Jaguares y ganaderos: un proyecto en México demuestra que pueden compartir el territorio | Estudio
Las medidas de mitigación resultaron rentables y efectivas, reduciendo significativamente la depredación del ganado y ofreciendo una solución práctica para los productores locales.

Por Astrid Arellano
Mongabay
En los ranchos de Chiapas, en el sureste de México, donde el rugido del jaguar (Panthera onca) solía anunciar pérdidas de ganado y provocar represalias que a veces terminaban con la vida del felino, algo empieza a cambiar. Un programa de conservación para favorecer la convivencia entre humanos y depredadores está logrando resultados positivos: cercas eléctricas que no dañan a los animales, corrales nocturnos y talleres de educación ambiental han reducido de manera notable los ataques al ganado, mientras los jaguares siguen recorriendo la mayoría de los ranchos intervenidos, mostrando que compartir el territorio sin conflictos letales es posible.
Un estudio publicado en la revista Perspectives in Ecology and Conservation evaluó estas medidas, que, combinadas con el trabajo directo con los ganaderos, no solo protegen al ganado, sino que también han modificado la percepción de los productores: ahora muestran mayor aceptación al jaguar y menor disposición a matarlo por venganza, ofreciendo evidencia de que la coexistencia entre grandes depredadores y actividades productivas puede lograrse mediante intervenciones específicas y colaboración con las comunidades.

La pérdida de ganado por la depredación de los jaguares afecta los medios de subsistencia de las comunidades rurales y tiene repercusiones significativas para la conservación del jaguar, ya que a menudo son asesinados en represalia. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
“La respuesta más común e inmediata sobre cuál es la solución frente a un caso de depredación ya no es matarlo, sino que hay otras alternativas; encontramos que mejoró la aceptabilidad de los ganaderos hacia el jaguar”, dice el biólogo Antonio de la Torre, director de la organización Fund 4 Nature & Wildlife e investigador postdoctoral en la Universidad Autónoma Metropolitana en Lerma (UAM Lerma).
Los jaguares siguieron presentes en el 61 % de los ranchos intervenidos, como resultado del Programa Jaguares de la Selva Maya. Esta iniciativa, coordinada por De la Torre a través de la entidad que dirige y en colaboración con las organizaciones Natura Mexicana y Bioconciencia, busca fortalecer las capacidades locales para promover la coexistencia entre las comunidades y la vida silvestre.

Un potrero justo al borde de la selva, zona donde ocurren los conflictos entre jaguares y ganaderos. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
Doce ejidos de la región firmaron acuerdos de conservación del jaguar, que incluyen mecanismos para reportar ataques al ganado y proteger a la especie. Este avance demuestra que la coexistencia no es algo fijo, sino un proceso dinámico que transforma el conflicto en soluciones a largo plazo, incluso en paisajes cada vez más modificados por la actividad humana.
“La supervivencia del jaguar depende de que encontremos espacios de coexistencia en los paisajes que los humanos dominamos y fragmentamos al expandir nuestras fronteras productivas —agrícola, pecuaria, urbana e industrial—, reduciendo cada vez más el hábitat de la biodiversidad”, explica José Fernando González Maya, profesor investigador y jefe del área de Biología de la Conservación en el Departamento de Ciencias Ambientales de la UAM Lerma.

Señalización en los ejidos de Marqués de Comillas, Chiapas, que resaltan su compromiso por buscar la buena convivencia con los jaguares. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
Los jaguares de la Selva Maya
El estudio se realizó en el sur de la Selva Maya, dentro de la región conocida como Selva Lacandona, en Chiapas, una de las regiones de selva tropical más importantes de México. Allí, el hábitat del jaguar enfrenta una presión creciente por la expansión de la ganadería. En este paisaje compartido, los felinos se desplazan tanto por áreas naturales protegidas como por tierras ejidales, lo que ha intensificado los encuentros y conflictos con los ganaderos donde la selva y las actividades productivas se superponen.
En 2016 se puso en marcha el programa “Jaguares de la Selva Maya”, inicialmente para evaluar el estado de conservación del felino. Sin embargo, entre 2021 y 2024, el proyecto amplió su alcance en los ranchos ganaderos, implementando capacitaciones para productores, medidas para prevenir la depredación, monitoreo comunitario de jaguares y sus presas, actividades de educación ambiental y charlas informativas. La estrategia buscó combinar herramientas prácticas con trabajo colaborativo con las comunidades, protegiendo al jaguar sin afectar los medios de vida locales.

Paisaje del sur de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, donde el río Lacantún divide la zona protegida de selva de los ejidos del Marqués de Comillas, en Chiapas. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
“El punto de inflexión fue darnos cuenta de que no bastaba investigar la especie —cuántos hay, cómo se mueven, cómo se reproducen—, sino que también teníamos que buscar soluciones para que el jaguar persista en estos paisajes”, explica De la Torre. Así surgió el programa de mitigación del conflicto, al observar que en muchas comunidades la solución frente a la depredación era matar a los jaguares, incluyendo probablemente algunos de los ejemplares que ellos estaban monitoreando en el área.
Todo comenzó haciendo preguntas a los ganaderos. El objetivo de los investigadores fue conocer cómo percibían al jaguar antes de iniciar el proyecto, por lo que realizaron 100 entrevistas entre marzo y mayo de 2022 en ocho ejidos de la región. El cuestionario exploró temas como el impacto económico de la depredación, el manejo del ganado, el conocimiento sobre la especie y el valor que los productores otorgan a la fauna silvestre.

Capacitación en buenas prácticas ganaderas con los ejidatarios locales. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
Luego comenzaron los trabajos de mitigación. Los ranchos piloto invirtieron en promedio 943 dólares para implementar medidas como cercas eléctricas y corrales nocturnos. Los energizadores para los cercos eléctricos tienen un voltaje de salida de 10-13 KV, como los que se utilizan comúnmente para manejo de ganado bovino y ovino. “La descarga no lastima a los animales, pero sí funcionan como un disuasivo para que no entren a los potreros donde queremos proteger al ganado”, explicó De la Torre.
Ocho de los ranchos piloto adoptaron cambios en el manejo del ganado, que incluyeron desde ajustes en la alimentación hasta la implementación de calendarios de vacunación y desparasitación, prácticas que los productores incorporaron a partir de una serie de talleres del proyecto.
“Para los ganaderos la comparación es simple: si crías ganado, ¿cuánto te cuesta un cerco eléctrico en términos de becerros que podrías vender? En realidad no es una inversión tan grande: los materiales y la construcción cuestan entre 20 000 y 25 000 pesos, más o menos lo que vale la venta de dos becerros. Si haces esa inversión y los materiales duran unos 10 años, entonces el costo-beneficio es bastante alto porque te va a ayudar a tener menos pérdidas económicas en el futuro”, explica De la Torre.

Proceso de construcción de un cerco eléctrico. Foto: cortesía Antonio de la Torre par Mongabay Latam.
El monitoreo en los ranchos piloto mostró que, tras esta intervención, los ataques de jaguar al ganado se redujeron significativamente. Los pocos casos registrados ocurrieron fuera de las áreas protegidas o cuando los animales no habían sido resguardados. Con estas acciones, cada rancho evitó pérdidas de más de 1500 dólares al año, lo que dejó una relación costo-beneficio favorable.
Para comprobar si las medidas funcionaban, el equipo realizó visitas bimestrales a los ranchos, donde registró nuevos casos de depredación y revisó el estado de las barreras instaladas para disuadir a los jaguares. Al mismo tiempo, instalaron 19 cámaras trampa en 13 ranchos y sus alrededores y realizaron recorridos para detectar rastros de fauna. Con el apoyo de habitantes locales capacitados, eligieron los puntos con mayor probabilidad de captar a los felinos y otros depredadores en este mosaico de selva y potreros.

Encierro nocturno utilizado para proteger a los borregos de la depredación de jaguares. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
“Desarrollamos un programa de educación ambiental en las escuelas de las comunidades donde trabajamos, además de charlas de difusión para los ejidos. También pusimos en marcha un programa de monitoreo participativo enfocado en los jaguares”, explica De la Torre.
El monitoreo documentó que los jaguares seguían presentes en la mayoría de los ranchos piloto. En total, fueron detectados en ocho de los 13 ranchos intervenidos —el 61 %—, mediante cámaras trampa y seguimiento de huellas. En seis ranchos se registraron ejemplares directamente con cámaras, mientras que en dos ranchos la presencia se confirmó por rastros en los transectos.

Los jaguares siguieron presentes en el 61 % de los ranchos intervenidos, como resultado del Programa Jaguares de la Selva Maya. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
Más de un año después, en septiembre de 2023, el equipo volvió a entrevistar a los mismos participantes para evaluar si las intervenciones habían cambiado su percepción y la manera en que interactúan con el felino. Esta segunda ronda permitió comparar respuestas.
El análisis reveló que la relación entre ganaderos y jaguares se sitúa en un nivel de “disputa” más que de conflicto profundo, con percepciones en su mayoría neutrales o positivas hacia el felino. Más de la mitad de los entrevistados reportó experiencias positivas, casi siete de cada diez no habían tenido encuentros negativos, y el 78 % afirmó que protegería a un jaguar herido, mostrando empatía durante un evento de depredación.

Foto grupal de la primera Escuela de Campo de ganadería sostenible y amigable con el jaguar, conformada en el ejido Adolfo López Mateos, Marqués de Comillas, Chiapas. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
Una campaña para salvar a los jaguares
En la Sierra de Vallejo, en Nayarit, en la región occidente de México, la supervivencia del jaguar enfrenta una amenaza creciente. La expansión urbana y el desarrollo turístico han fragmentado su hábitat, obligando a estos felinos a acercarse a ranchos ganaderos en busca de becerros. Esto ha desencadenado conflictos con los productores, que en algunos casos responden con envenenamiento usando sustancias como Furadan, un tóxico que no solo mata a los jaguares, sino que también contamina el ecosistema.
Frente a esta situación, otro proyecto de conservación ha apostado por compensar económicamente a los ganaderos por el ganado perdido para evitar represalias contra el felino. Desde 2013, el conservacionista Javier Ramírez Magaña, quien no participó en la investigación científica realizada en la Selva Maya, trabaja directamente con productores de la región e incluso ha llegado a pagar de su propio bolsillo los becerros depredados —unos 7000 pesos por animal [alrededor de 400 dólares]— para evitar que se coloquen venenos en el campo.
Este esfuerzo ha reducido las muertes de jaguares en la zona de alrededor de diez al año a entre tres y cinco, un avance importante que, sin embargo, enfrenta el desafío de sostenerse a largo plazo. Para mantener el proyecto, Ramírez Magaña lanzó la campaña “Ayúdanos a salvar a los jaguares de Nayarit” en la plataforma GoFundMe.

Un jaguar observado en la Reserva de la Biosfera Sierra de Vallejo, en Nayarit. Foto: cortesía Sangre Azul Kennels para Mongabay Latam.
“Aunque en Sierra de Vallejo ha disminuido la muerte por envenenamiento, esto sigue pasando en otros lugares de Nayarit y Jalisco porque no hay nadie que dé la cara por los jaguares. Para mí solo es difícil: cada año son entre 20 y 40 becerros los que se comen”, dice Ramírez Magaña, originario de esta zona, quien empezó su trabajo de conservación como guía de biólogos. Hoy es entrenador de perros especializados en la búsqueda de jaguares para su investigación y conservación.
Ramírez Magaña explica que implementar una estrategia como la de la Selva Maya sería muy complicado en la Sierra de Vallejo debido a la geografía y los hábitos de los ganaderos. La sierra es un área protegida, con terreno muy forestado, y los productores suelen subir el ganado y revisarlo solo cada varios días, lo que hace inviable el uso de cercas eléctricas u otras medidas similares.
“Aquí los ganaderos tienen arraigada la costumbre de manejar su ganado de esta manera; involucrarlos en estrategias de convivencia con el jaguar ha sido muy difícil durante muchos años”, comenta. “Sierra de Vallejo tiene entre 220 000 y 225 000 hectáreas, donde hay más ganado que fauna. Cualquier estrategia es complicada y es claro que el jaguar seguirá depredando porque lo primero que encuentra en la sierra es ganado, y probablemente es más fácil de cazar que un venado o un pecarí”.
En la Sierra de Vallejo, el seguimiento de jaguares como El Güero y La Tuerta refleja la complejidad del conflicto con el ganado. El Güero, un macho capturado en 2022 y equipado con un collar satelital que funcionó apenas tres meses, depredó 18 becerros solo en 2025.
Su caso se enmarca en el debate sobre si la reubicación de jaguares es una medida correcta y eficaz. “Insistí mucho en moverlo de la zona porque ahí peligraba mucho, pero no hubo respuesta de las autoridades. Ahora llevo seis meses sin saber de él, no apareció en las cámaras”, relata Ramírez Magaña. Mientras tanto, ha seguido de cerca a La Tuerta, una hembra que en 2024 mató dos becerros y a la que no se pudo colocar un collar, observando que también tiene crías y sigue depredando. “Estamos ahí trabajando con estos animales, vigilando todo el tiempo para evitar nuevos conflictos y protegerlos”, agrega.
Ramírez Magaña considera que su trabajo ha dado resultados positivos en los últimos años y confía en que, con el apoyo del Gobierno y la sociedad, el futuro podría ser mejor para la población de jaguares en la Sierra de Vallejo.
El caso de Nayarit muestra que la conservación del jaguar enfrenta desafíos distintos según el territorio y las costumbres locales, y refleja la complejidad de encontrar soluciones efectivas en paisajes compartidos entre humanos y fauna.
Para José Fernando González Maya, el proyecto en Chiapas ilustra la importancia de la participación comunitaria y la adaptación al contexto: “Por supuesto, nuestro caso no es un guante que le sirve a todo el mundo, no quiere decir que las mismas soluciones funcionan en absolutamente todos lados. Nuestra postura en el artículo es que las soluciones tienen que ser construidas con las comunidades y tienen que ser muy específicas para cada contexto para que sean funcionales”, explica.
En la medida que se construya un diálogo con las comunidades que comparten el territorio con el jaguar, se podrán encontrar las estrategias y soluciones potenciales, afirma. “Así lograremos esos espacios para que la biodiversidad pueda mantenerse en los territorios y que la gente pueda convivir con ellos y mejorar su calidad de vida a largo plazo”, concluye.

Un jaguar observado en la Selva Maya, en México. Foto: cortesía Antonio de la Torre para Mongabay Latam.
REFERENCIA
De la Torre, J. A., Monzón, D., Rosas, C., Samayoa, C., Arroyo-Gerala, P., González-Maya, J. F. (2026). Moving towards coexistence: Integrating social and ecological indicators to assess human-jaguar conflict mitigation in southern Mexico. Perspectives in Ecology and Conservation.




