‘Ojalá que la luz que veo en el horizonte sea la del amanecer’: Ariel Dorfman
El escritor argentino hace de Mozart un hábil detective Allegro, su nueva novela.
(FCE/Ariel Dorfman).

Por Héctor González

¿Podría haber sido Mozart un buen detective? El escritor argentino Ariel Dorfman (1942), parte de esta pregunta en Allegro (FCE), novela que recién comienza a circular en México y donde el músico austriaco investiga si hay alguna relación entre las muertes de Bach y Haendel.

Dorfman a quien la música siempre ha acompañado desde que tiene uso de razón, teje la historia con un ritmo de aspiraciones casi sinfónicas. El resultado es un efectivo thriller al que, si se le pesca el tono, atrapa.

Títulos como La muerte y la doncella o Allegro, reflejan la importancia de la música en su trabajo. ¿Cómo entiende la relación literatura-música?

Desde que tengo uso de razón – y por ahí antes – quise ser músico. Cuando me di cuenta de que no tenía dedos para ese piano (ni para el violín), me dediqué a musicalizar palabras y contar historias, tratando de que las cadencias en mi prosa y versos aproximaran las notas de un quinteto, una sinfonía, una sonata. Siempre, sin embargo, me quedó el bichito de la música como vocación y tuve la suerte de colaborar con una serie de compositores en libretos: la versión en ópera de La Muerte y la Doncella, con Jonas Forssell (estrenada en Malmo, Suecia); una cantata, Cantos Sagrados, con James MacMillan, basada en mis poemas sobre los desaparecidos que se escucha en todo el mundo, y Naciketa, una epopeya musical con Nigel Osborne, que estrenaremos en el Queen Elizabeth Hall en Londres en junio del 2021, inspirada en los Upanishads, donde a un niño, llevado por equivocación por la Muerte a sus dominios, se le permite hacer tres preguntas sobre la existencia y la opresión que la música misma de África, India y Latinoamérica intentan responder. Y, por cierto, está la musical, Dancing Shadows, que armé con Eric Woolfson, el vocalista de Alan Parsons Project.

¿Cómo fue y en qué quedó esa colaboración con Woolfson?

Fue una extraordinaria experiencia que duró tres o cuatro años, y nos hicimos muy amigos, él y su señora Hazel, conmigo y mi esposa, Angélica. Terminó siendo una musical ecológica, sobre un bosque encantado (y cantante) que disputan dos ejércitos y que defienden un grupo de mujeres, cuyos hombres han desparecido. Estrenamos finalmente en Seúl (mi libreto se basaba en una obra teatral sudcoreana muy famosa), ganando múltiples premios. No ha tenido, después, buena fortuna, por dos razones. La primera fue la muerte de Eric, que significó, más allá de la pérdida de un genio como él, la falta de contactos para vender el proyecto. La segunda es que las obras musicales son sumamente caras para montar y ha sido difícil encontrar a quienes estén dispuestos a arriesgar tanto dinero en una obra tan insurrecta.

Vamos a Allegro. ¿Casualidad o fatalidad que el médico John Taylor fuera un punto de coincidencia entre Bach y Haendel?

Tomando en cuenta que el charlatán Taylor operó a miles de víctimas durante su larga y curiosa carrera, no es extraño que terminara cegando a dos músicos célebres como Bach y Haendel, especialmente si tomamos en cuenta que los compositores en esa época malograban sus ojos al escribir sus obras a lo largo de penosas noches mal iluminadas. Pero que justamente se tratara de estos dos, que nacieron el mismo año a unos kilómetros de distancia y que nunca se encontraron cara a cara en vida, eso hace que lo que es una coincidencia histórica parezca algo delirante, único, maravilloso, y mi novela arranca de esa casualidad para que parezca fatal, creada por el destino para que un joven Mozart se lance en busca de la verdad detrás de esas intervenciones del médico maldito.

¿El concierto que dio Mozart en Londres en febrero de 1765, fue el resorte idóneo para implicarlo en la historia de la novela?

Me pareció el único momento histórico real para involucrarlo. Ese concierto existió. Y fue en Londres que Mozart recibió la protección del hijo menor de Bach, Christian, y en Londres donde merodeaba otro hijo, el de Taylor, y además es la ciudad donde murió Haendel. Y los nueve años recién cumplidos del pequeño Amadeus era una edad perfecta para tenerlo de narrador: es todavía muy niño e inocente, pero a la vez suficientemente maduro como para observar con suspicacia el mundo que lo rodea.

¿Por qué hacer del policiaco la costura de Allegro y cómo fue llevar al género a una estructura musical?

Como muchos escritores de mi generación, amalgamo lo popular y lo culto. Me gustan los géneros literarios que los lectores pueden reconocer como suyos, formas que termino subvirtiendo. Utilizo la estructura del thriller en La Muerte y la Doncella, de la novela de espías en Konfidenz, de la épica histórica en Americanos: los Pasos de Murieta, de fantasmas en Apariciones, que en breve publicará el Fondo de Cultura Económica. Lo policíaco en Allegro me concedió algo esencial: mientras Mozart busca resolver el enigma de la muerte de dos grandes de la música, a la vez se adentra en la búsqueda de sí mismo, entender quién es y para qué nació. Y resultó natural utilizar formas musicales para ir armando los capítulos, los movimientos, digamos, de la trama.

¿La novela tiene entre sus objetivos contradecir la supuesta imagen de un Mozart ingenuo o inocente?

Así comienza el Mozart que he imaginado a una edad temprana, y trato, a lo largo de la novela (o trata él) de conservar esa frescura, esa mirada cándida sobre el mundo. A pesar de que va a pasar por trances de muerte y soledad y desprecio de los poderosos, creo que mantiene esa mirada hasta el final de sus días, logrando una sorprendente revelación que le entrega una mujer, de esas que la historia olvida y desfavorece, en el epílogo del libro, algo que lo va a deslumbrar y salvar. Mozart, tal como lo he concebido, es como el niño travieso y hambriento de amor que todos tenemos adentro.

¿Qué lo hace pensar que Mozart tenía buenas aptitudes detectivescas?

Tuve que pensarlo, porque si no, imposible siquiera pensar la novela. En todo caso, notemos que es inteligente, intuitivo, empecinado, alguien honorable que da su palabra y la cumple (como tantos detectives de la serie negra), y que ha tenido experiencia descifrando el universo y buscando, bueno, “claves.”

¿A qué pieza de Mozart le gustaría que sonara su novela y por qué?

Mi obra favorita de Mozart es Don Giovanni (e incluso esa ópera aparece protagónicamente en una novela mía, La Nana y el Iceberg), pero Allegro no es para nada operática, sino más bien una obra de cámara, así que me quedo con el cuarteto al que le dicen “Disonante”, y que es una de las que más me gusta a mí y a mi musa, Angélica. O tal vez, debido a que es una novela con un narrador protagonista al que acompañan y apuntalan muchos otros personajes secundarios pero fundamentales, me quedo con el concierto para clarinete en la mayor, k. 622.

Usted ha reflexionado acerca del uso de la música en procesos políticos e incluso de dominación. ¿Qué incidencia puede tener la música como fenómeno político?

En La Muerte y la Doncella exploro el hecho de que dos seres tan diferentes como un violador y su víctima pueden amar la misma pieza de Schubert. Que puedan encontrarse en ese campo musical dos adversarios acérrimos nos fuerza a preguntarnos sobre el hecho de que compartimos la humanidad con alguien aborrecible y vil. Es el lado demoníaco de la música que subyace, por ejemplo, a las novelas de Thomas Mann (Dr. Faustus viene a cuento aquí). En Allegro quise subrayar lo angelical de la música.  Como se enuncia al final de la novela, el paraíso es donde todos cantan, aún los que no tienen voz. ¿Cómo interviene la música en la política, para inducir a millones a marchar a una guerra irracional o para vislumbrar cómo sería un mundo en que todos cantaran en paz?, en definitiva, eso depende de nosotros, de nuestra ambivalente e imperfecta humanidad

 ¿Cuál podría ser el soundtrack que acompaña las movilizaciones en Chile de los últimos meses?

Esas movilizaciones tienen dos aspectos y, por lo tanto, habría dos canciones diferentes que retratan y encarnan lo que pasa. Una es “El derecho de vivir en paz”, de Victor Jara (al que asesinaron los militares después del golpe de 1973), y que representa el deseo de la inmensa mayoría de la población de alcanzar una democracia plena y una agenda social que favorezca a todos y no a unos pocos privilegiados. La otra es una canción rap que enaltece el coraje de los activistas más militantes y violentos que irrumpen en el falso oasis chileno para reivindicar un mundo mejor.

¿Cuál es su opinión acerca de las movilizaciones recientes en Latinoamérica, pienso en lo que sucede en Chile, México o Argentina? ¿Es optimista respecto al desenlace que podrían tener?

Creo que siempre es positivo cuando los pueblos sacan la voz y exigen justicia. El cuestionamiento masivo del modelo neoliberal que nos malgobierna y nos tuerce hace décadas es la base para crear esa justicia. Queda por ver cómo se encauzarán esas protestas para que se lleven a cabo las reformas estructurales tantas veces postergadas y más necesarias hoy que nunca. Soy cautelosamente optimista de que estos movimientos tendrán éxito, pero hago notar que las protestas progresistas se realizan en un planeta donde las fuerzas autoritarias y proto-fascistas/populistas/nacionalistas han avanzado significativamente. Soy partidario de Gandhi, Martin Luther King, Salvador Allende, Mandela (en su fase final), y creo que la movilización pacífica y democrática es la que tiene que primar ya que la violencia, a la larga, termina haciéndole el juego a las clases dominantes. Ojalá que la luz que veo en el horizonte sea la del amanecer y no la de una noche oscura que se acerca.

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