‘Las identidades nacionales son una enfermedad del siglo XIX’: Álvaro Enrigue
El escritor mexicano publica la novela ‘Ahora me rindo y eso es todo’.
(Redacción AN).

La frontera entre México y Estados Unidos, es un territorio con identidad propia. Por ahí han atravesado estadunidenses, mexicanos, y antes que ellos los apaches. Protagonista de aquel grupo fue Gerónimo, un chamán rebelde y padre de la frase que da título a la nueva novela de Álvaro Enrigue (1969), Ahora me rindo y eso es todo(Anagrama).

A salto de mata entre diario, western y novela histórica el narrador cruza un conjunto de historias: la de una mujer que huye por el desierto, la de un apache dispuesto a todo y la de un militar que persigue a uno indios ladrones. El relato de Enrigue se articula con el diario de un narrador que intenta armar el rompecabezas de un terreno históricamente bronco.

La novela retoma en su título la frase: Ahora me rindo y eso es todo, del indio Gerónimo…

Gerónimo se rindió muchas veces y una de sus estrategias de guerra era rendirse para luego seguir en combate. Además no era un jefe, sino un chamán entonces siempre proponía las ideas y su superior decidía qué hacer. En una de sus rendiciones dice: “Antes era libre como el viento y ahora me rindo y eso es todo”. Me parece una frase tan triste que ya ni siquiera necesita complemento. Refleja lo que hemos hecho con los pobladores originales de aquella región, los criollos de México y los blancos de Estados Unidos. Al principio la novela tuvo otros títulos pero me decanté por este porque tiene un aire nostálgico acerca de lo que pudo ser América y al final no fue.

No hace mucho Alejandro Páez Varela publicó Oriundo Laredo, otra novela sobre frontera entre México y Estados Unidos, y cómo sus habitantes la asumen como un territorio aparte.

Hubo un momento en que fue una nación. Entre 1822 y 1823, el general Santa Anna le escribe una carta al gobernador de Nuevo México donde le dice: “Si los apaches no se quieren rendir pues déjenlos, hay que respetar sus derechos porque son mexicanos”. A partir de entonces se genera el espacio de apachería que por supuesto ni la república mexicana ni el gobierno de Estados Unidos respetaron. Sin embargo, fue un espacio que increíblemente resistió hasta fines del siglo XIX, no como una nación reconocida pero sí como un territorio aparte. Su gesto de resistencia es tan conmovedor que deberíamos escribirles novelas diario. Es un territorio donde las dos naciones fluyen con naturalidad sin que esto signifique que no tienen problemas. Finalmente la gente de ahí ha absorbido las dos culturas tomando lo mejor de cada una con mucho estilo y gracia.

Y humor…

Hay muchísimo humor sin duda, por supuesto también hay rancheros racistas. Es verdad que la mayoría de los gringos de ahí traen pistola, pero porque así se usa, no porque sean asesinos. Saben que el noventa por ciento de la gente con la que hablan tiene información genética mexicana. Por supuesto que en los viajes que hacíamos a La Mesilla para la investigación de la novela, sufrimos algún episodio de racismo o vimos a la migra. Ahí hay gringos blancos orgullosos de hablar español o de su herencia mexicana. Insisto, es un territorio que necesitamos aprender a respetar.

El libro cuestiona también la idea de las identidades…

Las identidades nacionales son una enfermedad del siglo XIX que lamentablemente en los últimos años han regresado. Mi preocupación alrededor del tema desde luego incidió en la novela.

¿Es “la preocupación” de la novela?

Es una novela sobre cómo los mexicanos y los gringos hemos escrito la historia violentando el cuerpo de las mujeres; una novela preocupada por el exterminio de las naciones originales de América; preocupada porque en nombre de la identidad nacional estamos destruyendo nuestro archivo lingüístico y genético que es mucho más rico si dejamos de verlo como algo. Un país donde solo se habla español aburre, podríamos aprender nahua u otomí.

El libro plantea también una crítica a la idea de minorías.

La noción de minoría me irrita. Sé que en nombre de las mayorías se cometen muchas atrocidades. Sin embargo, hay minorías que también tienen sus formas de privilegio. No me interesaba decir que los apaches son lindos y buena onda, eran unos cabrones. La tradición de torturar gente viene de ahí. No me interesan las categorías.

La novela tiene además un carácter híbrido hay: western, relato histórico, diario, ensayo…

Así es el mundo en el que vivimos. Las ideas monolíticas de las que estábamos hablando vienen del siglo XIX, en donde todo era homogéneo. Así era el proyecto  de Porfirio Díaz y del propio Lázaro Cárdenas, quien impuso al mariachi desde el cine como única cultura nacional y a las carnitas michoacanas como el plato nacional por excelencia. No se trata de ser crítico, pero no podemos olvidar que fue una imposición que vino desde la presidencia de Lázaro Cárdenas. En cambio ahora, gracias a como fluyen los discursos en internet y a que se necesitan menos visas que antes, tenemos unas ideas fraccionadas de la realidad. Ya no podemos representarla como se hacía en el siglo XIX. Por otro lado, tenía ganas de escribir un western. Un día me encontré a Carmen Boullosa en Mcnally Jackson una librería en Nueva York y me comentó que estaba escribiendo uno.  Casi me da un patatus de envidia porque desde hace mucho tenía ganas de hacer un spaguetti western. Además, tenía ganas de trabajar en unas estampas enciclopedias un poco a la Borges en Historia Mundial de la Infamia, que es lo que hice con los personajes del ejército gringo; y de escribir un relato rulfiano. Me parecía que si revolvía todo podría encontrar más significados y decir más cosas. No hay una ambición de totalidad en la novela, hay una ambición de representar una realidad compleja que es la mía.

Pero no podrás negar que hay una búsqueda personal a partir del fragmento.

Sí, pero no por un interés de apropiación. Hoy vemos el mundo por medio de fragmentos. Por supuesto existía la tentación de contar la historia desde el punto de vista apache, pero al final solo soy un tarado que busca en bibliotecas, un cobarde. Un tipo que paga sus impuestos por miedo al gobierno. Tratar de hablar por ellos hubiera sido ridículo. No obstante, sí hay un ejercicio de apropiación del territorio de estadunidense, pero porque también nos pertenece. No digo que lo ocupemos o que nosotros lo administraríamos mejor; de hecho, la novela no sucede en el norte de México porque me habría dado terror manejar por ahí con mis hijos.

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