Alrededor de las 7 de la tarde del 28 de enero, tres días y dos noches después de haber salido desde Nogales, los camiones cruzaron las rejas de la estación migratoria. Betancourt y el resto de los pasajeros descendieron con los pies adoloridos e hinchados por el tiempo que duraron sentados. Tras registrar sus nombres y huellas dactilares, los agentes migratorios les expidieron un documento que les permitía tramitar el estatus de refugiado en Tapachula o abandonar el país, en un tiempo máximo de diez días.
Ahí, Betancourt agregó, los oficiales simplemente le dijeron: “Váyanse de aquí. Resuelvan”.
De acuerdo con el activista local Luis Villagrán, Tapachula es el “centro neurálgico de la migración en América”, un territorio donde las rutas de personas en contexto de movilidad provenientes de todos los continentes se enfrentan a controles migratorios militarizados.
Por décadas, la ciudad de 400 mil habitantes ha servido como puerta de entrada desde el sur del continente hacía el norte, para ciudadanos de países Centroamericanos que huían de los conflictos armados de finales del siglo XX en y, en años recientes, de las sequías, precariedad económica y el asedio de las pandillas transnacionales. Tapachula también se convirtió en el punto de acogida para cientos de miles de migrantes de Sudamérica y alrededor del mundo, que a lo largo de la última década, han atravesado la selva del Darién para buscar refugio en los países del norte.
Frente a este flujo, los gobiernos de Estados Unidos y México respondieron con estrategias, cuyo objetivo es frenar el avance de las personas hacia el norte mexicano y la frontera estadounidense, convirtiendo a Tapachula en el muro de contención de lo que los especialistas definen como una “frontera vertical”. En 2014, México puso en marcha el Programa Frontera Sur, el cual multiplicó los retenes migratorios en los estados del sur del país e intensificó las deportaciones de centroamericanos, todo respaldado con presupuesto estadounidense.
Cuatro años después, la primera administración de Trump devolvió a casi 70 mil migrantes no mexicanos a territorio nacional mientras aguardaban sus audiencias de asilo en Estados Unidos, bajo el esquema conocido como “Quédate en México”. Washington también presionó al gobierno mexicano para acelerar las deportaciones bajo la amenaza de imponer aranceles comerciales.
“Ahí fue cuando comenzamos a ver por primera vez que personas de nacionalidades de terceros países eran devueltas a México”, dijo Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración. “Una vez que abres esa puerta, pueden pasar muchas cosas… empiezas a normalizarlo”.
El gobierno de Joe Biden suspendió el programa “Quédate en México”, argumentando graves violaciones a los derechos humanos, pero después de que los encuentros con migrantes en la frontera sur de Estados Unidos aumentaron notoriamente a finales de 2023, las autoridades mexicanas comenzaron de manera repentina a transportar en autobús y de manera masiva a los migrantes aprehendidos en el norte de México a las ciudades ubicadas en la frontera sur, a los cuales los migrantes llamaron “ciudades cárcel”.
Actualmente, la administración de Trump condena a cientos de ciudadanos de terceros países a expulsiones mensuales, a la ya establecida infraestructura de confinamiento en la frontera sur de México.

A tan solo ocho kilómetros de la frontera entre México y Guatemala, Tapachula se ha transformado en un punto de confinamiento para miles de migrantes y deportados. (Crédito: Georgina Pease).
Escapando la ciudad cárcel
Varado a la orilla de una carretera oscura en las afueras de Tapachula y bajo la sombra de la mayor estación migratoria de América Latina, Betancourt recordó que los agentes del ICE habían difundido un rumor falso en el aeropuerto Mesa Gateway de Arizona, de que en México se les les otorgaría asilo, esto con tal de que aceptara su deportación a territorio mexicano.
“Al final le venden un sueño que no existe”, dijo.
Betancourt y Maldonado tomaron un transporte público al centro de la ciudad, donde las tiendas estaban cerradas y las calles desiertas.
Se refugiaron en un hotel de paso en donde dividieron la tarifa de una habitación económica. Mientras Betancourt sobrevivía gracias a los envíos de dinero que su esposa y sus hermanos enviaban, otros, que como él fueron expulsados, carecían de respaldo familiar o no podían recibir envíos internacionales porque no tenía documentos de identidad. (En el caso de Betancourt, sus familiares le enviaron por correo hasta Tapachula su documentación venezolana ya vencida).
“Hay quienes quedan en absoluta vulnerabilidad sin un centavo en el bolsillo, sin amigos, sin red de apoyo, sin tener que comer o dónde dormir”, expresó Betancourt.
Los días se convirtieron en semanas, mientras tanto Betancourt iba y venía a las oficinas estatales y federales en Tapachula, buscando una salida del laberinto burocrático.
“Las respuestas son todas esquivas, todas genéricas. No hay resolución, no hay compromiso, no hay respuestas específicas”, agregó Betancourt.
Las autoridades le ordenaron a tramitar la solicitud de refugio. Solo en caso de ser aprobada, lo cual tardaría más de un año, podría abandonar Chiapas, el estado más lejano del país. Si la aplicación era rechazada, estaría obligado a reiniciar todo trámite con la expectativa de obtener un fallo favorable.

Personas en contexto de movilidad hacen fila desde las 7 de la mañana. afuera de la oficina del Instituto de Migración en Tapachula el 25 de marzo. (Crédito: Georgina Pease)
Denisse Lugardo, directora de Relaciones Internacionales y Desarrollo Transfronterizo del Ayuntamiento de Tapachula, indicó que la dependencia notó las primeras transferencias de ciudadanos de terceros países procedentes de Estados Unidos en camión a comienzos de febrero, apenas unos días después del arribo de Betancourt.
“Los deportados extranjeros no estaban en el panorama de México”, dijo Lugardo en una entrevista realizada en marzo. “Tampoco Comar, ni migración han hecho nada por ellos”, agregó, refiriéndo a las autoridades federales.
“Los dejaron aquí abandonados”, declaró el activista local Villagrán, quien ha pasado largas horas en el Parque Central de Tapachula brindando información a los refugiados y ayudándolos con los trámites.
“Y Tapachula es una de las ciudades más pobres de México. Carece de la infraestructura básica para atender siquiera a sus ciudadanos en materia de salud, educación y seguridad”, agregó. “La migración ha rebasado todas las expectativas de atención a los migrantes”.
“Estamos hablando de 70 mil o 75 mil migrantes varados aquí contra su voluntad”, declaró. En 2014 estos números habían alcanzado las 100 mil personas, más de una cuarta parte de la población residente de Tapachula, añadió.
El gobierno mexicano indicó a Forbidden Stories que cualquier extranjero puede aplicar para obtener una residencia legal mediante las autoridades federales de migración, así como las agencias que ayudan a los refugiados, o, buscar a sus gobiernos para solicitar regresar a sus países de origen.
Aún con esta opción, en el último año muchas personas retornadas que enfrentaron a la burocracia, sus largos tiempos de atención y falta de respuesta, recurrieron a vías informales y a menudo peligrosas para escapar de la ciudad.
Los grupos criminales que se dedican a la trata de personas, difundieron los costos para expedir documentos falsos o trasladar de manera irregular a las personas hacía el interior del país: mil 200 dólares estadounideses por el trayecto a Querétaro; mil 600 con destino a Cancún y mil 800 para llegar a Ciudad de México. Los montos aumentan si no cuentan con documentos, porque deben dar una cuota extra al crimen organizado. “Tengo que pagar a la maña para sacarlos de Tapachula”, admitió un pollero en una grabación de voz.
Quienes intentaban emprender el viaje rumbo al norte son detenidos y regresados a la estación migratoria Siglo XXI, o bien deportados a países centroamericanos que mantienen acuerdos de repatriación con México, como Guatemala y Honduras.
Humberto García, ciudadano cubano deportado tras vivir 35 años en Estados Unidos, intentó viajar a traves de la sierra para evadir los retenes del Instituto Nacional de Migración (INM). En el trayecto fue interceptado por tres personas armadas, quienes lo despojaron de sus pertenencias y le dispararon en el torso en dos ocasiones. Tras caminar durante casi una hora tambaleándose, llegó a una carretera donde oficiales lo trasladaron al hospital más cercano. Los impactos de bala no lesionaron sus órganos vitales y tras solo tres días internado, regresó a Tapachula.
“Tuve que regresar a Tapachula y quedarme en el parque, sin nada para comer, sin lugar donde dormir, la misma historia”, relató García.
Gran parte de los venezolanos a quienes se les indicó que un avión los llevaría desde México a Caracas, terminaron emprendiendo el trayecto en sentido inverso: atravesaron Centroamérica y el archipiélago panameño de Guna Yala para alcanzar el litoral norte de Colombia. El 10 de febrero, una embarcación en la que viajaba un compañero de deportación de Betancourt, quien solicitó el anonimato por temor a represalias, naufragó cobrándose la vida de dos mujeres venezolanas y un ciudadano colombiano.
Mientras Betancourt acudía día tras día ante las autoridades en busca de un conducto legal para abandonar la ciudad, observaba a otros deportados arriesgarse mediante las vías informales. “No sé cuál será la suerte de ellos, si llegarán a su destino con tranquilidad o no, pero no deja de ser al final una situación de absoluto peligro”, consideró.

Deportadas desde los Estados Unidos caminando junto a personas en tránsito que vienen desde centro y suramérica en una caravana que dejó Tapachula el 25 de marzo, con destino hacía el norte del país.
Incertidumbre en la capital mexicana
Un mes después de llegar a Tapachula, tras repetidas visitas a la oficina federal de migración y enviar correos electrónicos al gobierno mexicano y venezolano, Betancourt consiguió la autorización para viajar a la embajada de Venezuela en la Ciudad de México. A las autoridades les indicó que necesitaba renovar su pasaporte para volar de regreso a Venezuela, pero en cuanto llegó a la Ciudad de México solicitó refugió.
“Fue la única manera para salir de Tapachula de forma legal”, afirmó Betancourt. Esperaba que su caso dejara algún precedente para otros que también han sido enviados a Tapachula. Pero seis meses después, no ha escuchado de nadie haya podido seguir el mismo camino.
En la Ciudad de México, Betancourt ya no está al centro de las políticas que atrapan a personas en tránsito en la frontera sur, aún así la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) le exige permanecer mientras espera el fallo de su caso.
“No tengo libertad realmente”, dijo Betancourt. “En Estados Unidos, en donde supuestamente me habían dado una protección para mis derechos humanos, me los violaron. Y aquí también me los están violando, simplemente por falta de celeridad en un proceso que me ponen una cantidad de trabas en mi día a día que no me hacen sentirme en libertad plena”.

Personas en contexto de movilidad que solicitaron refugio, acuden a revisiones cada dos semanas a las oficinas de la Comar en Ciudad de México, el 14 de agosto. (Crédito: Georgina Pease)
Pese a la incertidumbre, Betancourt ve su paso por la Ciudad de México como una “nueva oportunidad para recomenzar”.
Durante el verano, mientras los ojos del mundo estaban sobre los juegos de la Copa Mundial de Fútbol en el Estadio Azteca, y los ríos de aficionados que llenaban el Ángel de la Independencia, Betancourt lanzó un canal de periodismo deportivo enfocado la económica que gira en torno a los deportes profesionales.
“He podido reconectar con el periodismo deportivo de una manera diferente”, confesó Betancourt.
Su objetivo es establecer un trabajo estable y remoto, con la flexibilidad de moverse a dónde sea que las políticas migratorias le permitan reunirse con su esposa, hija e hijo. Además de su trabajo como periodista, realiza servicios independientes de marketing y comunicación.
“Tengo que buscar la manera de garantizar la estabilidad de mi familia, de mis hijos”, sentenció.

Betancourt en la Ciudad de México en el mes de marzo, después de haber abandonado Tapachula (Crédito: Georgina Pease)
En agosto, Betancourt revisó en su celular las fotografías que le habían enviado del primer día de clases de sus hijos. Sin certeza sobre cuándo o dónde podrá reencontrarse con ellos, confesó que contemplar esas imágenes le provocaba una mezcla de amor y dolor.
“Hemos trabajado mucho para permanecer unidos, porque los primos y los niños se críen juntos para que puedan disfrutar de eso que nosotros disfrutamos como niños, independientemente que no sea nuestro país de origen”, comentó Betancourt. “Es un proyecto en el que hemos trabajado y que mis padres nos han transmitido mucho y es su mayor sueño, el que todos de alguna manera permanezcamos siempre lo más unidos posible”.
“Me siento frustrado porque al final me doy cuenta que el tratamiento que le dan al migrante es un tratamiento de personas de segunda categoría”, lamentó Betancourt. “Esa es mi verdad”.
Betancourt enfatizó que mientras él ha podido comenzar a reconstruir una vida, hay cientos de personas atrapadas en las políticas Trump de enviarlos a un tercer país, y continúan en un limbo legal en Tapachula.
“Otros están en situaciones vulnerables sin poder acceder a la banca, sin poder acceder a trabajo formal, sin poder acceder a la salud, sin poder acceder a una cierta cantidad de cosas lógicas que deberían ser parte innegociable de la libertad”, comentó. “Andan atemorizados”.
* Forbidden Stories continúa la labor de periodistas que han sido asesinados, encarcelados o amenazados.
Forbidden Stories lideró el “Deportation Project”, coordinando a más de 72 periodistas de 24 medios de comunicación.