Mil 75 preguntas a López Obrador
Con las mañaneras, el Presidente está escribiendo su propia crónica diaria del sexenio.
Foto: Galo Cañas/ Cuartoscuro

Por Ernesto Núñez

El fenómeno es inédito y disruptivo. En 79 días de gobierno, Andrés Manuel López Obrador ha dado ya 56 conferencias de prensa, en las que le han hecho mil 75 preguntas.

En total, ha dedicado 71 horas y 53 minutos a hablar frente a medio centenar de reporteros y más de cien mil personas que, según sus propias estimaciones, se conectan diariamente para verlo en Twitter o Facebook.

Su conferencia mañanera determina la agenda pública, fija los temas de conversación en redes sociales y construye un relato cotidiano de la Cuarta Transformación. La comparecencia diaria del Presidente rompe la dinámica de trabajo de los medios, poniendo contra las cuerdas a reporteros, editores y jefes de redacción. AMLO provoca que los diarios matutinos parezcan viejos a las 7 de la mañana, desbarata guiones y escaletas en los noticieros radiofónicos, y vuelve irrelevantes los telediarios matutinos, salvo que éstos transmitan en vivo desde Palacio.

Más de la mitad de las notas que se leen en la sección política de la prensa diaria se derivan de la mañanera del día anterior, o tienen que ver indirectamente con ella. El problema es que cuando uno lee esos diarios, Andrés Manuel ya está hablando de otra cosa.

El ritual se repite de lunes a viernes, a las 7 de la mañana: el Presidente aparece en el salón Tesorería del Palacio Nacional, normalmente relajado y sonriente, acompañado de uno o varios funcionarios de su administración.

Él y sus acompañantes exponen entre 20 y 30 minutos y, después, responden preguntas durante una hora, hora y media. La primera conferencia mañanera, el lunes 3 de diciembre, duró “sólo” 52 minutos, y en ella respondió 11 preguntas. La más corta fue la del jueves 24 de enero: 49 minutos y 15 preguntas. Y la más larga hasta ahora ha sido la del viernes 8 de febrero, que llegó a las 2 horas y 7 minutos, con 23 preguntas.

El ejercicio es ejemplar, si se compara con lo que hacían sus antecesores: seres incuestionables que daban dos o tres conferencias de prensa en un año o en un sexenio; presidentes que sólo otorgaban entrevistas exclusivas en condiciones pactadas previamente o que se limitaban a responder las “preguntas parlamentarias” que cada año le mandaban desde el Congreso en el marco de su informe de Gobierno.

Venimos de una cultura en la que al Presidente, normalmente, no se le preguntaba nada.

Hoy, sucede todo lo contrario: el Presidente recibe diariamente entre 10 y 20 preguntas y re-preguntas, que responde él mismo o auxiliado por el funcionario en turno.

Las mil 61 preguntas a López Obrador, que pueden consultarse en las versiones estenográficas subidas a su página de internet (lopezobrador.org.mx), incluyen intervenciones de reporteros que lanzan hasta tres preguntas en una sola; interrogantes que se hacen sobre la marcha en un diálogo directo con el primer mandatario o algún secretario de Estado; comentarios, opiniones, peticiones, experiencias personales, quejas o hasta felicitaciones hechas por personas que, bajo el amparo de una acreditación de prensa, tienen la oportunidad de platicar cara a cara con el Presidente.

Basta levantarse a las 5 de la mañana, acreditarse como periodista y tener la suerte de ser elegido por el “dedito” presidencial, para preguntarle lo que sea a López Obrador. Su tipo de sangre, su equipo favorito en la final del futbol, su pronóstico para la serie del Caribe, si usa chaleco antibalas, si tiene planeado reelegirse, si aceptaría que Felipe Calderón fuera a interrogarlo a una mañanera, o si va a enviar una iniciativa de reforma constitucional para desaparecer los órganos autónomos.

Entre las mil y un preguntas, periodistas profesionales le han planteado cuestionamientos de fondo sobre sus políticas de gobierno. Su gabinete ha tenido que explicar a detalle los grandes planes y las medidas polémicas. Olga Sánchez Cordero, Javier Jiménez Espriú y Jesús Ramírez han sido requeridos por el Presidente para aclarar dudas sobre sus declaraciones patrimoniales. Y el propio Presidente tuvo que encarar la crisis por la muerte de más de cien personas en la explosión de Tlahuelilpan, en ruedas de prensa extraordinarias.

La guerra contra el Huachicol, el desabasto de gasolina, el plan de austeridad, la política para atender a las víctimas de la violencia, la reforma educativa, las estancias infantiles, la industria eléctrica, la estafa maestra, la Guardia Nacional… Todos los temas son susceptibles de ventilarse públicamente.

Para desgracia de los gurús del “marketing” político, el manejo de crisis en este sexenio consiste en responder lo que sea en las conferencias mañaneras.

Pero también es cierto que AMLO responde y evade a contentillo. Él decide quién pregunta y quién responde. Él determina si la pregunta merece una respuesta de 10 segundos o más de 5 minutos, media hora de exposición con intervenciones de varios funcionarios, o un “eso lo comentamos mañana” como respuesta.

Acostumbrado al conflicto, AMLO aborda todos los temas de la agenda pública en una sola mañanera. Habla de todo y de nada.

Con las mañaneras, el Presidente está escribiendo su propia crónica diaria del sexenio. Crea una realidad mediática que no siempre corresponde con la realidad fáctica.

En palabras de Manuel Castells (“Comunicación y poder”, 2012), AMLO construye a diario un relato persuasivo para afianzar su poder y acorralar a sus contrapoderes. Por eso, en las mañaneras hay buenos y malos, aliados y opositores, neoliberales y progresistas, machuchones y gente del pueblo. Una lógica en la que los antagonistas oponen y resisten, pero también sostienen.

La Cuarta Transformación tiene una narrativa épica que se escribe diariamente, a las 7 de la mañana, desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional.






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