Murió el escritor italiano Andrea Camilleri, padre del comisario Salvo Montalbano
El autor de más de una centena de libros llevaba varios días internado en un hospital de su país.

Héctor González

Quienes lo conocieron cuentan que salvo en su última etapa, todos los días se levantaba a las seis de la mañana para escribir. ¿Cómo no hacerlo a lo largo de su vida publicó casi un centenar de libros? En Italia casi todos lo conocen, es uno de sus escritores más famosos y de los pocos que encontró cabida en cualquier ideología.

Andrea Camilleri (1925-2019), como buen siciliano cultivó el género policíaco. Admirador de Leonardo Sciascia escribió historias de asesinatos, corrupción, crímenes sin resolver. En 1994 creó al comisario Salvo Montalbano. Con el hombre realizó un homenaje a su gran amigo, el español y colega Manuel Vázquez Montalbán. Con la personalidad y carácter del personaje, rindió tributo a su padre.

Montalbano no era un tipo duro, aunque sí sabio. No era un tipo violento, aunque sí eficaz. Su comisario, detective, investigador -llámalo como gustes-, marcó un giro al género. No era Marlowe de Chandler, tampoco el Maigret de Simenon. Al contrario: le gustaba comer bien, la música; era melancolía y amaba a su manera, a su eterna novia genovesa, Livia. Todo esto estaba tatuado en su personalidad.

La saga de Camilleri lo puso en los cuernos de la luna y lo convirtió no sólo en uno de los narradores más leídos de Italia. Su fama trascendió fronteras y contó o cuenta, mejor dicho con cientos de lectores alrededor del mundo. Antes del despunte de la novela negra y policíaca, él encontró su lugar. Quizá sea un él uno de los autores, junto con Henning Mankell, James Ellroy, Leonardo Padura o Elmore Leonard -ellos sí escritores duros-, que aportaron el combustible necesario para que el género reviviera y trascendiera a los críticos que por décadas lo menospreciaron.

A Camilleri la literatura le cambió la vida de verdad, sin retórica ni sentido figurado. La lectura de La condición humana, de Andre Malraux lo alejó de las huestes del fascismo y lo llevó a la izquierda más radical. Militó algunos años en Partido Comunista, pero el tiempo lo hizo descreído y desconfiando. Al final cuestionó al populismo y atizó a buena parte de los políticos de su tierra.

Descubrió su vocación por la escritura de manera tardía, a los 53 años. Una vez que la encontró no la soltó. A un libro lo seguía otro, así como los cigarrillos que sólo dejaba para dormir. La fractura de fémur que sufrió hace casi un mes torció los planes: la escritura, la reescritura, las revisiones. Ya no se levantó más. En una de sus últimas entrevistas dijo, advirtiendo tal vez su invierno: “Si pudiera querría acabar mi carrera sentado en una plaza contando historias y al final de mi cuento, pasar entre el público con la boina en la mano”. 

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