A propósito de los vidrios rotos…
"¿De veras van a perseguir a las compañeras que rompieron unos vidrios?... En este país de mujeres rotas. Cuerpos rotos. Corazones rotos", escribe María Teresa Priego Tapia.
Foto: Armando Monroy/ Cuartoscuro

Por María Teresa Priego Tapia

Primera marcha.
“Vamos a hacer azúcar con vidrios”, escribió el poeta José Carlos Becerra.
Yo también patee esa puerta.
Yo también quería/quiero que los cristales estallaran/estallen.
Es un Acto.
Un grito.
Un sollozo muy largo.
En una patrulla, violación tumultuaria.
Violación en el baño de mujeres en un museo.
¡Escuchen!
¿De veras van a perseguir a las compañeras que rompieron unos vidrios?
En este país de mujeres rotas. Cuerpos rotos. Corazones rotos.
¿De veras?
Entonces, vengan por nosotras y somos muchísimas.
Yo también “vandalicé” los muros con consignas.
No eran sólo ellas, las 300 mujeres que acudieron a la marcha.
Somos miles y miles y miles.
Nueve niñas, adolescentes y mujeres asesinadas cada día.
Tras abuso sexual y tortura.
Yo también usé esa arma tan dañina y tan mortífera: la diamantina rosa.


Yo también me siento herida, furiosa indignada.
Yo también siento miedo, sobre todo por las niñas y las mujeres muy jóvenes.
Las mujeres muy jóvenes son – sobre todo- las víctimas de la violencia misógina y feminicida.
“No nos cuida, nos violan”.
La diamantina rosa como símbolo de la denuncia ante el horror.
Y de la impotencia.
Y del “Ni una menos”.
Y, del “vamos juntas”.
“A mí me cuida mi amiga, no la policía”.
No, no fue una “provocación”, se llama dolor, se llama impotencia y rabia y desesperación.
“No criminalicen la protesta”.
Yo también patee esa puerta de vidrio.
Pero lo que queremos, lo que ellas quieren, es “hacer azúcar”, cuando la violencia se detenga.
Lo que ellas quieren, lo que queremos: es dejar de mascar vidrios…
Y de tragarlos.
Como si no existiera, no pudiera existir, ninguna otra vida posible.
Por cada una de las niñas, adolescentes y mujeres víctima de la violencia misógina y feminicida:
Yo también patee esa puerta.

SEGUNDA MARCHA
Las cámaras siguen con meticulosidad las roturas en la estación del Metrobús.
“Las feministas, vandalizan…”
Son destrozos. Sí.
Imaginemos que es una mujer. Que es de noche. Que es su cuerpo.
Así sucede.
Los feminicidas vandalizan los cuerpos femeninos.
Los destruyen. Los escrituran.
Un pezón arrancado a dentelladas.
La escritura de la más feroz de las violencias.
Y caminan las calles de las ciudades ensangrentadas.
Los feminicidas. Los violadores.
Como si nada.
“Objeto punzo-cortante. Treinta y cinco puñaladas. Introducción objetos. Cortes transversales. Irreconocible por quemaduras”.
“Están rompiendo los vidrios con un extinguidor”, nos informa el reportero esta noche.
Nota roja pan nuestro de cada día: “Violación tumultuaria”.
“Vandalizan los muros”, nos informa el reportero esta noche.
Nota roja pan nuestro de cada día: “Cuerpo femenino. 20 años. Fragmentado”.
“Fragmentado”, quiere decir, que después de violación, tortura, feminicidio, cortaron el cuerpo en pedazos.
Ajá, con una sierra, por ejemplo.
O, con cuchillo, ¿verdad? Sí, es laborioso.
Y, luego, hay que ir al supermercado, ¿verdad? por las bolsas negras de basura. ¿Verdad? De esas de plástico.
Es difícil que las madres encuentren el cuerpo de sus hijas.
Los familiares buscan.
Cuerpos desmembrados.
Daniela en ese taxi que desviaba la ruta.
Sola. Desamparada. La chamaca más infinitamente sola del mundo.
Somos esa sociedad, que no supo y no pudo proteger a Daniela.
“¡Ayúdame!”
“Ya no se ve nada”.
Una niña, una adolescente, una mujer.
Una niña una adolescente una mujer.
Una niña una adolescente una mujer.
Así, nueve veces, cada día.
Su rostro, sus palabras, su vida.
Su pánico. El horror.
Su a- se- si -nato.
Lento y terrible, sí.
Son demasiados.
A los medios no les daría el tiempo de cubrirlos.
No. Es un matadero de mujeres, no bastan los reporteros. Ni las cámaras.
No bastan.
Y no se trata de deprimir a la audiencia.
La asesinaron en su casa.
A dos cuadras de su casa.
Tenía 11 años: en el pesero.
Tenía 70 años: en su hogar.
Por allí comenzamos.
Por los cuerpos femeninos vandalizados.
Destruidos lentamente.
Por los cuerpos fragmentados arrojados en bolsas al río de los Remedios.
En un tanque de agua en la azotea: el cuerpo de una mujer.
En cualquier lote baldío: un cuerpo, dos cuerpos, tres cuerpos. “Femenino masacrado”.
Allí, en esos huesos para el forense. Hubo una vida. Un nombre. Una manera de andar por el mundo.
“La violencia no se combate con más violencia”.
Es verdad. Es verdad.
Suena justo. Hasta bonito.
La legalidad, caray, qué más quisiéramos.
¿Cómo les digo? Es un asunto de proporciones.
La barbarie. Tomó las calles.
Tenemos miedo. Casi todas. Y, ellas, más. Son tan jóvenes. Son valientes. Son sororas. Y nos dicen:
“Nos están matando”.
Hoy, se escrituraron los muros alrededor de una glorieta en la Ciudad de México…
Estamos obligados a escuchar.
No ha sucedido. No hemos podido. Escuchar.
Daniela: “Ya no se ve nada”.
Y, esta tarde- noche.
Una joven viva. Viva. Viva.
Abre los brazos hacia las nubes.
Como en la foto.
Por ellas.
Esa es la “secuencia”.
Esa, y no otra.
Y, se los ruego.
A los enemigos de la Cuarta T.
No irrumpan acá.
Por favor, no.
Los feminicidios, por primera vez, tienen la posibilidad de ser escuchados.
No comenzaron hace ocho meses.
Ojalá, que los feminismos…
tan distintos entre sí…
ojalá, y que todas las generaciones de los feminismos…
podamos abrirnos a un diálogo.
Nos necesitamos.
Vamos juntas.
A pesar de nuestras diferencias: ante la violencia misógina,
vamos juntas.
Nos tenemos que cuidar.
Tomemos las plazas. ¡Claro que sí!
Tomemos también, las mesas de diálogo.
Tenemos tanto que aprender las unas de las otras.
Ni una Menos.
Si Tocan a Una Respondemos Todas.



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