La dogmática del dato y el eclipse de la interpretación | Artículo de Mario Luis Fuentes
En el análisis e interpretación de la cuestión social los datos son indispensables, pero nunca suficientes. La realidad social no se deja capturar completamente por una tabla estadística. Entre la cifra y el mundo existe siempre un espacio tanto de insuficiencia de evidencia e interrelación de fenómenos y procesos, como de interpretación.
- Mario Luis Fuentes

Por Mario Luis Fuentes
En México, como en buena parte del mundo, las cifras se han convertido en un recurso privilegiado para legitimar posiciones ideológicas, justificar políticas públicas y clausurar debates que deberían permanecer abiertos. Sin embargo, enfrentamos una situación paradójica. Nunca habíamos dispuesto de tantos datos y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil discutir razonadamente sobre ella. El dato ha adquirido una condición casi sagrada: aparece investido de una autoridad que parece eximirlo de toda interpretación. Se le presenta como evidencia definitiva, cuando en realidad constituye apenas un punto de partida para la reflexión.
Esta situación resulta particularmente visible en el debate público mexicano. Frente a casi cualquier problema social -la pobreza, el empleo, la inseguridad, el crecimiento económico o la desigualdad- la discusión suele reducirse a una confrontación de cifras. Quien posee el dato parece poseer también la verdad. Sin embargo, esta confianza desmedida descansa sobre una premisa profundamente problemática: la idea de que los datos hablan por sí mismos.
La fenomenología enseña precisamente lo contrario. Edmund Husserl advirtió que todo conocimiento surge de una determinada relación entre el sujeto y el mundo. No existe una observación completamente neutra de la realidad. Antes de convertirse en cifra, un fenómeno debe ser definido, delimitado, clasificado y medido. Cada uno de estos pasos implica decisiones conceptuales previas. Lo que llamamos “dato” no es una porción pura de realidad capturada por un instrumento objetivo; es una construcción elaborada a partir de categorías teóricas, supuestos metodológicos y criterios institucionales.
La estadística, por ello, no constituye una fotografía del mundo, sino una representación del mismo. Y toda representación supone una selección. Elegir qué medir implica simultáneamente decidir qué dejar fuera. Determinar qué variables son relevantes significa asumir una determinada comprensión del fenómeno observado. El dato nunca es el mundo; es una forma particular de organizarlo para hacerlo inteligible.
Sin embargo, en el espacio público contemporáneo ocurre algo distinto. El dato no es presentado como un elemento dentro de una posible interpretación, sino que pretende que se tome como la explicación misma. La cifra es presentada como causa cuando, en el mejor de los casos, sólo describe una correlación o una tendencia. El resultado, pernicioso por donde se le vea, es una inversión epistemológica: la medición sustituye a la interpretación.
Esta lógica puede observarse con claridad en el debate sobre la pobreza. Es un hecho que, de acuerdo con las mediciones disponibles, se ha registrado en los últimos años una reducción significativa en el número de personas clasificadas como pobres. El dato constituye, sin duda, una información relevante. Sin embargo, con frecuencia se le atribuye un alcance explicativo que no posee. A partir de una sola cifra se concluye que tanto la política económica como social han sido exitosas, que las condiciones de vida han mejorado de manera generalizada, que la desigualdad se encuentra en retroceso, que las oportunidades se han ampliado y que la sociedad avanza hacia mayores niveles de bienestar. El indicador, que es una evidencia parcial, se presenta como una explicación total de la realidad social.
La reducción estadística de la pobreza no contiene por sí misma ninguna de esas conclusiones. Incluso siendo la medición técnicamente correcta, permanecen abiertas preguntas fundamentales: ¿la definición que tenemos sobre la pobreza, en la ley, es la aceptable respecto de lo que dice la Constitución? ¿la medición responde auténticamente a una visión integral de derechos? La cifra informa acerca de una variación en determinados indicadores, pero no resuelve automáticamente la compleja cuestión de cómo se transforma una sociedad. Cuando se le exige responder a todas esas preguntas, el dato deja de funcionar como instrumento de conocimiento y se convierte en dogma.
El debate sobre los homicidios dolosos ofrece un ejemplo particularmente ilustrativo. Es un hecho que las cifras recientes muestran una reducción significativa tanto en términos absolutos como relativos. La disminución es suficientemente importante para merecer atención y análisis. Frente a ello, la Presidencia de la República sostiene que esta reducción constituye una consecuencia directa de su estrategia de seguridad.
El problema no radica en formular esa hipótesis. Toda política pública aspira legítimamente a producir determinados resultados. La dificultad aparece cuando la hipótesis es presentada como una conclusión demostrada. El descenso de los homicidios no contiene en sí mismo la explicación de sus causas. La cifra informa sobre una variación observada; no explica automáticamente por qué ocurrió.
Pero existe una dificultad adicional. Tampoco quienes cuestionan la narrativa gubernamental disponen de evidencia concluyente para refutarla. La reducción de los homicidios podría estar asociada a las acciones estatales, pero también a procesos paralelos o incluso independientes. Podría relacionarse con transformaciones en los mercados ilícitos, cambios en las dinámicas territoriales de los grupos criminales, modificaciones demográficas o reacomodos internos de las organizaciones delictivas.
Incluso podría formularse una hipótesis alternativa: la creciente presión ejercida por Estados Unidos sobre los cárteles, particularmente a partir de su caracterización como organizaciones narcoterroristas y del fortalecimiento de mecanismos de persecución financiera y judicial, podría estar incentivando estrategias de contención de la violencia por parte de los propios grupos criminales. La historia comparada muestra que, en determinadas circunstancias, las organizaciones ilícitas pueden reducir los niveles de confrontación abierta cuando perciben amenazas que ponen en riesgo su supervivencia. Sin embargo, estos procesos ocurren en la clandestinidad. Los eventuales acuerdos, negociaciones o mecanismos informales de regulación permanecen fuera del alcance de la observación pública.
Nos encontramos entonces frente a un problema clásico de las ciencias sociales: varias hipótesis plausibles compiten por explicar un mismo fenómeno, pero ninguna puede ser demostrada de manera concluyente con los datos disponibles. El resultado es una especie de callejón epistemológico. Cada actor selecciona la interpretación que mejor se ajusta a sus preferencias ideológicas y la reviste con la apariencia de objetividad estadística.
La teoría crítica identificó tempranamente este riesgo. Cuando la racionalidad instrumental se independiza de la reflexión sobre los fines y los significados, la cuantificación termina sustituyendo a la comprensión. Lo que puede medirse adquiere relevancia política, mientras que aquello que exige interpretación queda relegado. La cifra se transforma en una tecnología de legitimación. ¿Cómo salir de esta trampa?
La respuesta no consiste en abandonar los datos, sino en devolverlos a su lugar adecuado. El dato debe entenderse como evidencia, no como veredicto. Su función es abrir preguntas, no cerrarlas. En lugar de discutir quién posee la cifra correcta, el debate público debería concentrarse en la contrastación sistemática de hipótesis rivales.
Esto implica asumir una actitud de modestia epistemológica. Cuando una reducción de homicidios es observada, lo intelectualmente honesto no es proclamar una explicación definitiva, sino reconocer la coexistencia de varias explicaciones posibles. La pregunta relevante deja de ser quién tiene razón y pasa a ser qué evidencia adicional permitiría discriminar entre hipótesis alternativas.
La deliberación democrática no exige certezas absolutas. Exige procedimientos rigurosos para someter nuestras interpretaciones a prueba. Donde los datos resultan insuficientes, la respuesta no puede ser la propaganda ni la especulación, sino la construcción de mejores mecanismos de investigación, evaluación y contraste.
En el análisis e interpretación de la cuestión social los datos son indispensables, pero nunca suficientes. La realidad social no se deja capturar completamente por una tabla estadística. Entre la cifra y el mundo existe siempre un espacio tanto de insuficiencia de evidencia e interrelación de fenómenos y procesos, como de interpretación. Y es precisamente en ese espacio donde se juega la posibilidad de una inteligencia pública capaz de comprender, y no solamente contabilizar, los problemas de la sociedad.
Investigador PUED-UNAM
