El marqués de Vargas Llosa (Artículo de Carlos Herrera de la Fuente)
"¿Cómo es posible que un marqués, con tantas preocupaciones, decida dedicar desinteresadamente su vida a la defensa de la democracia mundial?", cuestionó.
(Cuartoscuro)

Por Carlos Herrera de la Fuente*

Los “demócratas” hispanoamericanos cuentan hoy con un gran representante entre sus filas: el marqués de Vargas Llosa. Con casi 82 años de edad, el marqués es un hombre de fama mundial, ganador de varios premios literarios de prestigio internacional, en particular el Nobel, que le fue otorgado por la Academia Sueca en 2010. Como buen ejemplar de la realeza española (aunque su origen sea peruano) goza de una salud impecable, se le ve siempre alegre, activo, vivaz, dispuesto a contribuir con su “enorme sabiduría” a la defensa de las “causas democráticas” donde sea necesario. Porque, es importante señalarlo, la defensa de la democracia es hoy, junto con otras actividades de suma importancia (la organización de fiestas fastuosas, la asistencia a eventos hípicos, la discusión sobre enlaces familiares, las sesiones fotográficas con el mundo de las socialités), una de las ocupaciones principales de la nobleza española.

Pero ¿cómo es posible que un marqués, con tantas preocupaciones, decida dedicar desinteresadamente su vida a la defensa de la democracia mundial? ¿Ser marqués significa ser demócrata? En realidad, un marqués es un título nobiliario que, lamentablemente para la democracia, no es concedido por un pueblo, sino por un monarca. Y decimos lamentablemente porque, como todo el mundo sabe, el cargo de monarca tampoco es elegido de manera libre, sino que es heredado en una sucesión dinástica establecida, supuestamente, en sus orígenes, por una decisión divina. ¿Y cómo es, entonces, posible que en los tiempos que corren sea un marqués el más grande defensor de la democracia del mundo hispano? Ah, porque en la actualidad los grandes demócratas del mundo son empresarios o hijos de empresarios, actores de cine o televisión, artistas famosos o escritores que viven cómodamente de sus regalías y, por supuesto, aristócratas. ¿Se imaginan a un demócrata pobre?

Los “grandes demócratas” de la actualidad, gracias a que tienen fama, poder y dinero, pueden escribir donde sea y expresar “libremente” sus opiniones (sin miedo a ser asesinados, como cientos de periodistas mexicanos); pueden ser invitados a hablar frente a todos los medios de comunicación porque éstos saben que, si se les invita, su rating subirá, y, al final, todos quedarán felices. Curiosamente, con toda esta gran libertad, de la que carece la inmensa mayoría de la humanidad, sólo tienen una opinión cuando se trata de defender la democracia: “el mercado es primero”. No el pueblo, por supuesto, un concepto antiguo, avejentado, “populista”. Los grandes demócratas de la actualidad no defienden al pueblo, sino al mercado. Si por ellos fuera, la palabra correcta sería mercocracia, no democracia. Pero qué quieren, las palabras tienen su inercia.

Los grandes demócratas de hoy, entre los que se encuentra nuestro aristócrata, el Ilustrísimo señor marqués de Vargas Llosa, sostienen un principio elemental de la democracia contemporánea: la democracia consiste en asegurar el correcto funcionamiento del “libre” mercado capitalista. Todo aquél que atente contra él; todo aquél que se atreva a trastocar el más mínimo mecanismo de política económica, financiera o comercial; todo aquél que abogue por un reparto más justo y equitativo de la riqueza en contra de las libres fuerzas del mercado, debe ser juzgado, inmediatamente, como un antidemócrata. ¿Y no tiene derecho a expresar su opinión? Bueno (sonríen los grandes demócratas de hoy), primero tendría que tener el dinero y la fama suficientes como para ser admitido en los monopolizados medios de comunicación, impresos y audiovisuales. Pero supongamos que lo logra.

Entonces, claro que nuestro marqués le reconocería el derecho a hablar, siempre y cuando no se nos olvide que se trata de un antidemócrata al cual no hay que creerle una sola palabra de lo que dice. Peor aún, se trata de un populista (de alguien que todavía cree que la democracia es el poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo: ¡válgame dios!). Y este individuo tiene que ser exterminado del mundo de la “democracia imperfecta” (así le llama él, porque en el fondo nuestro marqués es un ser humilde).

En la democracia de la actualidad sólo hay una opinión: el poder es del mercado, para el mercado y por el mercado. Punto. Pero, entonces, ¿para qué sirve la libertad de expresión si sólo vale un único punto de vista? Porque siempre es importante decidir cuál empresa o político te gusta más. Por ejemplo, a algunos les gusta mucho un refresco de cola; a otros, otro. A algunos les gustan los políticos morenos; a otros, los rubios. Así de fácil. En los hechos, a nuestros demócratas actuales (incluido nuestro marqués) no les importa tanto que haya una verdadera democracia con tal de que las leyes del mercado funcionen impecablemente. ¿O acaso lo han oído criticar alguna vez el apoyo de su país favorito, Estados Unidos, a las monarquías árabes? ¡Pero cómo, si él mismo es un aristócrata y orgulloso ciudadano de una monarquía! Faltaba más. Por otro lado, uno de sus economistas predilectos, Milton Friedman, asesoró en los años 70 al dictador Pinochet para implementar el modelo neoliberal en Chile y conducirlo hacia la libertad. ¡Eso es democracia!

Cierto, hay algunos datos concretos que parecen diferir del punto de vista del marqués (y de los adalides de la democracia contemporánea). Él, por supuesto, es muy optimista, y siguiendo los planteamientos de su filósofo preferido de todos los tiempos, Karl Popper (el Dan Brown de la filosofía), nos insiste en que “la humanidad no ha estado nunca mejor que ahora” (“Nuevas inquisiciones”, El País, 17/03/2018). Pero, lamentablemente, los datos dicen otra cosa. Veamos algunas estadísticas extraídas de un estudio publicado en 2015, en el periódico español en el que el marqués suele escribir. “Según Oxfam, el año pasado [2014] el 1 por ciento más rico del planeta era dueño del 48 por ciento de la riqueza del mundo. Pero las tendencias tienden a agravarse: en el 2016 ese 1 por ciento tendrá más del 50 por ciento y en el 2019 más del 54 por ciento. Si desagregáramos los grandes segmentos, nos encontraremos con asimetrías incluso más irritantes: en el 2014, el 20 por ciento del 99 por ciento concentraba el 46.5 por ciento de ese restante 52, al tiempo que las ochenta personas más ricas del planeta poseen actualmente lo mismo que los 3 mil 600 millones de personas más pobres” (Gerardo Caetano y Gustavo de Armas, “Pobreza y desigualdad en América Latina”. 1980-2014, El País, 30/03/2015).

De acuerdo con ese mismo estudio, para el 2015 (situación que no ha variado), América Latina, una de las regiones más fieles al esquema neoliberal, era la segunda región más desigual del planeta (con un coeficiente de Gini, índice de desigualdad, de 52.9 por ciento), después de África (56.5 por ciento). Por otro lado, igualmente en América Latina, durante las primeras dos décadas de estricta aplicación de las políticas neoliberales (1980-1999), la pobreza se incrementó de 40.5 por ciento a 43.8 por ciento.

Curiosamente, disminuyó en la primera década del siglo XX, cuando empezaron a surgir los gobiernos “populistas” e “intervencionistas” que tanto detesta el marqués. “Entre los años 2002 y 2014”, nos dice el mismo estudio, “se observa una reducción de los porcentajes de pobreza (de 43,9 a 28) y de indigencia (de 19.3 a 12)”. En Venezuela, por ejemplo, país cuyo gobierno le da al marqués más jaquecas que, en la antigüedad, el de Cuba, la pobreza cayó del 48.6 por ciento en 2002 al 32.1 por ciento en 2013. Por su lado, en el México neoliberal, nación a la que el buen marqués quiere defender de todo “populismo”, la pobreza por ingresos, según datos del Coneval, pasó del 50 por ciento, en 2002, al 53.2 por ciento en 2014. ¡Así que el bienestar social va en sentido contrario de las políticas neoliberales!

Pero no es nuestra intención borrarle la sonrisa de la cara al alegre marqués. ¡Él siempre es tan optimista! Lo que él quiere es defender a México del “populismo”, y por ello llama a todos los “demócratas” (ojo: a los adoradores del mercado) a unirse contra aquél que quiere cambiar las reglas del juego. No importa si libertad de mercado significa solamente competencia entre grupos monopólicos trasnacionales; no importa si libertad de expresión significa limitada posibilidad de hablar y expresarse, restringida, exclusivamente, a aquellos individuos que poseen riqueza, fama y poder para acceder a medios de comunicación igualmente monopolizados; no importa tampoco si esta “libertad de expresión” tiene como resultado el que los periodistas críticos sean asesinados al por mayor; no importa, finalmente, que la “democracia contemporánea” sea, en la realidad, una dictadura de mercado, a la que todos estamos sometidos como siervos de la gleba (no hay que olvidar que los marqueses sienten nostalgia por los términos medievales). No, no y no. Nada importa. Porque el mercado y sus leyes inamovibles y eternas (¿quién las eligió?) deben respetarse por siempre y para siempre; por los siglos de los siglos.

Por mientras, después de sus intrépidas declaraciones, nos podemos imaginar legítimamente que el Ilustrísimo señor marqués de Vargas Llosa, cansado de tanto mover la mandíbula, regresa a su querida Madrid a tomarse un descanso bien ganado. O, tal vez, decida ir a Nueva York, a pasearse por el Central Park, o a su amado París, para caminar a lo largo de Champs-Élysées y contemplar toda la riqueza que es capaz de crear el capitalismo, con su sacrosanto sentido de libertad. Y en ese descanso, o en esos lujosos paseos, nuestro marqués, nuestro apreciado marqués, tal vez recuerde un tiempo muy, muy distante en el que, lejos de títulos nobiliarios, lejos de las cansadas tribulaciones “democráticas” de la aristocracia española, tuvo un día sensibilidad, argumentos e inteligencia política.



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