‘Ante la crueldad necesitamos romper la indiferencia’: Cristina Rivera Garza
La escritora mexicana reedita ‘El mal de la taiga’, una novela que hoy adquiere una dimensión distópica.
(Literatura Random House).

Por Héctor González

Una detective deberá investigar la desaparición de una mujer que abandonó a su marido para huir con otro hombre hacia el interior de un bosque. Publicada originalmente en 2012, El mal de la taiga (Literatura Random House), marcó un punto de quiebre dentro de la obra de Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964). Por medio la experimentación jugó con recursos de otros géneros literarios que hoy se ponen a prueba con su nueva puesta en circulación.

Entre los siete años que separan la primera edición de la que hoy ve la luz, hay muchos cambios, tantos que el relato hoy tiene una interpretación distópica.

¿Cómo fue tu reencuentro con El mal de la taiga?

En su momento fue un libro bien recibido por eso consideramos interesante ponerlo a disposición de nuevos lectores. De 2012 hasta ahora, el mundo y la discusión literaria sobre géneros y subgéneros ha cambiado bastante.

¿Y en lo personal y desde una posición autocrítica qué te pareció el libro?

Una vez que publicas un libro la relación con la obra cambia. Nunca faltan las correcciones. Sin embargo, me sigue pareciendo interesante el trabajo en el desarrollo del punto vista; la creación de continuas meditaciones y de los filtros que el lector necesita asumir para acceder al desarrollo de la anécdota.

De hecho, hay guiños a la literatura fantástica, la poesía y al género policíaco. Creo que este libro marcó una transición dentro de tu trabajo.

Me sorprendió que cuando se tradujo al inglés, el libro quedó finalista en el Shirley Jackson Award, un certamen que premia obras fantásticas y oscuras. Cuando la novela se publicó en 2012 no leí comentarios que lo ubicaran dentro del horror y descubrirlo ahora me encanta porque es verdad que es una obra que juega con los mal llamados subgéneros literarios. Desde un principio me pareció importante usar diversas herramientas narrativas. Siempre he creído que no existe una Literatura –así con mayúsculas-.

No era lo mismo perderse en un bosque en 2012 que ahora.

Comencé a ver la maravillosa serie Chernobyl y los parajes desolados me remiten al bosque de la novela donde se leen señas de distintos fines del mundo. Un sitio donde ocurren cosas extrañísimas relacionadas a los últimos estertores del capitalismo. Creo que hoy la novela abre un espacio para pensar en los modos extremos de la preocupación y el horror en los que estamos inmiscuidos quizá de manera más intensa.

En un momento escribes: “La crueldad nunca es necesaria”. La frase me dejó pensando en que hoy convivimos con todo tipo de crueldad y que incluso abunda en las primeras planas y noticieros.

Lo terrible es acostumbrarnos a la crueldad. El verdadero enemigo es la indiferencia, hacernos de la vista gorda y la indolencia. Ante la indiferencia militante es muy difícil actuar. En mi experiencia creo que el arte y las conversaciones deberían provocarnos un estado de alerta más generalizado y una capacidad de ver lo que sucede enfrente de nosotros a fin de condolernos para que lo sintamos como algo propio. Los buenos libros nos invitan a salirnos de nosotros mismos. Nos otorgan momentos milagrosos que nos permiten experimentar lo que otros han vivido. Ante la crueldad insisto, necesitamos romper la indiferencia para ver a los otros como parte integral y orgánica de lo que somos.

En tus libros posteriores has indagado en la búsqueda de narrativas acordes al momento que vive el país. ¿Cómo hacerlo sin caer en la apología o el victimismo?

Es una pregunta muy difícil. Creo, como Gertrude Stein, que una de las tareas del escritor contemporáneo es llegar a la raíz de su presente y para hacerlo tenemos una serie de herramientas poderosas dentro de las tradiciones literarias, pero aún así, el mundo nos impone la necesidad de buscar más recursos y experimentar. Los escritores convivimos con el peligro del estereotipo, la instrumentalización, la victimización y la banalización de la violencia. Para contestar a tu pregunta honestamente se requiere de un libro.

 Hace un momento hablaste de la serie Chernobyl, quizá su éxito tiene que ver con la perspectiva que aportan más de treinta años de diferencia.  ¿Hace falta perspectiva para poder hablar del presente?

A veces hablar de lo inmediato nos dificulta ver o identificar las causas. Esa es una de las paradojas de contemporaneidad. Quizá tengas razón y por eso estamos viendo reescrituras y lectores de antiguas obras. Hay una necesidad de poner ante ojos nuevos viejas historias y estilos para resucitar preocupaciones. A partir de esta serie estoy resucitando mi vida en los ochenta y observando los peligros que ni siquiera vislumbramos.

Es algo muy contemporáneo incluso para episodios menos dramáticos. En un polo opuesto tenemos la serie Stranger Things.

Claro, hay muchos eventos mal llamados menores, pero que resultan fundamentales para nuestras vidas emocionales y nuestras formas de relacionarnos. Cuando este tipo de cosas se recuperan y se ponen nuevamente sobre la mesa en realidad estamos abriendo la contingencia del presente.

Hoy El mal de la taiga cabría dentro de la corriente de novelas distópicas…

Desde un punto de vista cuando se ponen en juego los subgéneros literarios surgen nuevos elementos y en el caso de este libro sí hay rasgos distópicos. Me alegra descubrir estas nuevas rutas porque aportan un nuevo sentido a la novela desde una posición más radical. Ojalá que los lectores encuentren vitalidad y vigencia en el libro.

¿Vivimos tiempos de esperanza o tiempos distópicos?

Vivimos tiempos graves y tristes. En Arkansas se están creando espacios tipo campos de concentración para encarcelar a los migrantes centroamericanos. No hay mucho espacio para la esperanza, pero sí para insistir y ser tercos en cuestiones como la defensa de los derechos básicos de los migrantes. Necesitamos trabajar en eso tal vez no con optimismo ni esperanza, pero sí con energía.

Finalmente tú eres una migrante, ¿qué piensas de la posición de México acerca de este tema?

Es una situación hiper compleja. Obviamente, estoy en contra de todos los muros. Si se dejan pasar trabajadores por su valor laboral, también se debe tomar en cuenta su presencia y riqueza cultural. Al inicio de este gobierno se habló de crear las condiciones para evitar que la gente se vaya, eso me parece loable, pero también es indispensable defender los derechos básicos de migrantes.

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