‘Pensar en el bien común es una obligación de todos’, asegura la filósofa catalana Victoria Camps
La académica ganadora del Premio Internacional Menéndez Pelayo hace un llamado a la moderación en su libro ‘Elogio de la duda’.
(Océano).

Si algo falta en política, son valores éticos. Por muy anacrónico que suene, la filósofa catalana Victoria Camps sostiene, “vivimos en sociedades atomizadas donde cada uno va a lo suyo”.

Ganadora del Premio Internacional Menéndez Pelayo (2008) y Nacional de Ensayo (2012), la académica publica Elogio de la duda (Arpa), título donde realiza un exhorto a la moderación y la reflexión, como una ruta para dejar de lado los extremismos y la confrontación.

 La importancia de la duda está devaluada, ¿no le parece?

Cierto, en Cataluña, por ejemplo, vivimos una realidad de confrontación política extrema y eso me lleva a pensar que el ejercicio de la duda es una actitud que necesitamos tener en cuenta ante cualquier propósito, no solo en la política, también ante los medios de comunicación donde vemos poca reflexión.

Hoy dudar es visto incluso como debilidad o pasividad.

La vida contemporánea es muy acelerada. Las noticias duran poco porque les siguen otras que creemos más importantes. La pérdida de la duda como una actitud positiva viene por la dificultad para darnos tiempo para pensar antes de decidir o escribir sobre algo. En la teoría política desde hace tiempo se habla de la necesidad de una democracia más deliberativa. Actualmente en los parlamentos no hay espacio para ello y las redes sociales no son espacios para pensar.

En el libro escribe que la democracia es un régimen mediocre, aunque reconoce es el mejor que tenemos.

Es algo que han dicho todos los filósofos desde Aristóteles. El mejor gobierno sería aquel encabezado por los que saben más, el problema es que los más sabios no existen y en todo caso cada vez son menos. Cada vez es más difícil acumular el saber y tener el conocimiento adecuado para tomar decisiones sobre cosas cuyas consecuencias son imprevisibles.

¿Por eso el desencanto global de la democracia?

El desencanto viene porque es muy difícil sostener los valores que implica la democracia. La política española es muy partidista y antepone sus intereses sobre el bien común, por eso el ciudadano desconfía. Recientemente ha habido una crisis económica muy fuerte y la desigualdad se amplió. En consecuencia, surgió el movimiento de indignados, pero los cambios no han sido suficientes.

 Una de las propuestas de su libro es recuperar o revalorar la ética política.

Uno de los grandes problemas de la política hoy es la corrupción. Además de ser un comportamiento ilícito e ilegal, es inmoral. Hay personas que se aprovechan de una situación de privilegio y utilizan los bienes públicos para favorecerse en lo personal o grupal. El déficit ético de la democracia actual es de virtudes, sé que es un concepto anacrónico, pero conviene recuperarlo. La política no procura la formación de personas adecuadas y que se comprometan con el bien público en lugar de satisfacer intereses privados. Vivimos en sociedades atomizadas donde cada uno va a lo suyo. Falta moralidad pública.

Pero parece que dentro de los actores políticos no existe la condición para cambiarlo.

Las condiciones nunca están dadas del todo. Cambiarlas depende de que haya voluntad, conciencia de moralidad pública y disposición a comprometerse con algo más que mantenerse en el poder y perseguir beneficios grupales o individuales. Pensar en el bien común es una obligación de todos. Cada uno en su profesión se debe de alguna forma al interés común.

En principio el conocimiento debe servir para dudar y no para crear certezas, ¿no?

Las certezas son muy cómodas y nos agarramos de ellas en seguida, por eso abonan al clima de confrontación. Cuando uno basa su comportamiento en unas certezas indudables, los principios acaban en la confrontación pura y dura. En Cataluña el movimiento independentista defiende el derecho a la autodeterminación de los pueblos como un principio indudable. En el otro lado, la Constitución española proclama la unidad indisoluble de España donde no cabe el derecho a la autodeterminación. Son dos principios imposibles compaginar, para hacerlo se necesita que ambos lados cedan por medio de vías moderadas que hoy no gustan porque provocan dudas.

Vivimos en una inercia binaria: izquierda y derecha; buenos y malos. No hay puntos intermedios y según Fukuyama no hay ideologías.

Todos los populismos son ideológicos, tanto los de izquierda como los de derecha. Todos son nacionalistas y en Europa abundan. Se caracterizan por la defensa de lo interno y el rechazo a lo que viene de afuera. Ofrecen soluciones simples a problemas que tienen mucha complejidad y que necesitan ser discutidos para plantear soluciones a largo plazo.

¿Cuál es la diferencia entre la moderación que usted propone con lo políticamente correcto?

Es muy diferente. Lo políticamente correcto es lo más dogmático que hay. Impone una manera de decir y pensar. Suele proponerse como solución de un problema, pero no soluciona nada. Hay un lenguaje feminista políticamente correcto que distingue el género continuamente, eso no resuelve el machismo de la sociedad. No es para nada moderado ni cercano a las vías intermedias o terceras vías, cuyo problema es que no son atractivas. A la gente le atrae más el extremismo que la moderación. A los medios de comunicación les gusta la confrontación y la polarización. La reflexión no da titulares.

¿Esto es producto de la época de saturación informativa y de inmediatez que vivimos?

En parte sí, pero siempre ha habido crisis de valores éticos. La ética nunca ha sido predominante. A lo largo de la historia los filósofos se han lamentado de la falta generosidad y solidaridad. Es verdad que ahora vamos más de prisa que nunca, las redes sociales impelen ese ir de prisa, pero tampoco la contemplación se ha promovido en épocas anteriores.

Un buen principio para las conclusiones de su libro es: No sabemos lo que queremos, pero por lo menos sí sabemos lo que no queremos.

Esa es una idea a la que he llegado conforme más estudio la ética. Es muy difícil dibujar cómo debe ser la sociedad o la persona ideal. No obstante, cada vez tenemos más identificado aquello que está mal. Los ideales del mundo más libre, respetuoso o tolerante no dicen demasiado, pero al menos sí nos sirven para criticar lo que no es igualitario, libre o democrático. Por ahora esa es la vía por la que hay que ir.

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