindia es una de las vías más robustas por las que el capital produce su empobrecimiento, ninguneo, desposesión. “Extirpar” esos saberes para darles una marca o un sentido genérico y un “manejo” homogéneo en el mercado globalizado es propio de dicha tarea –muy moderna, sin duda– de expoliación.
Por ello, las perspectivas planteadas por Elena Álvarez-Buylla, futura directora de Conacyt, abren un horizonte de posibilidades constructivas de gran calado en un terreno que, bien podemos identificar, vive o se mueve desde hace décadas en un desarrollismo castrante que sólo produce nuevos y más profundos niveles de miseria ecosistémica y desigualdad.

Julio Moguel

Economista de la UNAM, con estudios de doctorado en Toulouse, Francia. Colaboró, durante más de 15 años, como articulista y como coordinador de un suplemento especializado sobre el campo, en La Jornada. Fue profesor de economía y de sociología en la UNAM de 1972 a 1997. Traductor del francés y del inglés, destaca su versión de El cementerio marino de Paul Valéry (Juan Pablos Editor). Ha sido autor y coautor de varios libros de economía, sociología, historia y literatura, entre los que destacan, de la editorial Siglo XXI, Historia de la Cuestión Agraria Mexicana (tomos VII, VIII y IX) y Los nuevos sujetos sociales del desarrollo rural; Chiapas: la guerra de los signos, de ediciones La Jornada; y, de Juan Pablos Editor, Juan Rulfo: otras miradas. Ha dirigido diversas revistas, entre ellas: Economía Informa, Rojo-amate y la Revista de la Universidad Autónoma de Guerrero.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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