‘Mi vida es bastante rutinaria, por eso prefiero contar otras historias’: Geney Beltrán
El narrador publica ‘Adiós, Tomasa’, una novela donde aborda la normalización de la violencia y el machismo.
(Redacción AN/Alfaguara).

Por Héctor González

El pueblo duranguense de Chapotán tiene su propia ley. Corren los años ochenta y Tomasa trabaja para la familia Carrasco Heras. Tímida y hermosa, la empleada doméstica es objeto de disputa entre los varones del lugar. Alrededor de ella se desdoblan los códigos de una comunidad donde la violencia está tan normalizada que es difícil reparar en ella.

A partir de un episodio cercano, Geney Beltrán (Tamazula, Durango, 1976) construye Adiós, Tomasa (Alfaguara), quizá su novela más personal hasta la fecha.

Leí que por esta historia te volviste escritor.

Así es, tenía 15 años cuando decidí dedicarme a la literatura. En la prepa nos pusieron a leer Cien años de soledad y Macondo me pareció muy similar al pueblo donde crecí en la sierra de Durango. A partir de la lectura de García Márquez me convencí de ser escritor y la historia que merodeaba en mi cabeza era la de Tomasa.

Es un hombre de decisiones rápidas…

No necesariamente. Sentía la necesidad de leer una cantidad determinada de libros antes de ponerme a escribir. Fue una decisión sana, pero toma tiempo. Estudié letras e intenté una primera versión, pero la dejé. Todavía no tenía la distancia suficiente como para narrar la infancia. Retomé el proyecto hace ocho años.

¿Cómo era esa primera versión?

Muy melodramática. La contaba desde la perspectiva de Tomasa, pero en una relectura me pareció que no tenía ni pies ni cabeza. Al retomarla descubrí que era mejor contarla a partir del niño, así nació Flavio.

Y con un amplio respeto a la oralidad.

Las voces de la infancia me acompañaron todo el tiempo. Siempre he disfrutado la literatura popular, los romances, los corridos, así como las obras con temática rural. Quería un narrador nativo, no turista ni urbano. Releí tres novelas mexicanas que comparten la visión del narrador comunitario: Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro; y La feria, de Arreola.

A partir de los localismos se insertan el machismo y la violencia de manera muy orgánica.

Durante el proceso de escritura me asombró la forma en que la violencia se incorpora en el habla. Quería transmitir esa naturalidad no sólo en el diálogo, sino también en la visión del mundo de los personajes.

Esto llamará la atención en los lectores urbanos.

Claro. Tomé talleres con Daniel Sada y le aprendí a aclimatar el magma verbal de los pueblos en la página dirigida a un lector urbano y culto.

En términos de la violencia, la década de los ochenta es un periodo clave para su normalización.

La cercanía de Chapotán, pueblo donde transcurre la historia, con Culiacán, explica cómo crece la siembra de amapola y mariguana en esa parte de la sierra. Las posibilidades de sacar la mercancía por tierra hacia el norte las brindan la geografía de Sinaloa y Sonora. Su repercusión la vemos en la creación de jerarquías a partir de la participación de los hombres en el negocio. Esto provocó tensiones familiares que con el tiempo se tradujeron en violencia. Por otro lado, tampoco había muchas otras opciones de supervivencia más allá del narcotráfico. Los hijos de familias muy pobres entraban al negocio o se iban a Estados Unidos de mojados.

La misma historia de Tomasa es una tragedia.

En mi familia su historia impactó muchísimo. Cuando mis papás tomaron la decisión de mudarnos a Culiacán, Tomasa se iba a ir a vivir con nosotros. Sabíamos que era una mujer hermosa y que por lo mismo muchos machos del pueblo suspiraban por ella.

Tú entonces tenías nueve años, ¿cómo te explicaste lo ocurrido?

Mis amigos ya me habían explicado el sexo, pero todavía no tenía las hormonas despiertas. Para mí fue una representación dura y cruel, ella era una muchacha tímida e indefensa. Por eso fue un enorme reto abordar su personaje. Yo la vi como una suerte de hermana mayor y eso fue lo que traté de proyectar en Flavio. No me interesaba hacerle un close up, prefería que el personaje se creara a partir de la percepción de los otros.

Creo que tu novela se puede ubicar en la misma línea de No contar todo, de Emiliano Monge o Canción de tumba de Julián Herbert, en los tres se filtra la autobiografía.

Alejandro Rossi alguna vez dijo, “todos los escritores tarde o temprano terminan vomitando su infancia”. A partir de las diferencias y semejanzas con el personaje de Flavio quise hacer un libro personal pero no autobiográfico. Creo que esto se debe a cierta madurez si no literaria, sí emocional. No me interesaba transcribir anécdotas que a lo mejor uno considera importantes, pero que en realidad no le interesan al otro. La distancia para desdoblarme en otro personaje me la dieron mis hijos. Más que confesarme, preferí usar ciertas experiencias y transmutarlas en una especie de laboratorio.

Autoficción le llaman ahora.

Me aburre un poco el fenómeno de la autoficción. Marcel Proust lo hizo de maravilla y nadie le llamó así. Además, de mala memoria tengo pudor. Mi vida es bastante rutinaria, no me han pasado grandes cataclismos, por eso cuento otras vidas. Daniel Sada decía que lo más difícil era narrar como se amarra las agujetas una persona común y corriente. Como siempre le robo tiempo al tiempo para escribir continuamente hago un proceso de selección para contar lo esencial.

Creo que Adiós, Tomasa y Toda la soledad del centro de la tierra, de Luis Jorge Boone, son novelas que hablan de la violencia normalizada, pero desde diferentes épocas.

Creo que compartimos la idea de que la violencia no son nada más las balaceras, raptos o la llegada del Ejército. Perdimos la memoria de cuándo empezó el fenómeno. ¿En qué momento tuvimos claro que se podía violar la ley sin que pasara nada? Durante la conversación en un matrimonio puedes percibir la violencia normalizada. Supongo que quienes crecimos en el norte nos familiarizamos más pronto debido a la injerencia del narcotráfico desde los setenta y ochenta. No es que hubiera una balacera o un secuestro diario en Chapotán, pero sí había un caldo de cultivo. Se dice que antes no se metían con la gente común y corriente, esto es falso, ya sucedía, pero nos consuela pensar que todo tiempo pasado fue mejor.

No se ve salida fácil…

No, por eso hay una gran decepción. La despenalización de la mariguana podría ser un primer paso, pero aún así es un entramado muy grande. En fin, yo nada más quise escribir una novela.

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