opinión*
Santa Muerte: el jardín de huesos
A renglón seguido por José Carlos G. Aguiar
Foto: José Carlos G. Aguiar

Por José Carlos G. Aguiar

Entre la tierra seca, en las afueras de la ciudad, donde los arbustos crecen muy poco por la falta de agua y el sol intenso, se encuentran unas carpas de lona blancas. Aquí el silencio es sólo interrumpido por el sonido de los grillos y el graznido de los cuervos. La carpas indican los lugares donde se ha abierto la tierra y se realizan excavaciones, descubriendo restos humanos. Como si se tratara de un sitio arqueológico, el terreno está lleno de carpas y pequeños montículos que revelan la locación de fosas ilegales.

En muchas otras locaciones a lo largo y ancho de México, se han hallado ‘tiraderos’ con cientos, miles de huesos, de restos humanos en avanzado estado de descomposición o semi calcinados. En ocasiones, la lluvia o la fauna descubren la silenciosa evidencia de la violencia mortal: las manos, la cabeza de las víctimas se asoman desde el inframundo de los muertos. Desde hace más de 10 años, se han encontrando cientos de ‘fosas clandestinas’ por toda la geografía mexicana donde se desechan restos humanos de forma ilegal. A la fecha, la dimensión de este desastre humanitario es desconocida: ¿de quién son esos cuerpos?

Levantados, secuestrados, cocinados

Rosa lleva meses sin saber de su pareja. Él “se cruzó” para trabajar en los Estados Unidos. Antes de irse, le prometió a Rosa que la contactaría una vez que estuviera ya establecido; lo último que Rosa supo de él fue cuando estaba a punto de pasar la frontera, rumbo a San Antonio, Texas. “Le puse su tequila y su cigarro a mi Santa”, dice Rosa quien es devota de la Santa Muerte, para que proteja a su amado. Rosa vive con angustia y miedo de que le haya pasado a algo a su pareja, que haya desaparecido, pero no quiere desesperarse. “Sólo la Santa Muerte es justa”, se repite a sí misma mientras hace sus oraciones con toda la fe que le queda.

Los casos de “levantados” hacen evidente la epidemia de violencia en México. Muchos son jóvenes, menores de edad, tanto mujeres como hombres; pero también han desaparecido líderes comunitarios, periodistas, incluso familias y comunidades enteras. Al día, hay hasta 30 mil desaparecidos desde 2006 según datos del gobierno. Pero asociaciones civiles hablan de un número mucho más grande: alrededor de 300 mil desaparecidos. ¿Cuántos de ésos se encontrarán en la fosa clandestina más grande del país, donde hay al menos 240 muertos?

Narcoranchos y los campos de muerte

En el campo abierto, en la sierra o en la selva, se encuentran las fosas clandestinas, cubriendo a veces varias hectáreas. También se han hallado “cocinas” de “pozole” en los llamados narcoranchos. Se trata de verdaderos campos de exterminio donde se disuelven cuerpos enteros en contenedores de ácido. Allí también se queman cuerpos en piras improvisadas, para luego triturar los huesos con molinos de caña. Los restos gelatinosos del pozole, el polvo de los muertos o los huesos que no se han podido destruir, se arrojan en los ríos circunvecinos con la idea de que nunca puedan ser encontrados. Estos crímenes de lesa humanidad tienen lugar todos los días. Así funciona la industria de la muerte, la organización del exterminio masivo en México.

La narrativa oficial de que se trata de cuerpos de criminales, muertos durante enfrentamientos entre grupos armados, siempre fue insostenible. Como si la comisión de un acto criminal removiera de toda dignidad a cualquier ser humano; como si el estado mexicano no fuera responsable por la violencia “entre grupos criminales”. Hay que decirlo y repetirlo con todas sus palabras: es la población civil la víctima de las violencias que el gobierno llama la “guerra contra el crimen organizado”.

Para Lidia, la imagen de la Santa Muerte representa a su hermano que levantaron. Su hermano que vendía drogas y hacia trabajos como sicario, desapareció en un barrio en las afueras de la ciudad, ahí donde “ni la policía entra”. Él era devoto de la Santa Muerte, a la que le pedía protección de sus enemigos. Luego de su desaparición, Lidia “adoptó” a Carlota, la imagen de la Santa Muerte que le pertenecía a su hermano, y decidió construirle un templo a fin de poder procesar su ausencia y esperar que haya encontrado “una muerte justa”. Lidia nunca levantó una acta sobre los hechos.

Entre los devotos a la Santa Muerte se encuentran igualmente policías y criminales por igual, madres cuyos hijos fueron levantados y aquéllos que realizan los levantones. Ambiguamente, la misma santa que protege a los desaparecidos, es también la protectora de los sujetos armados que secuestran, asesinan y descuartizan a los hijos que han desaparecido.

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Foto: José Carlos G. Aguiar

La muerte como justicia

Las autoridades han sido advertidas durante años; el funcionamiento de los campos de muerte no pudo haber pasado desapercibido. ¿Cuántos campos más están en funcionamiento justo ahora? En las zonas (semi)pobladas, colonos y paseantes se han quejado del olor a muerto en terrenos baldíos, pero la negligencia del gobierno impide las investigaciones y la impartición de justicia. Sin lugar a discusión, no es sólo una ‘macro’ fosa o un campo organizado por un cartel de las drogas; al menos por omisión, el Estado mexicano mismo ha sido responsable del exterminio masivo de seres humanos. ¿Cómo explicar de otra manera que una cárcel estatal pueda ‘cocinar’ los desaparecidos de los carteles del narco?

¿A quién pueden entonces dirigirse los familiares de los desaparecidos? “El gobierno no dice la verdad”, asegura la madre de un muchacho que nunca regresó a su casa. A través de agrupaciones y asociaciones civiles, madres y familiares se convierten en investigadores forenses improvisados y van en busca de sus hijos, de los huesos que les permitan cerrar la pesadilla de la desaparición y comenzar el duelo. Sin embargo, mientras las madres escarban, la desgracia parece ser cada vez más grande. “Está lleno de fosas. No somos los únicos. Hay miles de desaparecidos”. El “gobierno mexicano” no quiere decir la verdad sobre estas desapariciones y cadáveres; la autoridad no puede reconocer la dignidad de las víctimas y sus familias.

Si las instituciones han abandonado a los mexicanos, ellos mismos van entonces a la búsqueda de espacios y recursos que les permitan sobrellevar el dolor y la pérdida. Ése es el contexto de la devoción a la Santa Muerte. Ella tiene el poder sobre la vida y la muerte; sólo la muerte es justa en un país de impunidad y desigualdad. La Santa Muerte es la protectora de los vivos y los desaparecidos en este jardín de huesos en que se ha convertido México.

*Esta columna recoge investigación de campo y documental sobre la Santa Muerte y las fosas clandestinas en México. Los nombres aquí mencionados han sido cambiados y las referencias geográficas removidas a fin de proteger la privacidad de los informantes.

José Carlos G. Aguiar

Doctor en ciencias sociales. Antropólogo mexicano especializado en estudios urbanos, ilegalidad, legitimidad política, seguridad, propiedad intelectual, economías callejeras y la Santa Muerte. Profesor e investigador de la Universidad de Leiden, Países Bajos. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, CONACyT. Cumbianchero por convicción, ciclista antes de la era hipster, y fotógrafo por amor a la estética callejera.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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