Izquierda vergonzante, artículo de Carlos Herrera de la Fuente - Aristegui Noticias
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Izquierda vergonzante, artículo de Carlos Herrera de la Fuente
por Redacción AN
Foto: Reuters

Por Carlos Herrera de la Fuente*

Un terror recorre el ánimo de la izquierda mundial: el terror de ser calificada como totalitaria. Todos los medios de comunicación, todos los “intelectuales” y periodistas, todos los políticos, liberales y conservadores, todos los defensores del sistema, procedan de donde procedan, tienen siempre a la mano esa acusación contra aquellos que se arriesguen a cuestionar el esquema de lo “políticamente correcto”: totalitarios. Cualquiera que intente ir más allá de los límites permitidos es sospechoso de querer violentar los principios de la “democracia”, ese concepto sagrado que incluso las monarquías contemporáneas (Reino Unido, España, Suecia…) defienden a capa y espada.

La izquierda tiene derecho a ser ecologista, a defender los derechos de las minorías (étnicas, sexuales, etc.), a proponer limitados programas de seguridad social, a debatir sobre la legalización de las drogas o sobre la eutanasia, a festejar la diversidad y criticar los dogmas religiosos, pero nada más. Apenas se esboza un cuestionamiento al sistema económico tal como está configurado; apenas se anuncia el propósito de alterar el régimen monopólico que administra el destino de nuestras sociedades; apenas se traza en el escenario la menor amenaza a la propiedad privada capitalista, la acusación surge de inmediato: totalitarios.

Pueden morir miles de personas en su éxodo masivo hacia los países metropolitanos en busca de oportunidades laborales; pueden desaparecer cientos de miles de humanos en su paso por los infames corredores industriales que se alimentan de mano de obra ilegal; pueden ser víctimas de tráfico y tortura sexual millones de niños y mujeres desprotegidos, siempre a merced de los más oscuros poderes políticos y económicos. Pero que nadie se atreva a sugerir que esa desgracia tiene algo que ver con el funcionamiento del capitalismo contemporáneo; mucho menos que se intente alterar esa realidad proponiendo reformas sociales al régimen actual. Para el sistema y sus adalides es mejor defender los intereses de la vaquita marina que salvar un solo niño, si eso implica trastocar el ordenamiento económico.

¿Y la izquierda? Preocupada porque no la vayan a tildar de totalitaria, de dictatorial. Absolutamente sometida a la mirada de los “demócratas liberales”, que siguen con lupa cada uno de sus movimientos. Presa de una histeria colectiva que le impide actuar libre y soberanamente, en pro de los intereses de las mayorías. Algo ridículo y absurdo: la derecha realmente existente le dicta los criterios de conducta a una izquierda idealista, demócrata, bien portada.

Pero el Muro de Berlín cayó ya hace casi 30 años. Y lo que vino después no fue ni “el final de la Historia” (Francis Fukuyama) ni un periodo inédito de “paz y libertad” (Octavio Paz), sino un época de intervenciones descaradas del imperio y confrontaciones políticas de todos los signos; un ciclo de terror y guerra, de especulación financiera y recesión, de crisis ecológica y catástrofes ambientales, de migración forzada, pobreza y violencia. Eso es lo que realmente ofrece el liberalismo. Esa es su única promesa.

La democracia liberal es incapaz de resolver los problemas multidimensionales del mundo contemporáneo, porque sus “valores fundamentales” (tolerancia, libertad, equidad, etc.) están en contradicción con el único principio que le interesa defender: el de la propiedad del capital. A la hora de la verdad, un auténtico político liberal prefiere ver hundirse en el mar un barco repleto de infantes que modificar la cláusula más insignificante del más insignificante acuerdo comercial que pueda implicar un atentado contra el “libre comercio”. Su tolerancia acaba donde comienzan los intereses privados.

La izquierda, por ello, no debe temer regresar a sus raíces sociales y reivindicar el principio del beneficio colectivo, aun cuando ello implique trastocar las reglas aceptadas del funcionamiento “democrático”, que sólo favorecen a los más poderosos. Hay que confrontar, sin miedo, ese rígido esquema y proponer un nuevo modelo de democracia, en el que lo que importe sean los intereses sociales del conjunto de la población y no las ganancias de unos cuantos empresarios. La política es lucha. Hay que asumirla como tal.

Un primer reto: Venezuela

Venezuela no es Cuba (por más que así lo quieran presentar los manipuladores de la información).

En Cuba, fue una revolución armada, encabezada por Fidel Castro, la que llevó al poder a los opositores de la dictadura de Batista. Desde ahí organizaron un sistema socialista de partido único que les permitió hacer frente, unificadamente, a las intervenciones del imperio y al oneroso bloqueo económico.

En Venezuela, en cambio, Hugo Chávez, quien encabezó originalmente la llamada “revolución bolivariana”, llegó al poder por la vía electoral y democrática en 1999. A diferencia de lo que se hizo en Cuba (por circunstancias y objetivos disímiles) nunca se instauró un régimen de partido único y los partidos opositores han seguido siendo muy activos hasta el momento (incluso por vías ilegales, como cuando se intentó un fallido golpe de Estado en el año 2002). De hecho, la Mesa de Unidad Democrática (MUD), el principal grupo opositor (cada vez más violento) está conformada por 19 partidos, todos ellos reconocidos por el Estado. Además, desde que Chávez llegó al poder, se han celebrado multitud de elecciones, referéndums y plebiscitos, a tal punto que incluso el ex presidente estadounidense Jimmy Carter, un crítico de los regímenes chavistas, ha llegado a considerar el proceso electoral de Venezuela como “el mejor del mundo” (Agencia Venezolana de Noticias, 31/07/2015).

En lo que respecta al “sacrosanto principio” de la libertad de expresión, cabe señalar aquí lo que indica claramente Luis Hernández Navarro en un artículo reciente (“Venezuela en blanco y negro”, La Jornada, 8/08/2017): “En Venezuela, los medios de comunicación privados (la mayoría opositores) son hegemónicos. En 2014 (…) operaban en Venezuela 2 mil 896 medios: 65.18 por ciento estaba en manos de particulares; 30.76 por ciento era comunitario, y apenas 3.22 por ciento era de servicio público. En la radiodifusión funcionaban 1 mil 598 emisoras privadas, 654 comunitarias y apenas 80 de servicio público. En la televisión de señal abierta 55 canales eran privados, 25 comunitarios y apenas ocho de servicio público.”

En pocas palabras, ni antidemocracia ni represión de la libertad de expresión en Venezuela. ¿Qué es, entonces, lo que molesta tanto a los críticos del régimen venezolano? Que tanto el difunto comandante Hugo Chávez como su sucesor Nicolás Maduro han establecido un régimen en el que el Estado interviene directamente en las diferentes esferas de la sociedad, para resolver problemas como el analfabetismo, la pobreza, la carencia de vivienda, la falta de oportunidades educativas, etc., quitándole con ello espacios de inversión a las empresas capitalistas.

Hasta el año 2013, éste modelo generó excelentes resultados. El propio Banco Mundial, enemigo declarado del régimen bolivariano, ofrece las siguientes cifras: “El crecimiento económico y la implementación de políticas redistributivas permitieron reducir la pobreza considerablemente, de 49.4 por ciento en 1999 a 32 por ciento en 2013, mientras que la pobreza extrema se redujo de 21.7 por ciento a 9.8 por ciento. La desigualdad también se redujo, con el índice de Gini reduciéndose de 0,49 en 1998 a 0,41 en 2013, entre los más bajos de la región” (http://www.bancomundial.org/es/country/venezuela/overview). Por su parte, el ingreso per cápita de la población aumentó de 3 139 dólares anuales en 1998 a 7 307 dólares anuales en 2016 (El Financiero, “5 gráficas que te explican la economía de Venezuela y su impacto social”, 03/04/2017).

Frente al éxito de la revolución bolivariana en los rubros de combate a la pobreza, erradicación del analfabetismo, crecimiento de las oportunidades educativas en todos los niveles, etc., a sus enemigos no les quedó de otra que impulsar un boicot internacional coordinado de empresas productivas y financieras para poner en jaque a la economía venezolana y motivar el descontento masivo de la población. Se ha señalado, repetidamente, a 10 empresas transnacionales que manipulan la distribución de productos básicos (Alimentos Polar, Cargill Venezuela, Convelac, Johnson & Johnson, Medical, Nestlé, Inlaca, Kimberly Clark, Colgate Palmolive, Procter & Gamble, Manpa y Paveca, El Universal, Venezuela, 01/05/2016), así como a las calificadoras Standard & Poor’s y JP Morgan, quienes evalúan negativamente al gobierno venezolano, a pesar de ser un cumplido pagador de su deuda, y a instituciones como Citibank, quien cerró todos sus servicios al gobierno de Venezuela.

A toda esta agresión económica, política y mediática, se suma ahora la amenaza, proferida hace unos días por Trump, de intervenir militarmente en Venezuela.

Así, con todos estos datos a la mano, ¿por qué debería sentirse avergonzado un izquierdista contemporáneo de defender a Venezuela de la agresión multidimensional de la derecha, los medios de comunicación, las empresas transnacionales y el imperio estadounidense? ¿Por qué aceptar el estúpido argumento de que Nicolás Maduro es un dictador, y no entender que se trata de una estrategia para derrocar a un gobierno democrático que ha intentado, en la medida de sus posibilidades y sin modificar radicalmente el régimen capitalista de inversión privada, cambiar algunas directrices del modelo económico dominante a nivel mundial?

La principal intolerancia proviene de la derecha neoliberal internacional, para la cual es un sacrilegio contravenir las reglas del “libre mercado”. Pues bien, la izquierda debe dejar atrás sus viejos temores (derivados de la caída del Muro de Berlín) y reivindicar el interés de las mayorías por encima del interés privado, así como denunciar la compacta red económica, política, mediática y militar, coordinada desde EUA, como la verdadera dictadura mundial que impide un ejercicio libre y soberano de los ciudadanos de las distintas naciones del orbe.

La Asamblea Constituyente que ya se ha instaurado en Venezuela, y cuyos miembros fueron elegidos democráticamente el pasado 30 de julio, es hoy la punta de lanza de la refundación política de ese país hermano y la única forma de que siga avanzando en el camino de reformas sociales iniciado por Hugo Chávez. La izquierda debe apoyar este proceso sin titubear.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es filósofo, ensayista y poeta. Licenciado en economía, maestro en filosofía por la UNAM y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Ha publicado dos poemarios (Vislumbres de un sueño, 2011 y Presencia en fuga, 2013) y un ensayo de filosofía (Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger, 2015). Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales. Su próxima publicación será el ensayo El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos.

Redacción AN

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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