“Todavía nos falta entender mucho de nuestra relación con la tierra”: Fernanda Trías
La escritora uruguaya dos veces ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz habla de su novela ‘El monte de las furias’.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
“La imaginación en la literatura te permite todo”, dice Fernanda Trías (Montevideo, 1976). A su idea no le falta razón, en su nueva novela El monte de las furias (Random House), ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, hace hablar una montaña y la pone a dialogar con una mujer encerrada en los recuerdos de una relación compleja con su madre.
Así como lo ha hecho en las anteriores La azotea y Mugre rosa, la narradora uruguaya aborda el tema de la crisis climática desde una visión crítica, con la diferencia de que ahora dobla la apuesta y plantea una novela más radical en términos de crítica a nuestra especie y la forma en que encausamos nuestra relación con el planeta.
En El monte de las furias novela abordas temas que has trabajado antes sólo que desde una posición más radical. ¿Por qué?
Cuando terminé Mugre rosa sentí que podía haber ido más allá y ser más radical con relación a temas vinculados con la naturaleza, la relación madre-hija, la violencia. De modo que me propuse otra novela que me llevara a donde quería.
Has comentado que el libro comenzó cuando viviste en Bogotá y pasabas mucho tiempo viendo la montaña. ¿Qué te aportó ser tan clavada viendo la naturaleza?
Me aportó muchísimo porque en el estado de observación en que entré pude ver la montaña como nunca la había mirado. Había pasado cinco años en Bogotá con la montaña enfrente y nunca la había mirado de verdad. A partir de ese proceso de observar comprendí muchas cosas e incluso, muchas de mis reflexiones se las adjudiqué a la narradora.
En la novela la montaña es un personaje más…
Sí, quería que su voz y la de la narradora fueran protagonistas. No me interesaba que la naturaleza fuera narrada por un personaje humano, intenté que se contara así misma y desde su propia experiencia. Fue todo un desafío imaginarme la experiencia y la sensación de ser montaña, pero también lo fue trasladar esa experiencia de vuelta al lenguaje humano.
En paralelo a los hechos que narras, la novela se apoya mucho en la creación de atmósferas que son casi claustrofóbicas. ¿Cómo trabajas este recurso?
Siempre he tenido cierta facilidad para construir atmósferas porque soy una persona muy sensorial. Es verdad que incluso estando en un escenario tan abierto como una montaña se puede sentir una especie de claustrofobia por ese encierro en exterior.
¿La pandemia tuvo algo que ver en esta atmósfera?
Es posible que se haya trasladado, es curioso como escribía de un espacio tan abierto desde el encierro total. Me imaginaba afuera desde adentro. Tal vez lo que genera la sensación de encierro es el aislamiento de la mujer y que probablemente tiene que ver con lo que sentía.
Percibo que hay un interés en autoras de tu generación por la relación con la naturaleza. ¿Coincides con esto?
Si bien es un tema todavía no mayoritario, creo que cada vez gana más presencia. Dado el mundo en que vivimos con el cambio climático y la destrucción ambiental el tema de la emergencia climática cada vez está más en la conversación. Todo esto nos obliga a pensar en lo que hemos hecho con la naturaleza. Mi novela anterior Mugre rosa era distópica porque me imaginaba una catástrofe ambiental. En El monte de las furias no hay eso, sin embargo, se mantiene la preocupación sobre cómo hemos llegado a pensar que podemos destruir todo el planeta sin sentir que nos hacemos daño a nosotros mismos. A partir de toda esta crisis climática muchas escritoras estamos pensando cómo poner a la naturaleza en el centro del relato y que no sea un accesorio.
¿Crees que hay una relación entre esta necesidad por hablar de la naturaleza con temas como la maternidad?
Puede tener que ver, pero creo que depende más de la sensibilidad. El modelo patriarcal piensa en otras narrativas, como la del héroe que tiene que luchar para conseguir algo y que muchas veces tiene que hacer un camino en solitario, mientras que las mujeres creo, nos pensamos más comunidad. Nosotras nos sentimos más como una red y en la medida de eso estamos más conectadas.
Creo que fue Ursula K. Leguin quien habló de los cuidados como parta central de narrativa de las escritoras.
Históricamente los cuidados están más relacionados con la mujer. Nosotras experimentamos y entendemos la existencia de otra manera, pero creo que poco a poco todo se va a mezclar un poco más. Muchas veces las escritoras tomamos lo que nos han asignado por casi cuestión de género y tratamos de darle la vuelta para romperlo. Algo interesante es que el Popol Vuh habla de los cuidados y de que el ser humano fue creado para cuidar de los demás, como guardián. Es decir, la idea primigenia de nuestro territorio es que los humanos están aquí para cuidar. Necesitamos llegar al origen del concepto para comprender que todavía nos falta entender mucho de nuestra relación con la tierra.
En la novela encontramos tres generaciones de mujeres: hija, madre y abuela, siendo esta última la más equilibrada.
Me interesaba contar la vida de las tres generaciones para demostrar como las generaciones se moldean por contraposición a la anterior. El conflicto con es madre-hija, no abuela-nieta.
Ya hablamos de la radicalidad de El monte de las furias, ¿te ves estirando todavía más estos temas?
No sé si ya agoté estos temas. No sé si me volveré a centrar tanto en la naturaleza. Lo que sí me ha interesado es expandir los límites del realismo. Tanto en Mugre rosa como en El monte de las furias he encontrado muchísima libertad creativa cuando se quiebra. Me parece difícil volver al realismo puro. ¿Por qué me voy a limitar cuando puedo hacer que una montaña hable? La imaginación en la literatura te permite todo.






