‘Lo que se rechaza de las redes sociales es lo que se rechaza de la política democrática’: Santiago Gerchunoff
El filósofo argentino publica ‘Ironía On’, un libro donde hace una defensa de la conversación pública de masas.
(Anagrama).

Por Héctor González

Internet y las redes sociales han potenciado la conversación pública como nunca. No obstante, las diatribas, los cuestionamientos e incluso los insultos que ahí se vierten no son nuevos. En Ironía On (Anagrama) filósofo Santiago Gerchunoff (Buenos Aires, 1977) hace una defensa del espacio que representa y lo inscribe incluso dentro de la cultura democrática.

Contundente el filósofo argentino sostiene que quienes tienen una visión muy sombría de la conversación pública de masas añoran una dictadura del bien que jamás va a existir; “no toleran la democracia”.

Si partimos de la definición de la RAE, ironía es “la expresión que da a entender algo contrario o diferente de lo que se dice, generalmente como burla disimulada”, ¿cuál es tu relación con lo que usted llama conversación pública de masas?

Mi tesis fundamental en este ensayo es que, a pesar de la riqueza de las definiciones conceptuales o meramente lingüísticas como la de la RAE, el origen de la ironía es político. En el sentido de que la ironía es un fenómeno que surgió originalmente en la conversación pública de la ciudad griega antigua. Había entonces una gran cantidad de discursos vivos en pugna, con voluntad de saber o de poder, que se entrecruzaban en una disputa potencialmente infinita. Tuvo que surgir entonces la ironía, como la posibilidad de desenmascarar a un charlatán, es decir, como herramienta espontánea para mostrar que el que pretende saber todo sobre algo está en realidad más cerca de saber poco o nada. No es muy distinto lo que pasa hoy en día en nuestra conversación pública masificada por las tecnologías digitales: a más cantidad de personas que se jactan de saber qué está bien, qué esta mal o, simplemente, muestran lo guapos que se creen, surge también la ironía limitando y relativizando todas estas pretensiones, todas estas jactancias. Los sofistas y los poetas a los que Sócrates desarmaba con su ironía en la ciudad antigua no son muy distintos de los políticos o los artistas que los trols de hoy desenmascaran en las redes.

Me queda claro que para ti Umberto Eco, quien dijo que las redes sociales “le dan un espacio a una legión de idiotas”, es un conservador, ¿no?

Si vamos a hablar de “espacio” y vincularlo con lo que pasa en las redes sociales, me parece más útil la fórmula que usaba Hannah Arendt para referirse en general a lo político como “el espacio de aparición de los ciudadanos”. Creo que las redes, en efecto, han ampliado el “espacio de aparición”, han permitido que mucha más gente tenga la posibilidad de mostrarse, de aparecer frente a un público. La postura de Eco en la frase que citas es la típica, sí, de lo que yo llamo “nuevos conservadores” en el libro: personas que creen que el “espacio de aparición” debería ser restringido, reservado para una élite “inteligente” o “formada”; que abrirlo a los “cualquiera” es arruinarlo y, por tanto, arruinar la vida política de una sociedad. Acerca de estos temores, vale la pena recordar que en el siglo XIX, cuando se discutía la extensión del voto para convertirlo en universal, los conservadores del momento también advertían que dejando votar a todo el mundo, se estaba dejando entrar en la participación política a “una legión de idiotas” que destruirían la democracia. No parece que hayan acertado mucho en su predicción aquellos conservadores y yo no creo que los nuevos estén acertando tampoco.

En el libro escribes que en su origen la ironía consistía en desenmascarar a un charlatán, ¿pero por qué no pensar que hay también charlatanes en las redes sociales?

Claro que hay charlatanes en las redes sociales, muchísimos, porque gracias a las redes hay más gente que nunca conversando públicamente. A más hablantes, más charlatanes. Por eso mismo es inevitable que surja la ironía; la ironía sólo aparece (como reacción) cuando hay charlatanería. Sin un charlatán al que desenmascarar la ironía no surgiría.

Está claro, como dices en el libro, que las opiniones que leemos en redes sociales siempre han existido, ¿pero estas redes no se están convirtiendo en termómetros de lo políticamente correcto?, es común que desde ahí se linche públicamente a quien piensa distinto.

Creo que tenemos demasiado arraigado el paradigma de separación y jerarquía absoluta entre un orador autorizado y un público silencioso que heredamos del siglo XX. En los siglos XVII y XVIII el público no era silencioso ni en el teatro, ni en las calles, ni en las asambleas o parlamentos, era habitual protestar, tirar tomates, obligar a un orador a repetir un discurso y el linchamiento (literal, no metafórico) era una de las derivaciones de la profesión de artista público. Fue en los siglos XIX y XX, (primero con la imposición de la lectura silenciosa, luego con la obligación de permanecer callados en el teatro y finalmente con la pasividad absoluta frente a la TV), que asumimos que el artista u orador o político puede decir lo que le de la gana y el público permanecerá (no le queda más remedio) en silencio sin reaccionar. Hoy podemos ser público y a la vez oradores sin una jerarquía tan marcada y tenemos que tener en cuenta que el público para el que hablamos no es para nada silencioso, tiene voz y reacciona. Es esperable que, si haces un chiste burlándote de los gordos y te leen cientos de miles de gordos, unos cuantos te respondan (con insultos o burlas, pero no con tomates, por lo menos). Tener que tener en cuenta el contexto en el que uno habla para elegir qué se dice y qué no en cada momento no tiene nada que ver con que no se respete al que piensa distinto o se “linche”; es la lógica propia de toda conversación libre. Es curioso que muy poca gente se fije en que son justamente los que nos advierten una y otra vez contra los “linchamientos” los que estarían pidiendo censura; la censura del público que reacciona libremente y con la voz que le dan las redes insulta, critica o aplaude lo que lee, escucha o ve.

¿Cuál es tu opinión sobre el uso que hace Bauman, del concepto líquido para definir nuestra época?

El concepto “líquido” que usa Bauman para definir nuestra época me parece un concepto líquido, trato de agarrarlo, pero siempre se me escapa.

Cuando ganó las elecciones, el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador dio gracias a lo que llamó “benditas redes sociales”, ¿en verdad son benditas?

Nunca diría que son “benditas”. Pero tampoco demoníacas como sostienen muchos otros políticos. Es un error creer que la cultura digital está del lado de una ideología política y en contra de otra. Se trata de una ampliación del campo de batalla que todos los políticos pueden usar a su favor o sufrir en su contra. En las manifestaciones pro Bolsonaro en Brasil se podía leer “Whatsapp sí, Globo no” y una sociología política más bien perezosa fue capaz de atribuir el triunfo de Bolsonaro a “las redes sociales”. Sin embargo, hoy el gobierno de Bolsonaro también corre peligro por una filtración típica de la era digital y cuya expansión y amplificación  inmediata sería imposible sin la propia conversación pública de masas viva. Ningún político puede sentirse bendecido ni condenado por “las redes” es otro espacio en el que no les queda más remedio que aprender a pelear.

¿Atrás de la crítica a las redes sociales en realidad hay un temor a la democracia plena?

Creo que lo que hay es una melancolía de un régimen político límpido, ordenado, sin mentiras, sin ambigüedades; un régimen de “verdad” que nunca existió. Y que si existiera sería algo parecido a una tecnocracia (en el sentido de un gobierno de los que saben), pero nunca una democracia. La democracia tiene como eje la palabra humana, la conversación libre, el antagonismo y el acuerdo. Y por tanto la ambigüedad, los desplazamientos de sentido, la posibilidad de la exageración, el insulto, el eufemismo, la ironía, el narcisismo, la emotividad. Son todas esas características sucias, poco claras, nada beatas las que se aborrecen de las redes sociales. Entonces sí, diría que lo que se rechaza de las redes sociales es lo que se rechaza en verdad de la política democrática como tal. Quienes tienen una visión muy sombría de la conversación pública de masas añoran (lo sepan o no) una dictadura del bien que jamás va a existir; no toleran la democracia.

¿Qué efectos contraproducentes encuentras en las redes sociales?, pienso en las fake news, en el activismo de escritorio, en quienes creen que es suficiente un tuit para estar informado.

Es lo que te decía en la respuesta anterior: son las propias características “contraproducentes” de la política como tal, pero amplificadas. El intento de propagar mentiras como herramienta en la pugna política es tan antiguo como la propia política. No veo nada nuevo en las “fake news”. Es curioso cómo existió una densísima literatura de crítica a los medios de comunicación de masas anteriores a internet (periódicos, radio, TV) que hoy parece haberse olvidado; en este sentido en el libro trabajo con las grandes obras de Habermas o Sennett en los años 60 y 70 del siglo XX. La capacidad que tenían entonces los medios de comunicación de instalar mentiras sin contestación posible que duraran décadas hoy es mucho más difícil de sostener; ni hablar de su capacidad para generar un público atomizado, pasivo y sumiso. De pronto todo esto se ha olvidado y parece que todos los problemas de la esfera pública han nacido con internet. La disputa alrededor de “la verdad y la mentira” es consustancial a la democracia, nunca se va a extinguir.

Cómo ha sido tomada entre los filósofos su tesis de que la filosofía no afirma nada, “no dice nada: trabaja sobre los discursos que sí afirman. Es reactiva e incapaz de fundar”-

Ojalá fuera una tesis mía…Es la ineludible raíz socrática de toda filosofía, la conciencia de que sólo es posible un saber universal de verdad (filosófico) a costa de renunciar a todo saber particular. Es decir, que la filosofía solo puede ser un saber del no-saber, un discurso que sólo interroga sobre lo que otros dicen, pero que no tiene nada que decir. Los filósofos que no aceptan esta restricción y van pontificando sobre cómo son las cosas y qué está bien y qué está mal, son, precisamente, unos charlatanes.

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