Arquitectura y ciudad (fragmento) | Texto de Teodoro González de León
El arquitecto Felipe Leal y el escritor Juan Villoro coordinan el homenaje a Teodoro González de León con motivo del centenario de su natalicio y de la primera década de su fallecimiento. El acto se llevará a cabo este lunes, a las 18 h, en El Colegio Nacional.
- Redacción AN / MDS

Por Teodoro González de León / Miembro de El Colegio Nacional*
Las ciudades se deben al azar, el diseño, el tiempo y la memoria. En otras palabras: son obra de la gente, regulada por el gobierno, modificada por el tiempo y preservada por la memoria. Las buenas ciudades resultan de un equilibrio entre esos cuatro factores: en ellas, el orden del diseño propicia la libertad, y la memoria urbana de sus habitantes actúa para corregir y, llegado el caso, aprovechar los efectos del tiempo. Son ciudades bellas en las que la plástica urbana adquiere la naturaleza de obra de arte. Una plástica urbana, muy específica, configurada no sólo por los espacios de calles, plazas y parques, la variedad de formas y superficies de los edificios y monumentos, sino también por todos los objetos que pueblan esos espacios: postes, alambres, anuncios, vehículos.
Es además una plástica dinámica, sólo apreciable en movimiento; más todavía: la forma y la facilidad del movimiento son parte de ella. Si según el precepto de Alberti la escultura requiere ocho puntos de vista a su alrededor para ser concebida y apreciada, la plástica urbana requeriría no ocho sino una infinidad de puntos; es decir requeriría tiempo. El recorrido por una ciudad es la más inmediata demostración de las cuatro dimensiones en que habitamos.
Se ha hablado muy poco de la plástica urbana. Es un tema que sólo se aborda cuando se estudian los grandes ordenamientos urbanos. Pero muy rara vez se la ha analizado como algo consustancial al fenómeno urbano. Entre las excepciones están los trabajos de Alberti, Camilo Site, Hiberseimer y Le Corbusier. Todos ellos, sin embargo, la tratan desde una preceptiva, como el resultado de la fidelidad a determinado pensamiento. Otros la confunden con lo pintoresco.
Sólo Aldo Rossi, quien aborda el tema de otra manera, descubre que la ciudad puede describirse como una gran manufactura, como una enorme obra arquitectónica que se va realizando en el tiempo y gracias a mucha gente. Esta posición supera las descripciones del funcionalismo y del organicismo, las dos corrientes derivadas de la fisiología que han recorrido la arquitectura y la urbanística modernas y para las cuales la plástica se explica sólo como un agregado de las funciones que dan origen a la forma urbana.
La originalidad de Rossi radica en que, al introducir el concepto de manufactura, introduce también, en consecuencia, el concepto de estilo. No hay manufactura sin estilo. Las creaciones humanas fatalmente se expresan con un lenguaje: el de su tiempo y su lugar. Y esto a fin de cuentas constituye una plástica. Rossi nos explica cómo en las distintas épocas la ciudad es moldeada por sus habitantes (el diccionario define plástica como algo que se moldea); cómo a base de creaciones y destrucciones se va construyendo esa enorme arquitectura que es la ciudad. Y cómo toda arquitectura, mala, mediocre o con naturaleza de obra de arte, constituye siempre, fatalmente, el registro y la expresión de su época.
Una ciudad, para decirlo con palabras de Octavio Paz, puede convertirse en “una visión de los hombres en el mundo y de los hombres como un mundo: un orden, una arquitectura”. Estas palabras nos aclaran cuál es la lectura que podemos hacer de la ciudad y nos hacen entender la estrecha relación que hay entre los factores que la conforman: el azar, el diseño, el tiempo y la memoria. Hay ciudades como Brasilia: una gran manufactura creada de un solo golpe en la que el diseño es preponderante y anula el azar. Todo tiene su sitio de antemano. Pero anular el azar es ilusorio y éste se despliega en forma incontenible afuera, en el conjunto de ciudades satélites que rodean a Brasilia y que son sorprendentemente semejantes a las áreas urbanas de crecimiento espontáneo de toda Latinoamérica. Más adelante me referiré a este punto.
Existen en cambio ciudades como Londres, en las que resalta la diversidad: la estructura urbana, aparentemente caótica, está orientada a preservar una serie de enclaves urbanos totalmente distintos unos de otros. París es un ejemplo de lo contrario: desde el siglo XVII existe la voluntad formal de dar un diseño homogéneo a una pluralidad de áreas urbanas diversas. Un sistema de ejes perspectivos cruzados, aunado a una secuencia de grandes espacios y monumentos, impone un orden que permite comprender la ciudad. Pero en ningún momento ese orden ahoga lo espontáneo y lo plural. En una entrevista reciente, Umberto Eco decía que París es una ciudad que permite vivir en épocas diferentes a la nuestra. “Se puede, por ejemplo, seguir los recorridos sin salir jamás del medioevo; permanecer dentro de sus arquitecturas y dentro de sus sugerencias”. En París también se puede apreciar cómo se han renovado o sustituido valientemente las estructuras que el tiempo ha dañado.
El tiempo tiene dos caras: si por un lado deteriora, por el otro salva y homogeniza: borra rivalidades. Estilos contrarios, irreconciliables en su época, como fueron el gótico y el renacentista en Florencia, los vemos ahora perfectamente hermanados y formando una arquitectura urbana homogénea. Sucede lo mismo con el máximo monumento de la revolución industrial —que sirvió para conmemorar la otra gran revolución—, la torre Eiffel: era brutalmente agresiva cuando se erigió, hace exactamente cien años, y no sólo ha dejado de serlo sino que se ha convertido en el símbolo de París.
Pero no sólo el tiempo y sus desastres destruyen las ciudades. Los responsables son sobre todo sus habitantes. Cada generación renueva las arquitecturas existentes o acaba con ellas. Y algunas destruyen más que otras. Hay épocas en las que el pasado, sobre todo el pasado inmediato, no sólo no nos dice nada sino que lo aborrecemos. La vanguardia del siglo XX aborreció y quiso destruir la ciudad ecléctica de fines del XIX. En México casi borramos las colonias San Rafael, Juárez y Roma.
Baudelaire decía en 1864, en un París afiebrado, en plena destrucción y renovación haussmaniana: “El viejo París ya no existe. La forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal”. Tenía razón, en el doble sentido de destrucción y renovación: el mismo año, Nadar tomó la primera fotografía aérea desde un globo en la que se muestra el Arco del Triunfo rodeado de predios baldíos. Baudelaire no vivió para comprobar con qué rapidez esa área se convirtió en el modelo de una urbanización densa y acabada para todo el mundo.
El balance entre destrucción y renovación tiene que ver con la memoria urbana, que descansa en parte en los habitantes de la ciudad y está constantemente cambiando con las características de la población. Una población más educada y más vieja mantiene un diálogo más vivo con el pasado, dispone de una memoria urbana más sólida, renueva más y destruye menos las arquitecturas del pasado. Marcel Poete decía que la memoria está constituida por el pasado que aún experimentamos. Pero, además, la memoria radica en lo que el mismo Poete denomina las “permanencias urbanas”. Se refiere a ciertas partes de la estructura urbana que son refractarias al cambio y prácticamente indelebles: como la forma del parcelamiento y la estructura vial. Son partes duras que no se alteran con desastres y destrucciones.
El espléndido plan que diseñó Wren para Londres, después del “gran fuego”, no pudo llevarse a cabo porque implicaba cambiar la forma del parcelamiento dictada por la estructura vial, que quedó intacta después del incendio. Es bien sabido cómo los arqueólogos usan la fotografía aérea para descubrir, por los cambios de tonos en los sembrados, los rastros de estructuras urbanas del pasado. La persistencia de las calzadas y de las huellas que dejan los canales permitieron a Manuel Toussaint y a Justino Fernández localizar acertadamente en 1938, cerca de Tlatelolco, el llamado plano de papel de maguey que data de mediados del siglo XVI.
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