Linda Rosa Manzanilla Naim mira Teotihuacan con ojos científicos | Entrevista
'He dedicado muchos años de trabajo a comprender una enorme ciudad multiétnica como lo fue Teotihuacan y a sus habitantes', aseguró la arqueóloga.
- Redacción AN / MDS

Por Andrea Martínez / El Colegio Nacional*
Un veracruzano llegó a Teotihuacan con la esperanza de una vida mejor. Entonces —entre los años 200 y 550 d. C.—, la ciudad de los colores era próspera, dinámica y cosmopolita: la tierra prometida del mundo mesoamericano. El hombre se empleó en un centro de coordinación de un barrio como artesano de tiempo completo; los capataces lo alimentaban con atole, tortillas, tamales, perro y guajolote. A un punto enfermó y, finalmente, murió.
A diferencia de esta alimentación para trabajadores anclados en el centro de barrio, los teotihuacanos de la ciudad estaban bien nutridos: su dieta incluía maíz, chile, frijol, calabaza, huauzontle, tejocote, venado, conejo, liebre, guajolotes, perro y aves acuáticas, entre otros alimentos.
La historia de este hombre es similar a la de cientos de migrantes que llegaron a Teotihuacan. Así lo confirman sus restos óseos, fragmentos de alfarería, trozos de tela y el propio suelo que la arqueóloga Linda Rosa Manzanilla Naim ha analizado durante 50 años con un enfoque multidisciplinario. “Yo hago ciencia, no ciencia ficción”, dice en entrevista.
Manzanilla Naim ha incorporado distintas disciplinas desde que era estudiante. Cuenta que ingresó como asistente de investigación al Departamento de Prehistoria del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En ese espacio, los arqueólogos realizaban trabajos interdisciplinarios en los laboratorios de geología, paleobotánica, paleozoología, suelos y química.
Sin embargo, fue su maestro José Luis Lorenzo (1921–1996) quien le enseñó a integrar información de otras disciplinas para comprender el pasado. Estas habilidades se fortalecieron cuando estudió Egipto y Mesopotamia y, posteriormente, cuando se incorporó a la plantilla de investigadores del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde el arqueólogo Jaime Litvak King (1933–2006) fundó diversos laboratorios, como los de osteología humana, química de pisos de estuco y geofísica.
“Cuando gané la plaza en la UNAM seguí haciendo interdisciplina de una manera fabulosa, porque teníamos conexiones con los institutos de Física, Geofísica y Geología de la UNAM, así como técnicas de fechamiento y análisis sofisticados de materiales arqueológicos. Más adelante, para entender a los migrantes de Teotihuacan, hacia los años 2000 incorporé el ADN antiguo y los estudios de isótopos estables y de estroncio”.
“He dedicado muchos años de trabajo a comprender una enorme ciudad multiétnica como lo fue Teotihuacan y a sus habitantes. Es la primera vez que vemos una capital de esta magnitud con tal diversidad, y era necesario individuar a las personas provenientes de otros lugares dentro de esa multietnicidad: ¿De dónde provenían los restos que desenterré en el centro de un barrio? ¿Quiénes eran? ¿Qué hicieron en vida? ¿Qué grupo genético tenían? En suma: el estudio forense de una población”.
La labor de Manzanilla Naim, integrante de El Colegio Nacional desde 2007, ha sido reconocida con premios nacionales e internacionales. No es para menos: es pionera en el estudio del ADN antiguo y los vestigios que ha localizado en los 20 kilómetros cuadrados de Teotihuacan fueron la base para fundar el laboratorio de ADN antiguo del Cinvestav-Irapuato. Asimismo, permitió por primera vez en México que un laboratorio en el Instituto de Geofísica de la UNAM —el Laboratorio Lugis— iniciara el estudio de isótopos de estroncio en restos óseos humanos para comprender la geología de dónde procedían los migrantes.
Así, por primera vez, los geólogos trabajaron con rocas para obtener isótopos de estroncio y analizar restos óseos hallados por la arqueóloga en el barrio teotihuacano de Teopancazco. Como resultado, fue posible establecer quiénes eran migrantes y de dónde provenían; con estudios osteológicos de sus articulaciones y con isótopos estables, a qué se dedicaban y cuál era su dieta; quiénes eran teotihuacanos que salieron de su localidad y regresaron a la metrópoli; y, finalmente, quiénes nacieron y murieron en Teotihuacan.
“Entusiasmé a varios laboratorios de hacer por primera vez análisis sobre restos arqueológicos; obviamente, tenía una gran cantidad de información y la certidumbre de lo que estoy diciendo”, enfatiza la arqueóloga.
Ciudad cosmopolita
Teopancazco era centro multiétnico de coordinación de un barrio del sur de la ciudad. Según los restos óseos que Linda Rosa Manzanilla Naim ha investigado, muchos de los migrantes que vivían en ese barrio provenían de Puebla, Veracruz, Hidalgo, Tlaxcala e incluso de Chiapas. Gracias a los estudios de laboratorio, se sabe que la costa del Golfo estaba representada en la infraestructura de la localidad, pues el piso de estuco estaba construido con vidrio volcánico de Altotonga, Veracruz.
Por aquellas avenidas caminó la élite de Teopancazco, ataviada con trajes ornamentados con elementos marinos. Además, se encargaban de motivar a los habitantes de otros barrios a internarse en los distintos rincones de Mesoamérica para atraer a personas de otras culturas y sumarlas al trabajo en alguno de los 22 barrios de Teotihuacan.
“Algunos iban al Bajío; otros, a Guerrero, Veracruz o Oaxaca; en fin: cada barrio tenía sus intereses, sus alianzas y su propio corredor de sitios aliados. Por eso vemos a la sociedad teotihuacana como una sociedad profundamente multiétnica”. A esta búsqueda de mano de obra en el interior del actual territorio mexicano, se sumó la presencia de una población foránea ya establecida en la periferia de Teotihuacan. Manzanilla Naim los denomina “barrios étnicos”, ya que sus habitantes se agrupaban de acuerdo con su región de origen.
Por ejemplo, el barrio de los oaxaqueños se localizaba al oeste de Teotihuacan, y el barrio de comerciantes veracruzanos en el este. “Serían el equivalente al barrio chino de la Ciudad de México”, explica.
Quienes llegaban del interior de Mesoamérica se incorporaban a diversas actividades productivas: algunos trabajaban en la confección de prendas incrustadas con conchas marinas; otros, en la manufactura de redes de pesca; muchos más se desempeñaban como cargadores y recorrían largas distancias con materia prima y objetos sobre la espalda. También había quienes pintaban los muros de la ciudad o decoraban vasijas.
“Contamos con estudios de los instrumentos de trabajo. Sabemos que se pintaba y laqueaba cerámica, que se tejían cestos, se confeccionaban trajes y se tallaba obsidiana, así como elementos decorativos de piedras semipreciosas”.
En los cuerpos de los trabajadores quedaron impresas las huellas de su esfuerzo físico y su desnutrición, pues sólo les daban de comer perro, guajolote y comida a base de maíz. La especialista señala que los restos óseos de pintores y tejedores presentan entesopatías (o marcas de actividad) similares en los dedos de las manos; los pescadores con red, en cambio, las muestran en los brazos. “Se trata de la llamada entesopatía de jabalina: lanzar la jabalina o arrojar la red deja marcas muy semejantes en el esqueleto”.
Los buzos que se sumergían para extraer moluscos presentan exostosis auditiva, mientras que los cargadores muestran “compresión de vértebras cervicales y abultamiento del occipital; en los pies, las entesopatías asociadas a las largas caminatas que realizaban hacia Nautla, Veracruz, y de regreso a Teotihuacan”, trayectos de más de 300 kilómetros.
La interdisciplina al servicio de la arqueología
No existen documentos de la época de Teotihuacan que ayuden a comprender el funcionamiento de la ciudad y su sociedad; sin embargo, la ciencia contemporánea ofrece herramientas para desentrañar su pasado. Así lo demostrará la arqueóloga en su ciclo de conferencias La ciencia del siglo XXI al servicio de la arqueología: el caso de Teotihuacan, que se llevará a cabo el próximo martes 20 de enero, a las 17 horas, en el Aula Mayor de El Colegio Nacional (Donceles 104, Centro Histórico).
El ciclo estará integrado por dos conferencias: “La ciudad de Teotihuacan a través del lente de la ciencia del siglo XXI” y “Estudio forense de la población multiétnica de Teotihuacan”. En ellas, Manzanilla Naim analizará cómo disciplinas como la geofísica permiten conocer las características de los sitios arqueológicos antes de iniciar cualquier excavación. El estudio químico de los pisos de estuco, por su parte, posibilita comprender qué actividades se desarrollaron en cada cuarto, pórtico o patio previamente expuesto por excavaciones extensivas.
Asimismo, la procedencia de los objetos arqueológicos se determina mediante técnicas sofisticadas como la activación neutrónica, diversas espectrometrías, el micro-Raman y el microscopio electrónico de barrido, entre otras.
De igual manera, los individuos enterrados en los sitios arqueológicos pueden ser estudiados con gran detalle. No solo es posible conocer su sexo, edad al morir, patologías y modelaciones cefálicas y dentales, sino también distinguir a los migrantes de los originarios de Teotihuacan mediante el análisis de isótopos de estroncio y oxígeno. Además, a partir de elementos traza e isótopos estables de nitrógeno y carbono, se puede reconstruir su paleodieta, así como la diversidad biológica de la población teotihuacana mediante el estudio del ADN mitocondrial.
De esta forma, la investigación arqueológica se asemeja a la labor de un detective forense, apoyada en grupos interdisciplinarios que buscan reconstruir qué ocurrió en un sitio como Teotihuacan, excepcional en Mesoamérica y que, lamentablemente, no dejó textos escritos para explicar su funcionamiento.
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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.



