‘El #MeToo estalló a partir de la rabia contenida’: Yolanda Segura
A través de la poesía, la escritora cuestiona lo que implica ser una persona en términos de derechos y obligaciones.
(Redacción AN).

Por Héctor González

¿Qué implica ser una persona? ¿Ser un dispositivo de control? ¿Pagar impuestos? ¿Tener derechos y obligaciones? ¿Ninguna? ¿Todas las anteriores? Yolanda Segura (1989) indaga sobre todo ello en Persona (Almadía), un poemario donde analiza las aristas del concepto. “En tanto personas somos depositarias de obligaciones, pero no necesariamente con derechos”, explica.

En entrevista, la escritora vincula su poesía con la crítica a grupos oprimidos como las mujeres y los migrantes, y advierte que tras la irrupción del #MeToo lo que sigue es canalizar la rabia “por los medios adecuados y buscar mecanismos de reparación”.

 Según el libro una persona es un dispositivo de control.

El concepto de persona está constituido como un término excluyente. En ese sentido, el reclamo a quienes pueden o no serlo se convierte en un dispositivo de control.

¿Por qué desarrollar estas ideas por medio de la poesía y no del ensayo?

El ensayo me parece un mecanismo o esquema de pensamiento bastante establecido. La estructura sintáctica es la convencional del idioma español y en tanto estructura estilística maneja el esquema de tesis-antítesis-síntesis. La poesía en cambio me permitía en principio, cuestionar el dispositivo poema. Me parecía importante poner en entredicho ese formato. La incomodidad formal es una incomodidad política.

En algunos poemas hablas de la cosificación del cuerpo.

Sí, como algo indefinible y que deja escapar características que tendrían que considerarse en la dinámica de los cuerpos. El derecho a ser persona, pese a que parece un derecho universal, en realidad se ha ido ganando con el tiempo. Durante el Concilio de Valladolid celebrado en 1550 y 1551 se decidió que los indígenas tienen alma y por lo tanto debían ser evangelizados. La consecuencia de ello es la violencia y la importación de esclavos negros para ser explotados. Aquel, por ejemplo, fue un momento en donde el concepto de persona se puso en crisis. A pesar de que su significado se ha hecho más elástico sigue dejando sujetos fuera.

En otro poema sostienes que nos definimos como personas a partir del otro.

Es una relación dialéctica. No soy persona si no hay alguien más que me refleje. El problema de definir mediante oposición es que limita o impide la generación de comunidades. La delimitación entre cuerpos puede no articular necesidades comunes.

En el libro citas el caso de Sandra, la joven de 17 asesinada en Tlatelolco, ¿cómo insertas dentro de esta reflexión a los feminicidios?

A ella la mató un chico de matemáticas super brillante. De hecho, en muchos medios se dio foco al tipo de estudiante que era el asesino y no al feminicidio. En México nueve mujeres son asesinadas diariamente y eso me hace pensar que la garantía de ser persona no implica los derechos que conlleva. En tanto personas somos depositarias de obligaciones, pero no necesariamente con derechos.

¿Qué tanto importa el género en esta diferenciación?

El género es algo súper importante y definitivo, pero también pienso en los cuerpos de los migrantes. Pareciera que ellos tampoco tienen el derecho a ser considerados personas. Es una cuestión de grupos oprimidos, y es verdad que, en todo el mundo las mujeres son oprimidas. Cuando se hizo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, una mujer Olympe de Gouges añadió la palabra Mujer. Al final eso, entre otras cosas le costó la vida. En términos textuales ese gesto fue casi nada, pero en lo político tuvo una repercusión tremenda. Obtener reconocimiento siempre ha sido una batalla. El derecho a ser consideradas personas no viene por sí mismo, aunque hay mucha legislación que así lo asegura.

En este sentido, ¿qué piensas del #MeToo?

Fue algo que estalló a partir de la rabia contenida de un montón de mujeres. Estalló como lo hacen todas las cosas: sin control y sin que nadie se pusiera a pensar. El movimiento da cuenta de un asunto sistémico más que de una relación entre individuos. Desde el principio nos percatemos de la existencia de relaciones de poder no nada más articuladas mediante dos cuerpos, sino por un sistema más grande. Me parece que es algo que puede derivar en un montón de transformaciones reales a nivel de políticas públicas que nos ubiquen en condiciones más equitativas. A título personal, me parece que la desigualdad estructural es la que propicia momentos de desventaja. Más allá del #MeToo lo más importante es la organización que está surgiendo a partir de la rabia contenida. Ahora es canalizarla por los medios adecuados y buscar mecanismos de reparación, que no necesariamente tengan que pasar por el sistema penal.

¿Por qué el encono entre tu generación y la generación de feministas como Marta Lamas o Blanche Petrich?

Hay diferencias formativas. Nosotras tuvimos acceso a otro tipo de materiales. Desde luego es importante reconocer el trabajo de las mujeres que nos han antecedido. No puedo descalificarlas porque además están enmarcadas en un contexto feminista. Su trabajo previo realizado fue incluso, lo que nos permitió acercarnos de forma crítica a su discurso.

¿Algo parricida?

No porque dentro del feminismo hay una idea de no competir y en ese no competir el parricidio no entra. Sin embargo, sí creo es que estamos en un momento en el que no necesariamente tenemos que estar de acuerdo con discursos feministas que anteriormente parecían los indicados. Las cosas están cambiando mucho. Persona, responde también a las certezas provisionales. A lo mejor hay herramientas que mi generación tiene y que las anteriores no. Crecimos en contextos distintos y esta diferencia implica que nuestras necesidades y las suyas no son las mismas.

¿Son distintas? ¿Al final no buscan lo mismo?

Sí, pero con herramientas distintas. El presente para mi generación, hombres y mujeres, implica unas condiciones de precarización en muchos sentidos. El escenario laboral es muy diferente, no digo mejor o peor, solo diferente. Por lo demás, me parece sano tener diferencias. Finalmente, más allá de estar de acuerdo, o no, lo que no se vale es descalificar el trabajo que se viene haciendo. Eso abona al discurso de que las mujeres estamos todo el tiempo en conflicto.

¿Pero no es exagerada esta confrontación?

Confrontaciones hay todo el tiempo, pero son bastante sanas y no necesariamente tendrían que pasar a la esfera pública. Hay discusiones entre mujeres que deberían quedarse en este nivel porque se trata de matices. No podemos olvidar que el enemigo es el sistema patriarcal que está muy unido al capitalismo y al neoliberalismo. No es entre nosotras donde deberíamos centrar la disputa.

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